Naturaleza agregida y silencio por calleoes


Navegante de carreteras y silencios conventuales

-Los brillos intensos lastiman. No es que el nuevo día sea una agresión o que me duela abrir los ojos, más bien es la intensidad del color la que llega y me enfoca. No duele. Tampoco existe sufrimiento alguno. El efecto hiriente que recibo de los colores en el real y mi inconsciente trastocan otro parámetro, uno que se esconde, debajo-encima, de/en mí para brotar, durante cualquier momento, para llevarme al trabajo.
Entré al Taller de Gráfica «El Topo» por una convención: conocer dónde y cómo trabaja Iván Odín Barrios. Una casa alta, en tres pisos, pintada en blanco, con dos portones y un serial de ventanas que se alargan; el lugar-casa-taller da el espectro de ser la guarida secreta de algún potentado delincuente. La enorme acera que abraza el frente del lugar se va en solitario, resguardada apenas por la descuidada pared de la casa del frente que se oculta detrás de la camioneta-camper.

-Las veinticuatro horas del día transcurren en el mismo espacio y apenas me alcanza para gravar, pintar, diseñar, bosquejar, trazar, revisar, comentar y asegurarme de que lo que empecé ayer continúe por buen camino, que lo de hoy tenga un buen resguardo y lo de mañana me permita seguir respirando con estos alientos de vida que me dan los colores, los pinceles, los ácidos, los electrolisis… Vivo aquí, estudio aquí, trabajo aquí… Aquí se haya mi vida y aquí, también se encuentra lo que seré; el eterno tiempo del pasado y del reloj que transpira su segundero.
Iván hace equipo con Carolina Ramos y Oswaldo Rivera Ese parece ser el secreto del poder que engendra la gráfica del topo: la elaboración conjunta de individuos sumados a una sola personalidad que huye, en busca de nuevos espacios, sobre la camper que se queja todas las noches por la ausencia de carretera, polvo, viento, lluvia, devenires… Lo que se hace ahí, como en las cofradías, parece diluirse ante la presencia de todo extraño, pues ese nuevo rostro ahí silencia los pasos, acalla los movimientos. Lo que se hace ahí, afirmo, es como en las cofradías porque guardan secrecía y secretismo; manejan códigos, se entiende sólo con la vista, saben de ellos por las respiración, la falta de uno robustece al otro para ocupar su lugar de gran maestro sin profanar memorias.

-Me confieso. He sido un hombre solo que peca de estar acompañado. Solo porque al final en este leve espacio aun rodeado por dos o cinco o diez personas tiendo a estar, yo mismo, en soledad con ese otro borgiano. El momento es mío. Peco de estar acompañado porque ahí veo la pulcritud, ahí encuentro el diálogo interior del arte que me vive recorriéndome, a la manera de la sangre, pero que no hay forma de reconocer por método científico alguno.
Luego de recorrer el taller-casa-estudio de Odín Barrios encontré un ser que se transmuta y vive en sí. Un individuo que se lleva en fenomenológico comportamiento artístico. Un artista que, como dice Constantino Cavafis en sus Poemas completos, arriba:
«La ciudad
Dijiste:
‘Iré a otro país, veré otras playas:
buscaré una ciudad mejor que ésta.
Todos mis esfuerzos son fracasos,
y mi corazón, como muerto, está enterrado,
¿Por cuánto tiempo más estaré contemplando estos
despojos?
Adonde vuelvo la mirada
veo sólo las negras ruinas de mi vida,
Aquí, donde tantos años pasé, destruí y perdí’
No encontrarás otro país ni otras playas,
Llevarás por doquier a cuestas tu ciudad;
Caminarás las mismas calles,
Envejecerás en los mismos suburbios,
Encanecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta ciudad;
No esperes otra,
No hay barco ni camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
La has destrozado en todo el universo»


-Con «Huehuecoyotl» gané el Premio de Arte Joven de Pintura, convocado por el INBA, CONACULTA y el Gobierno de Aguascalientes, a mis 28 años. Representó, además de los 100 mil pesos y la exhibición en diferentes galerías y museos del país, la obra pasó a formar parte del acervo del Museo de Arte de Aguascalientes. El premio más sentido es el que me otorgó el Museo de Arte Virreinal de Guadalupe, porque en ese lugar encontré los alientos para mi creación.
La obra de Iván Odín está llena de huecos que se transforman en pasillos y leves corredores, en corredores que llevan los sonidos del viento, del tiempo, de los misterios de un viejo convento. La obra de Iván Odín es la nueva vista a la naturaleza; la agresión citadina, cosmopolita, a lo natural. Un águila manchada por el baño ácido de la contaminación o un coyote extrapolado en varios sentidos. Silencios y violencia, colores que remarcan y tránsfuga, el artista es una polarización estética del poder y la conciencia de la proyección.
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