Del anécdotari[es]o [3de3]

Le gran amour, movie
Anécdot[res]a
Fue hasta el mes de abril que pude hacerme de La idea de Europa. Y, ese mes, se torna simbólico: San cumple años, está el día del niño, hay dos quincenas, hay un par de semanas de vacaciones, se abren algunas convocatorias, una amiga que quiero mucho ajusta sus más de 23, fue el tiempo que conocía a mi mujer, el clima es agradable, se estrenó en México «De donde vienen los monstruos», los nacidos en esos días llevan los signos zodiacales de Picis y de Aries, e infinidad de cosas más que no seguiré enumerando por flojera, privacidad y ya!

Apunte: dejé por más de 10 días el texto. Le perdí la huella porque se dieron los «proceso» de Christian, padawan de Chava, y Edgar Ochoa [sin acotación, por aquello de que el primo sea diputable]. En mayo lo retomo, no quiero quedarme en hojas por llevar como Agustin Yen [acotación, tampoco haré referencias, porque no tiene más su apellido y es chef] y todos los demás que han prometido y luego no los deja la gripe de los tiempos malos o la cuerda rota de la guitarra del ropavejero o el face-in-the-ofice o el Consejo sin acuerdo.

Volviendo a la idea de los cafés, Steiner asevera:
El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el fláneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno. Está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día. Es un club del espíritu y la poste-restante [apartado de correos] de los homeless.
Quizá, el café, sea alguno de los últimos reductos de libertad que quedan para el freelance. El espacio donde las discusiones llevan a grandes teorías, enormes textos, significativas ideas, que transforman la ciudad y el mundo o sólo hacen que el par de horas lleve un ritmo y luego, como por arte de magia, pagar la cuenta, hacer planes «para luego» e irse cada quien por su camino. Es, tal vez junto con la cantina, el bar con buena música o el taller, dónde los individuos son su nombre, no el apellido académico ni el título burocrático; arriesgados, en los sorbos de la bebida atreven algunas oraciones declaratorias ya de su ánimo político, ya de su enfoque personal ante el evento dado, ya de su desasosiego económico, vanal o cultural de lo que es o no acontece… Apuesto fuerte. Entiendo al café legado tangible de lo que Gabriel Zaid habla en «La institución invisible». Porque:
La cultura libre no tiene campus o edificios que manifiesten visiblemente su importancia, como la Iglesia o el Estado, la universidad o las trasnacionales. No puede ofrecer altos empleos, ni emprender por su cuenta proyectos que requieran grandes presupuestos. No tiene representantes autorizados, ni los avala con envestiduras oficiales. Opera […] en el espacio dialogante de la sociedad civil.
Iguales: pensador-artista; político-burócrata; comerciante-vagabundo, el que ahí va es un individuo, cobijado por su hermandad de mesa; respaldado sólo por el tono. No es que el café sea, ergo, el Olimpo; se le asemeja por la última oportunidad que ofrece a la paradoxa a los «post-post».
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