Dinero
y memoria
Lectura
en la presentación de La Casa de Moneda de Zacatecas durante la primera
mitad del siglo XIX, de Elva Martínez Rivera
Edgar A. G. Encina
Se ha puesto en fecha que
el 9 de septiembre de 1298 se enfrentaron genoveses y venecianos por el control
del Levante mediterráneo a orillas de la isla de Curzola [Curchola] en la hoy Croacia,
pero que entonces formaba parte de la república de Venecia. Fue la batalla en
una guerra que no se resolvió fácil, pero que puso la letra capital de inicio
en una fascinante historia. Como resultado de ese encuentro, los más de siete
mil venecianos derrotados fueron prisioneros en el Palazo San Giorgio, en
Génova. Acinados e invadidos por el tedio, pronto se corrió la voz de la
existencia de un oficial veneciano que contaba historias increíbles. El rumor
llegó a Rustichello de Pisa, que cumplía una pena de más de catorce años en
prisión. Interesado, encontró la forma de acercarse a aquel hombre de
fantástica imaginación. Conoció entonces a Marco Polo, quedando fuertemente
prendado por aquellos relatos que lo llevaron del escepticismo a la fascinación
e interés. Marco Polo —si bien recuerdan— viajó de occidente a oriente motivado
por el comercio y las aventuras, lo que le condujo a estar al servicio de Kublai
Kan, el emperador de los Mogoles fundador de Katai, hoy Pekín. Resultado de
aquel entusiasmo de Rustichello por Marco Polo hoy tenemos esos Viajes
que leímos —o debimos leer— cuando muy jóvenes, inspirados por la influencia que
éste tuvo en otro italiano: Cristobal Colón.
Pocos libros cambian nuestra vida para siempre; nuestra
vida y la del mundo entero. El libro de Marco Polo o Los viajes de
Marco Polo cuenta una parte de la asombrosa vida de un hombre al que su
época le tildó de fantasioso y falto de realidad, pero que en el siglo XIX arqueólogos,
antropólogos e historiadores europeos al visitar aquella ciudad oriental certificaron
como verídicas; ciudad, por cierto, de la que Marco Polo aseguró no había
contado ni una décima parte de lo que había visto allí. Quizá entre lo que más
asombro acusó el viajero fue el papel moneda. Refiero un pasaje:
Ahora hablaré de las monedas y los dineros que se fabrican
en la ciudad de Cambaluc [dice Marco Polo]. Allí hay tal abundancia de tesoros,
que se podría decir que el Gran Khan tiene el secreto de la alquimia como ahora
relataré.
Para fabricar la moneda el Gran Khan
envía a unos hombres para traer la corteza de unos árboles que nosotros
llamamos moreras y que en el lenguaje de ellos se llaman gelsus, que son los
mismos con los que los gusanos elaboran la seda comiendo de sus hojas. Hay
tanta cantidad de estos árboles que todos los campos están llenos de los
mismos. De la corteza extraen la pulpa y la trituran y apelmazan como hojas de
papel, parecidas al papel del algodón. Después las cortan en pedazos de
diferentes tamaños, pedazos grandes y pequeños a modo de dineros y marcan en
ellos diversas señales, según lo que ha de valer tal moneda. En todos estos dineros
se imprime el Sello del Gran Señor, pues los dineros que no lo lleven no tienen
ningún valor. Y hace fabricar tal cantidad de estas hojas de moneda que podría
pagar todos los tesoros del mundo sin que le cueste nada.
De este dinero ordena el rey que se
haga gran cantidad en la ciudad de Cambaluc, y una vez hechos los papeles, el
Gran Khan hace todos los pagos del reino. Nadie puede rechazarlos y a nadie,
bajo pena de muerte, le está permitido acuñar o pagar con otra moneda en todos
los territorios sometidos al señorío del Gran Khan. Además, ninguno, aunque sea
de otros dominios, puede servirse de otra moneda dentro de las tierras del Gran
Khan, y sólo los oficiales del rey la fabrican por orden del monarca. A menudo
sucede que los mercaderes que vienen a Cambaluc de la India y otras provincias
traigan oro, plata, perlas y piedras preciosas, y todo ello lo hace comprar el
rey por medio de sus oficiales y ordena que el pago se haga en su dinero. Si
los mercaderes son de tierras extrañas, donde no tiene curso aquel dinero, lo
cambian de inmediato por otras mercancías que llevan a su patria. Esta forma de
pago es la más fácil de todas y se puede llevar por los caminos sin
incomodidad. Con este dinero paga el sueldo de sus oficiales y se compra todo
lo necesario para la corte, así, el Gran Khan nunca paga con oro ni con plata,
y tanto los ejércitos como todos los funcionarios reciben sus salarios con
papel moneda, dinero del que el Gran Señor siempre tiene todo el que quiera.
