confesión melódica
dos acercamientos a una voz para el cenzontle
impávido de Magdalena López Espinosa
primero
En
el número de marzo de Letras Libres, Gabriel Zaid recuerda que los
humanos hemos construido, a lo largo de los siglos, múltiples tipologías que
ayuden a comprender las distintas personalidades. Para ello, elabora un veloz
recorrido a través de Hipócrates, Galeano, Avicena, Aquino, Versalio; Sócrates,
Aristóteles, Teofrasto, Plutarco, Molière, Cesare Lombroso, Freud, Jung y media
decena más de autores que pensaron en «La descripción del carácter» como
modelo, espejo y raíz de la sociedad. Es una vuelta circunferenciada a una
pregunta sin respuesta puntual que cierra el broche en «la tipología
astrológica» que, concluye Zaid, «No fue una moda campesina sino urbana.
Curiosamente, ahora que hay más escolaridad que nunca, la astrología está más
vigente que nunca. Quizá porque la forma de ser no es fácilmente definible y
las supuestas descripciones filosóficas o científicas del carácter no son
mejores que las astrológicas».
Esto lleva a preguntarme si,
entre las respuestas descocadas, López Velarde fue lo que es porque su signo
zodiacal es Géminis, regido por Mercurio, caracterizado por ser «comunicativo,
versátil y con una mente aguda», con «gran talento para la expresión,
creatividad y una personalidad dual, pero encantadora». O, en el caso de Cabral
del Hoyo que nacido en el fuego de Leo, este lo moldeó «innovador, con energía
física y un ritmo de vida activo». Todo esto es plano. Las descripciones
astrológicas los pintan a ellos, y a todo aquel que se tire el clavado en ella,
como seres unipolares de rostro sin espalda, una cara de cartón, forma de pez
aguja, que al voltear se convierte en línea y silencio.
Andando por este pasillo de pocas
luces, prefiero a Teofrastro que en Caracteres elabora la tipología de
treinta formas «criaturescas» en las que podemos cuestionarnos en cuántas
habrían caído los señores que nos convocan esta tarde. Teofrastro propone las
casillas del adulador, «fingidor, charlatán, rústico, oficioso, desvergonzado,
locuaz, novelero, gorrón, sórdido, gamberro, inoportuno, entrometido, torpe,
grosero, supersticioso, insatisfecho, desconfiado, desaseado, impertinente,
vanidoso, tacaño, megalómano, altanero, cobarde, oligarca, extemporáneo,
maledicente, malévolo, [y] codicioso». A la que, debemos añadir las
contribuciones de Molière de «El misántropo, El avaro, Tartufo,
[o] El enfermo imaginario».
Mejor aún, en vista de las
fotografías que tenemos del López y Cabral, apliquemos la teoría de Herber
Scheldon que relacionaba las formas de ser con la «estructura corporal. [En la
que primero están] Los ectomorfos [que] son delgados y cerebrales,
introvertidos, tímidos, sensibles a la crítica, nerviosos. [Le siguen] Los
mesomorfos [que] son musculosos, extrovertidos, dominantes, activos. [Y cierra
con] Los endomorfos [que] son gordos, sociables, relajados, tranquilos». Podemos
seguir toda la tarde anudando lo que sabemos, creemos conocer y el deseable
perfecto de seres admirables, «valiente[s], generoso[s], [y] tenaz[es]», sumando
atributos a personajes de papel que, no está de más decirlo, se les observa más
con romanticismo que con crítica. Para estar seguros convendrá decir, y cierro
está sección, que lo más probable es que los poetas Ramón y Roberto hayan sido bien
sabe cómo.
Sabrá Dios.
segundo
María
Magdalena López Espinosa ha visto publicado su primer libro de ensayos: Una
voz para el cenzontle impávido… La relación poética entre [Ramón] López
Velarde y [Roberto] Cabral del Hoyo por la Editorial Antonio Paredes
y la Universidad Autónoma de Zacatecas en 2025, según da cuenta la hoja legal,
pero presentado en sociedad hasta este 2026. Se trata de un libro de transición
que se verá atrapado entre la Canción de cuna para un suicida editado en
Antequera por ExLibric en 2024, novela que se interna en la pisque de un joven
determinado a morir, y la tesis doctoral, donde la autora elabora un mapa
antropológico-sensualista de la ciudad de Zacatecas a través, ¿o es mejor decir
de la mano?, de la literatura de Salvador Vidal.
Una voz para el cenzontle
impávido… tiene
una organización pensada desde la academia en seis capítulos, en el que el
primero hace de introducción y nombra el impreso, sumando la presentación de
Claudia Liliana González Núñez y la conclusión, en singular. La investigación,
como dije perfilada a los intereses universitarios, encuentra libertades
creativas y expositivas en las que calza, a veces de manera natural y otras rebuscadamente,
las relaciones poéticas y espaciales, de la ciudad, lo tangible y lo imaginado,
entre la literatura de López Velarde y Cabral del Hoyo. Vale confesar que la
propuesta arriesga porque, aunque estos señores compartieron vida en el mundo
de 1913 a 1921, era imposible que, siquiera, tuvieran noción de la existencia
del otro en su momento. Con ese gancho temporal juega de inicio: las
comparecencias que no unieron los cuerpos las reúne la literatura y la fijación
de la pertenencia a los lugares atemporales.
Con este libro, López Espinosa se
da de alta oficialmente en la lista de Lópezvelardeanos que no es corta,
pero sí exclusiva. Bienvenida. La edición es en media carta, entintada la
portada en azul celeste con las fotografías de, al frente, un joven López
Velarde y, en cuarta de forros, un anciano Cabral del Hoyo. Son bustos donde
vemos escribir al primero y leer al segundo. En estas plaquetas está la tesis y
el enfoque de la tesis, porque la autora se ha quedado con las representaciones
públicas de los autores y las diferentes construcciones imaginarias que la
Republica de las Letras trazó de ambos. Morir joven tiene sus ventajas. Miremos
que nadie replica las fotografías de Cabral del Hoyo joven porque, creo intuir,
se le prefiere como «viejo sabio», además de que López Velarde llegó antes al
nombramiento del «padre joven de la patria». Un fino detalle, que me parece
encantador, es el ave posada sobre la segunda «e» mayúscula del «músico célibe»,
«el solista dócil y experto» que es el cenzontle, merecedor de «los cansancios seniles
y la incauta ilusión con que sueñan las damitas». Allí se aloja el tercer y
creo último remate: libre de temores, sin amilanarse «en el caos de las
lóbregas vigilias», sereno ante el peligro, sin temor de «los monstruos de la
noche», fuerte el cenzontle, Magdalena le da voz para que su pico continúe «recorriendo
el cuerpo de la noche: las cejas, y la nuca, y el bozo» prolongue su «confesión
melódica».





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