lunes, 16 de enero de 2017

De Librerías que cierran

«Bookshelves, Study for “Edmond Duranty”» por Edgar Degas (c. 1876)


La Azotea, a la Lista de las desaparecidas
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Edgar A. G. Encina
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Texto publicado en el suplemento cultural La Gualdra
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A mediados de noviembre del 2016 compartí un conversatorio con Esther Cárdenas, Anna María D’Amore y Héctor Ávila. El evento, organizado por la Asociación Otoño Editoras y Editores a.c. y la Comisión de Igualdad entre los Géneros de la lxii Legislatura del Estado de Zacatecas, se realizó en el vestíbulo del Congreso y tuvo el propósito de hablar de libros. Entre las cosas que se dijeron, Cárdenas habló de los retos que tienen los libreros en un mercado donde las lecturas electrónicas ganan terreno; D’Amore dijo de los traductores, las traducciones y los prejuicios editoriales respecto de ellos y su autoría; Ávila fue institucional y subrayó el trabajo del Gobierno por fomentar la lectura y, su servidor habló de librerías y bibliotecas y lectores.
         Allí, a propósito de estas líneas, Esther Cárdenas, propietaria de la librería André-a y presidenta de la Asociación de Libreros, dijo que en Zacatecas existían nueve librerías formales, sin contar otros puntos de venta como centros comerciales establecidos. Nueve librerías que puedes ver de vez en cuando en el Portal de Rosales. Nueve librerías y nada más. Nueve librerías que estaban por sortear una de las temporadas más bajas para las ventas o, recapitula lector, ¿cuántos libros obsequiaste o te regalaron en las fiestas navideñas?
No todas sobrevivieron al invierno, a pesar de que este ha sido extrañamente cálido.
         No todas han sobrevivido.
         El recuento de caídos inició este 1 de enero. La librería La Azotea bajó sus cortinas. Su administrador, Uriel Martínez, alega que las ventas del ’16 fueron a la baja, que la renta lo ahogaba, que hacienda lo exprimía, que sus vecinos en la avenida San Marcos poco ayudaban y que los ahorros se terminaron. La desventura recae en que ésta se especializó en ofertar títulos editados por universidades nacionales, permitiendo cierta actualización docente, fomentando la versatilidad cultural-intelectual e inspirando el contacto académico entre pares.
En fin, que ha sido el fin.
Es bien sabido que administrar una librería es una aventura. De la experiencia hay varios títulos y la reflexión es la misma. Quizá continuemos encontrando a Martínez por las calles y las oficinas del centro de la ciudad, con su típica bolsa cargada de títulos más o menos recientes. Con el cierre de La Azotea, Cárdenas deberá contar ahora sólo ocho. Sin embargo, la ciudad no pierde del todo. Pensemos en esos oficios que sólo en el centro son posibles; el de ofertador bibliográfico es uno de estos y –creo- Uriel el último de su especie.
En fin, que ha sido el fin.
Pero, no del todo. En este país que da la sensación de ser un puzle desprendiéndose, pareciera que una librería de menos no es la mayor de las tragedias. Sin embargo, lo que perdemos no es una tienda, no es un abarrote; no. Es una Librería que cierra y la pérdida es también del espíritu; si una biblioteca es el reflejo culto de una ciudad, la librería es el reflejo aspiracional de esa cultura en una ciudad que no siempre parece tan culta.

En fin, que ha sido el fin.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

No es el «edén suvertido» lópez-velardeano

[La imagen es crédito del periódico Imagen]
Resultado de imagen para tenamaztle, libro