De esta manera se prueba que el Gran
Khan ha podido reunir el mayor tesoro del mundo y que puede superar a todos los
príncipes del mundo en gastos y riquezas, y estos juntos nunca poseerán tanta
riqueza como el Gran Khan. Ya he hablado de lo que hace el Gran Khan para
convertir en dinero los papeles, y ahora hablaré de la gran bondad que muestra
el Gran Señor con sus súbditos.
Es probable que este
fragmento sea el más antiguo del que se tenga conocimiento que diga
específicamente de las formas de producción, servicio y utilización del papel
moneda. Es, también, probable que en esa lectura juvenil hallamos pasado por
alto el significado del relato, porque nos encontrábamos mirando más en las
maravillas y lo exótico de un país al que nunca, por ahora, he visitado.
De esta relación entre el dinero y la cultura tengo tres
libros como fuente para el argumento. El primero ya lo han escuchado. El
segundo es Literatura y dinero que Émile Zola publicó originalmente en
1891 y fue traducido al castellano hasta 2020 por Gabriela Torregrosa para
Trama y 2024 para el Fondo de Cultura Económica. En Literatura y dinero el
autor pretende interpretar «el complejo mundo de las relaciones entre el
escribir y sus circunstancias, entre la creación literaria y la economía, entre
lo que llamamos literatura y la industria editorial, entre la escritura y el
mercado editorial, entre la cultura y el dinero. En suma, [afirma Constantino
Bértolo en el Prólogo] sobre la situación “material y moral de los escritores
en los últimos siglos”».
¿Recuerdan el Yo acuso en el que el autor increpaba Agustin
Gamarra haber corrompido la Constitución? Pues el tono es similar, así da
inicio la exposición:
A menudo escucho estas quejas a mi alrededor: “el espíritu
literario agoniza”, “la literatura está desbordada por el mercantilismo”, “el
dinero acaba con el talento”. Y otras tantas acusaciones desconsoladas en
contra de esta democracia nuestra que invade salones y academias, arruina la
lengua culta y hace del escritor un comerciante como cualquier otro. Colocando
o no mercancías, según la marca de fábrica; amasando una fortuna o muriendo en
la inteligencia.
Pues a mi [dice
Zola] todas esas quejas y acusaciones me crispan.
Literatura y dinero mantiene cierta vigencia porque explora temas y tópicos que
en nuestro tiempo continúan en discusión. Quizá estuvieron enterados del
reciente premio Aena de Narrativa Hispanoamericana que sólo con el anuncio de
su monto, por un millón de euros, causo una ola de críticas y torcidas
versiones. ¿Cómo es posible que se monetice de esta manera la literatura?,
acusaron hordas de detractores que jamás estarán a la altura narrativa para
contender por el galardón, pero sí para reclamar la precarización del oficio y relacionar
de manera falaz que la indignidad humana está íntimamente relacionada con la
creación artística: si usted llega a fin de mes, paga sus cuentas y está al día
con sus pagos hacendarios, seguro no es por la calidad de su trabajo y la
disciplina que ha puesto en él, sino porque habrá vendido su tinta al infame
mundo corporativo.
El tercer libro que mantengo en el nicho: cultura y dinero,
es La élite y las finanzas en el ayuntamiento de Zacatecas, 1786-1814
que Elva Martínez —la señora que nos reúne a todos aquí— publicó en 2018 con el
sello de la Universidad Autónoma de Zacatecas. A ese libro, que tiene el peso
de los clásicos en los estudios regionales del tipo, lo ha convertido en un
tomo, quizá el primero o segundo, de una seriada de impresos que estudian lo
que Marco Polo y Émile Zola, pero poniendo la mirada en un pequeño espacio del
mundo donde el sol «quema que pica». A Martínez Rivera, que mira a veces a la
literatura como «puros cuentos» y no como «el árbol del que nacen y crecen
todas las ramas», le gusta el dinero. Corrijo. Le puede gustar el dinero como a
todos. Lo de ella es el estudio del dinero: quién, cómo, por qué, dónde, cuándo
y cómo lo produce, son sus preguntas y las responde en frio, porque eso de
calentar las monedas no le va.
Par
a La Casa de Moneda de Zacatecas durante la primera mitad del siglo XIX, que nos convoca, Marco Antonio Flores Zavla y quien lee, aseguramos que «es resultado de una investigación iniciada hace años. El trabajo comenzó desde su egreso de la carrera de Historia a años recientes, ello se percibe en la bibliografía citada y en las reflexiones que proporciona en el ensayo, las cuales no son de botepronto o vinculadas necesariamente a la tradicional historiografía política decimonónica». Es una historia de fantasmas de papel, cuerpo y sangre de la numismática mexicana de la que, si me lo permiten, no citaré el mejor pasaje, para que lo descubran y porque ya me he ido de palabras y tiempo.
Gracias y fortuna a tu Casa de moneda, Elva.








_page-0001.jpg)




