StanciaStarbuksSacatecas

imagen: letraslibres.com
.el.mayor.espectáculo.del.siglo.XXI.
Opté por sentarme un uno de esos escritorios compartidos. Se encontraban dos personas; sobre la cabecera, una joven mujer con su iPod, celular y notebook, en un costado, un obeso y blanquísimo hombre pegado a su Mac. Ambos, era notorio, llevaban tiempo ahí; por la cantidad de vasos y platos podría adivinarse, al menos, media hora entre desayuno y conexión web. Ambos, también evidente, no se conocían; habían llegado a ese lugar al igual que yo, por su lado, con su tiempo, a fines prácticos individuales. No buscaban flirtear, amistades o sabores-olores estimulantes. ¶ Era el único con un libro -no sólo en la mesa, podría apostar en el lugar-. Sólo «café del día», grande, que me deje leer sesenta-noventa minutos. Ya con libro y café, ya ocupando una silla, ya llenando el espacio necesario para que los tres seres en la mesa no sintiéramos ahogo. En sesenta minutos no pasó nada. Se escuchaban risas, platicas, entonaciones; muestras de comunicación de las mesas y sillones circundantes. De pronto, el tipo obeso-blanco cerró la lap, desconectándola y guardándole en un pequeño maletín. Se levantó haciendo el ritual de salida. Dirigiéndose, antes de salir, dijo a la señorita: «que termine pronto» y siguió su camino. Absorto en mi lectura me detuve: «no me dijo nada, de mí no se despidió» ¶ El golpe fue simbólico y directo: ¿qué hace un hombre en un café con un libro? En México no se lee y –acotación- menos en los cafés. A diferencia que en Europa, escribe Steiner, el café es sustancial para entenderla, acá parece que es para otras cosas, menos para la identidad cultural-intelectual. El café sirve para hallar los amigos, para citar los negocios, para comentar la política, para tramar el mundo, para comer, para beber cien tipos distintos de líquidos pero no, ¡ho, pecado capital!, para estar solo, leer, buscar ese otro mínimo cuerpo que recuerde los principios de la sociabilidad. No, acá el café no es para leer; es para conectarte a la red gratuita, para sorber bebidas dulces, para charlar palabras que se disuelven en el aire de los caminantes, para hacerte ver, para el oasis de las clases sociales. ¶ Leer es hacer nada: inmovilidad total, desapego a los cánones económicos, pérdida de tiempo, efecto de improductividad, el desperdicio total de una vida que de paso respira el aire de los que sí hacen algo. Leer en público es el cinismo máximo; la desvergüenza del grosero que grita leperadas para saludar, el albañil que no deja pasar falda alguna, el político corrupto que sirve a propósitos deshonestos, el novio que miente para obtener sexo de su pareja, el maestro de primaria que en el salón de clase está preocupado por sus goces sindicales. Leer, está bien; todos tenemos una vida privada e íntima, eso es un tema; halla en la soledad donde nadie debe-puede saberlo. Leer en público es destapar coladeras delante de todos, frente al mundo darte un balazo, inmolarte por el color azul… ¶ Aún, sabedor de la transgresión pública de la que soy partícipe he decidido, para los miércoles, asistir a mi propio show público: enrejado, con la mesita delante, en un cómo sillón, invito al público a buscarme, a verme, a asistir a la jaula del lector, como lo hacen los niños frente a la jaula de los tigres. Fuera, pondrán letreros magnificentes: «¡Único espectáculo! Sólo los miércoles de medio día. Un hombre que lee un libro»…
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