Algunos acentos en Tenamaztle, 

la piedra de fuego de Alberto Ortiz


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Edgar A. G. Encina
  
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En la iglesia de Tororiu aún se conserva una placa que anota 1537 como el año en que murió y fue sepultada la princesa Xipaguazín Moctezuma. La plancha va firmada por los «Caballeros de la Orden de la Corona Azteca de Francia» y su hijo, tema que para los interesados en fraternidades, conspiraciones y círculos de poder, no tiene desperdicio. Xipaguazín, hija de número entre los diecinueve que procreó Moctezuma Xocoyotzin con distintas mujeres, llegó hasta la masía de Toloriu «a on les bruises hi fan el niu»[1] siendo la mujer de Juan de Grau y Ribó, con el que procreo a Juan Pedro de Grau y Moctezuma, barón de Toloriu y emperador legítimo de México; síntesis ejemplar del mestizaje. La presencia y el deceso de la princesa en ese lugar de la Cerdeña catalana que hace frontera con la cruda Francia, Casa Vima donde no viven más de veinte personas, a la fecha es imán de cazadores de tesoros conducidos por la leyenda del caudal de Moctezuma.
No es difícil imaginar la vida que llevaba la pobre princesa mexicana en aquel pueblo medieval de piedra, pegado a los Pirineos, con un clima de perros y un ambientillo que nada tenía que ver con la vida templada, colorida, sabrosa y llena de bullicio que llevaba en la corte azteca, cuando todavía era Xipaguazin y no María; no hay registro de los esfuerzos que debe de haber hecho para adaptarse a su nueva realidad de baronesa catalana, pero se sabe que su hermano, pasado el primer invierno, regresó a México y que su séquito, una docena de indios tristísimos, trashumaban los domingos por la única calle que tiene Toloriu, rumiando conceptos depresivos y soltando de cuando en cuando un espeso lagrimón.[2]

Próximos a los 400 años del deceso de Xipaguazín Moctezuma o María Moctezuma –según-, en los comienzos de la Guerra Civil española, su tumba fue destruida y saqueada, dejando apenas la placa con que inicio este relato.
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No así, Tenamaztle murió sin masía, sin séquito lloricón, sin leyenda de tesoro. Tenamaztle cayó y ya; el punto final fue puesto en Iberia y en Tierra Adentro cambió a puntos suspensivos. «No murió, [anota el Cronista de Zacatecas] como se decía, en un convento dominico de Valladolid: murió en [1556, en] una posada acompañado de unos criados. Donde fue inhumado sigue siendo un enigma».[3] Tenamaztle, la piedra de fuego es la recreación del mito, apropiado desde el idílico personal. Novela corta de no más de 162 páginas, fue redactada desde el escritorio del académico conocedor del periodo e interesado en narrar la historia con tildes literarias. A la historia de Tenamaztle, lo sabíamos o lo entreveíamos, no la pintó el oro de la exuberancia; en todo sentido, la trazó el duro carbón del lápiz, del sol que pica cuando calienta.
             Imagino a Alberto Ortiz en su estudio, acomodando el material, releyendo una u otra investigación, anotando en la libreta donde ha trazado los mapas histórico-personales de su personaje. Lo imagino, viendo el reparto total por las geografías de su escritorio y detenido. Sabe que las fechas son importantes, está al corriente de que las conjeturas son fundamentales; domina los entresijos teóricos, los laberintos filosóficos, las disputas ideológicas, las vanidades religiosas y quién sabe qué tanto más del periodo. Sin embargo, no atina; duda. Los acentos suelen ser trascendentales y ahí, «sitiado en la epidermis»,[4] apuesta fuerte. Se renueva. Se decide por el relato literario, por los aspectos profundamente humanos y privativos, por los matices que pertenecen sólo al individuo particular y que es posible conocerlos o desentrañarlos o sentirlos únicamente desde ahí. Renovado, decidido; corren los dedos sobre el teclado del ordenador y cuando se enfrenta a complicaciones como el voceo o la redacción del castellano antiguo, renueva su apuesta por la anécdota intensa o por el detalle lúdico o por la acentuación veraz; por la literatura como el lente que mejor nos acerca a los tiempos y a los espíritus.
             A la historia de Tenamaztle, del héroe del mixtón «[…]el señor de Xalisco, oriundo de Nochistlán, líder de los caxcanes y jefe de la rebelión que conmovió los cimientos del plan de conquista del nuevo mundo[…]»,[5] la que fue pintada con carboncillos, Ortiz le agrega sombras y luces. Pongo sólo un ejemplo:
Los visitantes lo observan e intercambian cuchicheos. Ante sí tienen a un príncipe de las Indias, lo saben, el rumor ha corrido […] No atinan qué decir, esperaban ver a un sujeto ataviado con narigueras, orejeras y pectorales de oro, penacho y rico manto de algodón; en lugar de eso, alcanzan a distinguir en la penumbra los huesos de un hombre desaliñado, disminuido ostensiblemente, pequeño, engarruñado, casi cadavérico. Tal vez lo único que permite adivinar su origen sea el tocado, que a duras penas conserva estilizando su cabellera, y el rostro firme, digno, en lucha contra la desgracia y la prisión, un gesto que sus visitantes no distinguen por entero; pasado un rato, lo verán a plenitud, bajo el sol tropical, pero tampoco lo comprenderán.[6]

