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Cátedra extraordinaria Juan Rulfo, mesa 9 "Libros y ámbitos"

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pro/e/vocación Comentarios a El Libro de Patmos de Salvador Lira
Edgar A. G. Encina

M.O.



que cuando caiga el mundo sin palabra caiga el mundo sin palabra[1]
Su entrada al Templo auguró, sin saberlo entonces, remolinos en un mar falto de sal y sin oleaje. Tres pasos. Tres pruebas. Tres entreactos. Sus viejos maestros le hicieron rivalizar con un Aleister Crowley[2] pueblerino vestido por desgastados negros en largas gabardinas que ocultaban un desequilibrado aliento. Sus jóvenes maestros le dieron tres liturgias y lo distrajeron en vanos combates, engañosas pruebas, secretos apenas encontrados que quizá eran nada. Su generación aprendió junto con él y una noche, a pregunta declarada que arrebató la palabra vigilante, notaron que se había alzado a «Tocar el Sol»[3] como Ícaro. Siguen en la espera de verle caer, deliciosamente. Sus aprendices le patentizaron al llamarle «amadísimo» y todo gran maestre que escribe en rojo fenixio deja marca de hierro con sus palabras para cimentar y/o levanta…

Volver al estado original, al de la palabra

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En general, creo que sólo debemos leer libros que muerdan y arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un golpe en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, seríamos igual de felices si no tuviéramos ningún libro. Los libros que nos hacen felices también podríamos escribirlos  nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más lejanos, lejos de toda presencia humana, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo. [Carta enviada en 1904 por de Franz Kafka a Oskar Pollak, en Ernst Pawel,The Nigtmare of Reason: a life of Franz Kafka, London, Harvill, 1984]


Arropado por un tapiz azul, un diablo blanco lee un libro de portada roja ocultando detrás de sí un escuálid…
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Decálogo para el viajero
París

Edgar A. G. Encina

La mercadotecnia es engañosa. Para viajar a París, las agencias de viajes muestran afiches, revistas, abstractos y demás publicidad, donde la ciudad se muestra soleada, las personas sonrientes y vestidas con ropas veraniegas, siempre rodeada por elementos arquitectónicos por todos conocidos. Mi realidad distó en algunos puntos. Así, mi decálogo para el viajero estación París: 1.El clima. Sin importar el tiempo en que se viaje debe contemplarse una ciudad cambiante. En un mismo día se puede tener calor, lluvia y arto frío. Tómese precauciones. Contémplese ropa abrigada y caliente; ligera y fresca, para una salida el mismo día. 2.Louvre. La ciudad en un museo. Enorme. Fantástica. Ambigua. Extasiante. Agotadora. Ubicado donde fueran aposentos reales, los recorridos por los pasillos del lugar se vuelven eternos. Una ciudad se define por sus museos; hacen de las joyas lucientes por la dama. En el caso de sitio las galas son tremendas piedras prec…

Asedios a la biblioteca

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«Toda víctima exige lealtad» Graham Green en The Heart of the Matter

Viernes 12 de abril. Le he enviado un inbox a Janea. Digo que quiero escribir para La Gualdra con el pretexto del día del libro, que por cierto lo celebramos en México el 23 de este mes. Le he propuesto dos temas. El primero, de bibliófilos y bibliómanos. El segundo, del «síndrome del padre Fisher». La idea era simple. Escribir sobre el camino del amor por los libros que puede llevar a la afección por ellos o del hombre que inició la infame tradición en el país de devastar bibliotecas y colecciones públicas y privadas para venderlas, casi siempre a cualquier postor. Referenciar, de paso, al bibliólatra o al bibliocasta del Auto de fe de Elías Caneti o de El nombre de la rosa de Umberto Eco. Conectar al traficante con una moda que inició en Europa desde tiempos que la historia se confunde con el mito. Apuntar que siempre hubo alguien que dispuesto a comprar-vender estantes o ejemplares únicos sin considerar los pecados …