En defensa de los vicios primigenios

Aborrezco las mañanas presurosas. Odio tener que levantarme con el tiempo encima: correr, prender el calentador del agua, correr, preparar la cafetera, correr, revisar los documentos del día, correr, repasar la agenda, correr, asentir que nada falta, correr y, en la puerta, recordar, la loción: correr. No me agrada levantarme con el resorte del colchón. Dar un salto para salir de la cama entre el mundo etéreo de los sueños y acicalarme en esta fría realidad otoñal. Estar a punto consciente desde el instante que se detiene el despertador es una tortura digna del más laureado inquisidor. Me gustan las mañanas que respetan mi tiempo [no es que sea mucho, no necesito de mucho]. Requiero de un respeto a mi somnolencia. Debería existir un derecho constitucional [lo propongo aquí, ante ustedes], uno de esos inmanentes a todo ser humano, que prohíba correr por las mañanas, que defienda como inicial prioridad cotidiana abrir el ojo izquierdo, luego el derecho, luego pensar cualquier cosa sin importar lo que sea, estirar los pies y los brazos, revisarse el cuerpo; tomar conciencia. El derecho me asiste. En mi trabajo debiera ser de sensata cabalidad: «Maestro, ¿cómo está?, ¿despertó bien?, ¿le faltó tiempo para asirse a la realidad? Si no es así, mejor tómese este día, no podría ser peor. Es más, en recompensa a este maltrato psicológico, físico y espiritual, la Institución [con I mayúscula] que por mi conducto le habla le indemnizará y gratificará con resultados próximos e inmediatos a su mísero salario. Discúlpenos». Es verdad, redacté estas líneas con los ojos abiertos pero dormido del todo. Luego de que suena el despertador con tres a cinco minutos tengo para levantarme, saber cuál es la fecha y la hora del día, ver por mí y preguntarme y responderme por lo demás: recapitular. No me molesta levantarme temprano: si hoy a las 10, si mañana a las 6:30, si ayer a las 8:15. Lo que me irrita es forzar la máquina. Igual con el café matutino. Requiero de una taza del café del grano que debí moler segundos antes. Caliente, que tenga que soplarle para que eleve su aroma sobre mi rostro. En este caso ignoro si pueda hacer otra moción constitucional porque no todo el mundo apetece de café [incivilizados seres civilizados], pero defiendo mi derecho a una adicción. ¿Por qué digo esto? Por la defensa pública a una adicción o, en el mejor de los casos, a un vicio que nos haga «mejores» -con comillas- [esto de «mejores» es relativo, porque puede que este vicio nos provea de desastres laborales o sociales pero con resultados favorables en lo personal]. Todos tenemos derecho a un vició, de cualquier tipo, siempre y cuando nos provea de lo necesario para los requerimientos para inmediatos personales. El argumento de este par de simples ejemplos: la defensa del descanso para el respiro mental y el derecho a una taza de café matutino, hablan de lo más llano en resultados del quehacer. Sin embargo, ambos los considero «vicios elementales», vicios que llenan las líneas y me proveen de verbo, ambos hechos se reflejan en mi trabajo: mis textos procuran despertar del descanso catapultados por los sorbos de un café caliente. Y de ahí nace una pregunta más: ¿qué tipo de «vicio elemental» tenía el Guernica, Eugene Delacroix o Martin Kippenberger, por nombrar algunos? ¿Qué hubiera sido de la literatura sin un Kafka que escribía en penumbras con tinta azul o morada? Así, los ejemplos abundan. No estemos por los vicios malignos, sino por los esenciales, los básicos que te levantan y te duermen, que te alimentan y te llevan de caminata nocturna. Ahí, en ellos, recae la sustancialidad humana, en la simpleza del vicio o la adicción o como quiera que deba ser llamado
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