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Casi veinte años separan el deceso de Xipaguazín con el de Tenamaztle. No, no se encontraron. Los pasos que hallaron o que descubrieron sus destinos fueron polos distantes en la Península y, quizá, ese penetrante desconsuelo que aviva opacamente su biografía, poco les invitó a errar reinos que no les fueron propios; nunca más tan lejanos. A Tenamaztle, la piedra de fuego, Ortiz le envuelve la ficción con veracidad; concentra el relato histórico con el relato literario –como ya he anotado- y encuentra su validez en la buena escritura, en la bien trazada narrativa, en la acertada motivación en que los distintos narradores concurren. Estamos frente a las páginas, ¡qué breve puede ser la anécdota de nuestras vidas!, [estamos frente a las trágicas páginas] biográficas o no -según la vista que lea-, que ponen el acento en las luchas y en las soledades.
             En Tenamaztle…, también para Xipaguazín, el terruño tiene el signo idílico. No es el «edén suvertido» lópez-velardeano al que «Mejor será no regresar», porque es ahí donde «[…] el hijo pródigo | al volver a su umbral | en un anochecer de maleficio, | a la luz de petróleo de una mecha | su esperanza [encontrará] desecha […, en ] una íntima tristeza reaccionaria».[7] Por el contrario, las alusiones no están perdidas;[8] son claras y subrayadas. Aunque la tristeza reaccionaria continuara íntima, desde el primer párrafo hasta el último, la novela que hoy nos convoca escribe en la centella desolada, con un fulgor punzante, que atiende a la profunda lección de estar fuera y nunca volver, aún siendo héroe fantasmal.
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(Leído en la presentación: del libro: jueves, octubre 6-’16 | Salón de Recepciones, Palacio de Gobierno-Centro Cultural)



[1]      Toloriu, «donde las brujas hacen el nido».
[2]     Jordi Soler, «El secreto catalán de Moctezuma» en El País, 13 de abril de 2008.
[3]     Manuel González Ramírez, «Prólogo» en Tenamaztle, la piedra de fuego, Zacatecas, Texere, 2016, p. 9.
[4]     Cfr. José Gorostiza, Muerte sin fin, México, Conaculta-Jp, 2009, p. 15.
[5]     Op. Cit., Tenamaztle, la piedra de fuego, p. 169.
[6]     Op. Cit., Tenamaztle, la piedra de fuego, p. 27.
[7]     Ramón López Velarde, «El retorno maléfico» en Zozobra, en Obras, México, Fce-Biblioteca Americana, 1979, pp. 154 a 55.
[8]     Cfr. Juan Villoro, Históricas pequeñeces. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde, México, El Colegio Nacional, 2014, 83pp.

jueves, 11 de agosto de 2016

(Septiembre) XII Congreso de la AEELH - «Un Universo de Universos»







Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos

XII Congreso de la AeelH - «Un Universo de Universos»

Rubén Darío en su Centenario (1867-1916)
Del 12 al 15 de septiembre, 2016 



Miércoles 14 de septiembre
11:45-12:45
Mesa
Las revistas del Modernismo
Edgar A. G. Encina
«Hacia la deconstrucción narrativa de las imágenes en la revista Azul»



