Enfermedades compartidas (Trama)

Tildes a El síndrome del lector de Elena Rius


Un hombre lee apasionadamente a los oídos de un infante. El arrugado rostro de este individuo se ve encendido y su cuerpo se revuelve con vigor, como si acompañara esa lectura con movimientos teatrales. Por su lado, el chico, acomodado de lado sobre la silla y descansando la cabeza sobre la respaldo, se ve extasiado. Fascinante. Es un retrato de familia y es una impresión primigenia. El padre lee y el hijo imagina; el adulto actúa y el pequeño vive, todo construido en un escenario con palabras que no les fueron propias, a ninguno, pero ahora, desde ya, les son. Father Reading Tom Sawyer to his son (121.9x152cms.), pintada en 1994, por Ronald B. Kitaj (Usa, 1932-2007), es la representación visual de este relato. La obra que –hasta donde sé- aún pertenece al catálogo de Sotheby’s, con el número 253 [hwww.sothebys.com], es tan abierta que el lector de las palabras escritas y/o el lector de las palabras habladas podemos ser cualquiera.


         Sin embargo, no es un ambiente puramente romántico. Este padre infecta a su hijo de un extravagante alteración que Elena Rius llama El síndrome del lector (Trama, 2017). La autora, que también es María Antonia de Miquel (Barcelona, 1956) editora en/de Alba [www.albaeditorial.es], comenzó a diagnosticar esta «ofuscación» en un blog [http://notasparalectorescuriosos.blogspot.es] y, ocupada por la divulgación de su descubrimiento, lo ha publicado en un libro que confía llegue a las personas para que descubran que la adicción proporciona diversión.
Aún así, el daño está hecho. Por lo menos, me lo ha hecho a mí. Father Reading Tom Sawyer to his son me parecía una sensible estampa que vendría bien en el chalet o en la habitación de descanso de casa, como un reforzamiento visual de los rituales familiares. El síndrome del lector cambió mis afecciones. Por ejemplo, ¿qué parte de Las aventuras de Tom Sawyer (1876) leen? ¿Será el capítulo xxiv cuando «Tom volvía a ser un hombre ilustre, mimado de los viejos, envidiado de los jóvenes. [tanto que] Hasta recibió su nombre la inmortalidad de la imprenta, pues el periódico de la localidad magnificó su hazaña»? Si no es así ¿entonces, dónde van?, ¿por cuál sección de las relatadas por Mark Twain (Usa, 1835-1910), viajan sus mentes?, ¿qué les tiene tan apasionados?
Por otro lado, no hay cosa más entretenida que intentar adivinar algo de las personas que leen en público a través del libro que sostienen entre las manos. A menudo, el personaje y su libro entran dentro de lo previsible. Parafraseando a Manguel, podríamos decir que el emblema responde a lo que son. Pero, de vez en cuando, uno descubre una pieza que no encaja: un señor canoso y trajeado que va leyendo una novela gráfica, una chica rapada y llena de tatuajes que lee a Jane Austen… Rarezas que resultan refrescantes entre el mar de best sellers de ayer y de hoy que devoran la mayoría. Aunque… tal vez los estemos juzgando mal. ¿Quién dice que esa chica que parece tan interesada en La catedral del mar [(2006) de Ildefonso Falcones] no es en realidad, en privado, fiel lectora de Jonathan Franzen [autor de The Corrections (2001) y Farther Away(2012)]?

Entonces, ¿leen a Twain o dicen leerlo?, ¿o esta lectura es para las tardes soleadas, pero por las noches leen Rumbo al mar blanco (1994) de Malcolm Lowry (Inglaterra, 1901-1957), y a escondidas Los juegos del hambre (2008) de Suzanne Collins (Eua, 1962)? ¿O Kitaj nos engaña y en realidad leen Entre noches y fantasmas (Fce, 2016) de Francisco Tario (México, 1911-1977) o El guardián ente el centeno (Edhasa, 2009) de J.D. Salinger (Usa, 1919-2010)? Así, este síndrome del que Rius va diagnosticando de a poco, lector por lector, encasillando bibliómanos, bibliógrafos y bibliófagos, se me ha presentado como una bocanada de respiro. Se trata de una lectura suave y amena. Estamos ante ideas expuestas sin azares, predestinadas a finales claros que, de a poco, se confunden con la vida de la autora y del lector, el cual, muchas veces, tiene la empatía de parecerse a la mía, a la tuya.

El artículo ha sido publicado en la revista Crítica. Fondo y Forma
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