Universidad Complutense de Madrid

 

(Septiembre) IV Congreso Internacional de Lingüística, Literatura y Estudios Culturales en Lenguas



Iv Congreso Internacional de Lingüística, Literatura y Estudios Culturales en Lenguas Modernas
(Cillec)

«Cambios transiciones: enfoques múltiples dentro de la lingüística, el bilingüismo, la literatura y la cultura»



viernes 16 de septiembre
P. 10
16:30-17:00
Edgar A. G. Encina

«Imágenes, libros y mujeres.
Tópicos y narrativas a través de algunos impresos novohispanos»



Programa del IV CILLEC

Índice de participantes







Centro
Universidad Católica de Murcia

jueves, 2 de junio de 2016

Querido diario, se va Alí; se va pelando

Está por irse de este mundo
Muhammad Ali (Kentucky, Usa; 1942), antes Cassius Marcellus Clay, Jr. Los noticieros deportivos advierten que fue hospitalizado por complicaciones respiratorias y que ahora se encuentra estable bajo sedación. El rey del box esquiva con esa elegancia que sólo me ha sido posible ver en videos y documentales, los ganchos, los golpes bajos y los jab’s, que la muerte pretende asestarle. «The greatest of all time» se escurre una y otra vez, mientras la vida, con desesperación bajo el ring, deshace la garganta con gritos de aliento, de manejo de pelea, recordándole que todo está en su mágico manejo de pies. Sé de cuatro películas que recuentan episodios o totalmente su vida: «Thesuper fight» (1970), «The greatest» (1977), «Freedom Road» (1979) y «Alí» (2001).
… En casa teníamos dos pares de guantes, eran rojos y pesaban. Mi padre, cuando la Banda le daba tiempo, nos enseñaba algunos trucos de defensa, de movimiento y de ataque; luego nos ponía uno contra otro, o uno a esquivar lo que el otro enviaba. Obvio, lo deben intuir, de mis hermanos siempre fui el menos ágil y diestro para esas cosas de la vida e invariablemente terminaba en el piso sin saber cómo había llegado ahí, mientras uno de ellos brincaba con los brazos en alto y mi padre y otro hermano reían, reían a carcajadas. Al día de hoy no sé cómo, pero siempre caía, siempre, aun cuando fuera el más grande y ellos pequeños y flacuchos. A veces, por las tardes, cuando la buena suerte del viejo le guiñaba el ojo, encontrábamos alguna de las películas antes citadas o íbamos al videoclub a rentar una u otra. Aunque ya hubiésemos visto la cinta dos o tres veces, el viejo quería que las memorizáramos «para que aprendiéramos». Lo que se me quedó, fue la agilidad de pies. Es más, hará un par de años atrás, todavía, mientras un viejo conocido se liaba a golpes fuera de una conocida cantina, yo, antes de tirar el segundo guantazo –diría mi abuela- ya estaba en la esquina de abajo pidiendo taxi a casa.
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Ya se va. Dos cosas. Una, entra a la página de Alí, está con madres. Dos, qué mejor imagen que ver a dos dioses frente a frente, es como ver a Cervantes y Shakespeare. Toda comparación vale.

miércoles, 1 de junio de 2016

Querido diario, Velarde para la radio

En casa la lección es López Velarde

Este artículo ha sido publicado en el suplemento cultural La Gualdra

Cuando pienso en Ramón López Velarde (Jerez, Zacatecas; 1888 a 1921) siempre se atraviesan dos imágenes y una lección. La primera, son algunos versos. La segunda, su propio retrato. La lección, la poesía y el trabajo literario, ejercido sobre y a pesar de todo. Por ejemplo, de los versos invariablemente llega un fragmento de «Para el zenzontle impávido»:

He vuelto a media noche a mi casa, y un canto
como vena de agua que solloza, me acoge…
Es el músico célibe, es el solista dócil
y experto, es el zenzontle que mece los cansancios
seniles y la incauta ilusión con que sueñan
las damitas…

De su retrato tengo las infinitas posibilidades iconográficas. Si bien, los zacatecanos y sus lectores le reconocen a la primera, su figurilla no lo es tan así en otros orbes. ¿Cuál es el rostro del «padre soltero de la poesía mexicana», como le llamara Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, Jalisco; 1934 a 2015)? Hemos leído que le gustaba vestir de impecable e invariable negro, fino negro; que en momentos de festejo parecía llevar la levita del cura de pueblo; que su rostro era alargado de impecable peinado y tenue bigotillo, como el de los chicos preparatorianos que apenas peinan pelos, y que ahora descansa en una banquilla dorada en Plaza de Armas. Más que el retrato de Velarde, estamos frente al ícono, la efigie del escritor mexicano.
         De la lección esta la impecable postura del ser y la violencia, ante la violencia. Ese que fuera con sombrero de bombín y que vemos sentado recordando un verso o las predicciones fatídicas de la gitana, nos aleccionó. Mientras cañones y balas retumbaban y pasaban rozando, el poeta continúo con su escritura; puro e incorrupto, su respuesta ante la violencia fue la enmascarada del deseo y la perpetuidad de la memoria; el juego del símbolo y del recado, aunque luego los propios revolucionarios le haya jugado traición. ¡Oh, caballero que has escrito «La derrota de la palabra», dinos una última amonestación!


La palabra, que en la niñez del mundo se plegó tan mansamente a traducir la vibración de los hijos de Adán, parece haber imitado el empleo de esas señoritas que, sumisas y blandas en el noviazgo, después de firmadas las actas se camban en epidemia o en ley marcial. No hay quien no conozca a más de algún marido golpeado. Y si la palabra es la mujer del literato, yo os aseguro que a casi todos nuestros literatos los golpean sus mujeres.

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La imagen lleva por título The table
es de Margaret Green (Inglésa; 1925 a 2003)

domingo, 29 de mayo de 2016

Querido diario, de entrenadores sobrevaluados y gatos

De futbol y entrenadores
se escribe mucho, se dice infinitamente más y se enerva a todos los polos del éxtasis. Ahora que el Real Madrid va dando saltos de felicidad en la Cibeles, lo que ha dicho Gonzalo Lizardo lo van repitiendo algunos más. Que al Barça debe cambiar de entrenador, porque Luis Enrique es chiquito y orejón y que el mejor cambio deberá ser Diego Simeone. No atinan a decir más de dos por qué, pero están convencidísimos de que Simeone es el indicado porque ha dirigido un equipo pequeñito, pequeñito. Y no. Simeone es para América lo que Jürgen Kloop a Europa; ambos van con equipos que antes que jugar futbol son correlones de la pelota, que antes que atacar primero van a destruir y que les encanta gritar, levantar los brazos, darle circo a la tribuna y un friego de postales a los que toman las fotos.  Ninguno de los dos son precisamente económicos: Simeone cobra 6 millones de euros por temporada y Kloop 10 millones de libras. Ninguno de los equipos que dirigen tampoco son los parias que dicen los que comentan, según la página de «livefutbol.com» el Atlético y el Liverpool superan sobradamente la nómina de 150 millones de euros; así que pobres no son. Dejo que hagas cuentas. Simeone y Kloop son el mismo producto, chocolatitos en caja doradas para los doloridos de la pelota. Se ven-den igual; que dirigen equipos «chicos», que son luchones, entregados y ordenados -clichés y más clichés- y que dan resultados. Pero han olvidado que no ganan, que llegan a la orilla y temerosos del vacío se encojen y se esconden. No se arrojan al vacío, que para eso han trabajado y como resultado nada de oro hay en sus vitrinas que se empiezan a agobiar de segundones lugares. Sin embargo, nada podrá ser peor a la pesadilla de Rafa Benitez.
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Luz M. G. Encina adoptó un simpático gato; es negro como la noche y las esperanzas de mi país y tiene unos ojos atestados de la diabólica curiosidad que esos bichos tienen. No sabe qué nombre darle, está pensando entre: Amadeus, Lucho, Tristán, Bafomet y no sé qué tantos otros. Qué más importa, no estás sola, no más. Pensé en lo oportuno de este «Sommerliche Gartenlandschaft» de Cuno Amiet (suizo, 1868-1961), pintada en 1934.




Querido diario, cuando conocía Madrid y RM Champion

Conocí Madrid en 2012.
Arribé por el Barajas-Adolfo Suárez. No puedo decir que esa es la primera imagen que tuve de la ciudad porque los aeropuertos son todos iguales, o casi, como los centros comerciales; a donde vayas son siempre iguales en esencia. Así que ahí tomé la vía del metro que me llevaría a la ciudad. Bajé con dos tremendas maletas en Banco de España, que en su acceso a la calle que corre de Cibeles a Puerta del Sol no tiene escaleras eléctricas, ni elevador. Puse pecho y a cargar. ¡Pum!, ahí mi primera imagen de Madrid; de ese lado un jardín y adelante el elegante edificio de la RAE, de la otra acera una arteria de mezcladas propuestas artístico-arquitectónicas, en el centro los hilos de coches que van y que vuelven. ¡Pum!, esa es la fotografía mental que viene siempre repitiendo ese sentimiento anonadado, aprensivo y magnetizado. Aún puedo ver a las personas que me rodeaban sin saber lo que se venía en el latir de mi corazón. ¡Pum!, ese es el primer recuerdo que guardo de allí, que se ha quedado en un librero, uno muy especial, en el que está el cariño por la ciudad que me cobijó cuatro años y contando.
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«¿Cómo no te voy a querer?», cantan los Pumas y, emulando, cantamos los RealMadrdistas,
¡Cómo, cómo no te voy a querer! … … … ¡Pum!, posteo esto a punto de iniciar los tiempos extras de la final de la Champions Leage y sin saber el resultado me vuelve el recuerdo de la ciudad más bella de Europa en este Rojo sobre cielo azul de Madrid.










martes, 24 de mayo de 2016

Querido diario, sobre las librerías de viejo: 63 frente a nada.

De 1995 a 2000 los libreros de viejo o de ocasión de la Ciudad de México publicaron una revista. Le llamaron «La Galera». Nunca, en ninguno de sus números anotaron el por qué del título. El diccionario anota varias «desambiguaciones» o variaciones de uso-significado según costumbres por todo el orbe. Numerarlas es ocioso. En lo personal, prefiero quedarme con la idea de que el nombre es en referencia a ese trasto tipográfico que ayuda al cajista tradicional a formar la base de una impresión o, en su defecto, a la «prueba de galeras» que es la versión final, casi definitiva que el editor le hace llegar al autor. Puede ser una de ellas u otra cosa. Quizá nunca lo sabremos. No importa. En la revista, entre otras cosas, presumen la existencia de poco más de 40 librerías de viejo localizables en el Centro, la zona sur, en las colonias Doctores, Roma y Condesa y en algunos tianguis y puntos diversos. Sin embargo, en los últimos números van apareciendo otras más que se suman con publicidad o en el directorio o con colaboraciones de sus propietarios o vendedores. 63 es el número total, luego de cruzar, hacer y recomponer la lista. 63. Una versión siglo xxi de «La Galera» es el blog «Librero de viejo». Allí el directorio continúa. Es más, ahora lo han ampliado y dan referencia de estas librerías de ocasión por algunas ciudades del país. Y sí. Si aparece Zacatecas. Dicen de «El hallazgo», que se localiza en el la Fernando Villalpando, # 603, en el centro de la ciudad; el teléfono es 492 922 0677. No está mas ahí, creo que no está en ningún otro lugar. Como muchos negocios del rubro, se esfumó a fuerza de pagar la renta, los altos insumos y los pocos lectores-compradores. 1 frente a 63 y no está más, nunca más.
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Lo que ves se titula «Strillone pariginio (ii giornalaio)»  de Giovanni Boldini (italiano; 1842 a 1931), fue pintada en 1878.
Newspaperman in Paris (The newspaper) - Boldini Giovanni

lunes, 23 de mayo de 2016

Querido diario, sobre la terriblidad de la música en el cine

Aunque el fin de semana pudo terminar el abatimiento, luego del certero golpe al «más grande», no fue así. El sábado por la noche di por casualidad con «The Eichmann Show», un film del 2015 dirigido por Paul Andrew Williams (inglés; 1973), escrito por Simon Block (inglés; 1966) y estelarizado por Martin Freeman (inglés; 1871), Anthony LaPaglia (australiano; 1959) y otros. Se trata de un drama de 90 minutos que recrea el juicio del nazi Adolf Eichmann (alemán; 1906 a 1962). Éste, hace frente a un jurado que le acusa de coordinar durante la Segunda Guerra Mundial la «solución final» en Polonia, llevando a innumerables judíos a campos de concentración alemanes para ser exterminados. El drama no se mueve en torno a este monstruo sino alrededor del equipo de producción que tiene debe filmar el juicio en Israel, producirlo y distribuirlo en cintas fílmicas al mundo. ¿Un hombre común, un ser como tú, como yo y/o como tu vecino, puede convertirse en un leviatán destructivo si las condiciones son propicias?, ¿o, simplemente, al nacer la maldad, la enorme maldad ha nacido con él? LaPaglia que hace de Leo Hurwitz, cree lo primero y en la historia nos derrumbamos junto a él en su búsqueda por encontrar, por descubrir un rastro, aunque pequeño, de humanidad en ese verdugo. Ahí, en ese sombrío cuadro, la música de Henryk Goerecki (polaco; 1933 a 2010) que hace sublime un par de escenas. El tono melancólico, por tiempos umbroso de su Sinfonía No. 3, Op. 36: «Symphony ofsorrowful songs». En específico, el movimiento 2 que la soprano Zofia Kilanowicz (polaca; 1963) interpreta junto con Filarmónica de Londres es el más grande y amargo cuadro que he escuchado nunca. Siento que mejor que las actuaciones, que mejor que el guión, que mejor que la fotografía; siento que la música en este caso va más allá, destellando la enorme y sin igual negrura que los humanos podemos sentir o, peor aún, hacer sentir.
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La imagen es obra de Bernard Lamotte (francés;  1903-1983) y lleva por título Projector show.

Querido diario, sobre los libros pintados en la U. de Oxford


Junio a la vuelta de la esquina; lo dice el sol y lo grita este calor que de apoco pone de buen humor hasta a los más agrios. Junio a la vuelta de la esquina; el tiempo se acorta para el fin de cursos, para cerrar proyectos entregando papeles, para planificar el segundo semestre del año. Junio a la vuelta de la esquina; en casa siempre es fecha que planeamos vacaciones. ¿Serán veinte días en la playa? ¿Tour por varias ciudades y nos plantamos, al final, en una donde nos apapachen como merecemos? No. Este año ya está dada la agenda desde enero; iremos a Madrid y a París y, si el tiempo nos da, el sur de Italia. Pero si aun no tienes idea de qué hacer, pues has cuentas y date la vuelta al norte, muy al norte. Qué te parecería re-conocer la colección de Libros mexicanos que tiene la «Bodleian Libraries» de la Universidad de Oxford. Imperdible, si el presupuesto deja, por el repertorio de esas cinco joyas bibliográficas que conforman «México’s Painted Histories». Imperdible, porque son libros pitados que sobrevivieron a la noche negra de la quema de libros en tiempos de la Colonia española (siglos XVI y XVII) y que en nuestro país será imposible ver originalmente. En fin, si el presupuesto te da y no quieres ir donde las aglomeradas masas se reúnen, bien te irá quedarte boquiabierto.

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La imagen es de Konstantin Sómov (ruso; 1869 a 1939) titulada «Lovers», pintada en 1933. Un preciso desnudo para un preciso verano que ya se siente.


Seminario de Literatura Mexicana