viernes, 21 de marzo de 2025

Las Bibliotecas de Alejandro Arteaga

 



Historias de contraportada

las bibliotecas de Alejandro Arteaga

 

Edgar A. G. Encina

  

 

Fue en el verano de 2024 que conocí fortuitamente Centuria de Giorgio Manganelli (Anagrama, 2006). Lo tomé de una banca, en una estación de espera, donde había quedado olvidado y aguardé en el sitio, leyéndolo, a que alguien apareciera, pero no sucedió. Luego de cuarenta y cinco minutos haciendo fila para un vuelo que nos llevaría a Roma y avanzadas unas treinta páginas no dudé en traerlo conmigo. Lo leí de ida y releí de vuelta; hice anotaciones, subrayé líneas y separé con boletos y papeles tres o cuatro de los relatos que mejor me cayeron. De vuelta en casa me sentí aliviado al ver que nadie lo buscaba; no había anuncios que señalaran el secuestro ni noticiero que contara su pérdida ni tuitero alarmado.

Centuria. Cien breves novelas-río tiene las maneras de la seductora. Uso el término en femenino porque es novela-de-novelas, que viste de amarillo con en los calores del temporal y usa tacones altos. Te hace creer que eres el arrojado galán conquistador, aunque en realidad es ella la que tiende la trama. Sus maneras son los relatos no mayores a una página que pueden ser anotaciones para una extensa historia. Me quedo con la sensación que se trata de hilos sueltos por un autor que quiso hacer frente al olvido.



Cildo Meireles, Mallas de Libertad, 1976,77

            Después, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2024, Alejandro Arteaga me regaló su Biblioteca mínima y Biblioteca portátil, contenidas en un «estuche especial» junto con Epílogo para fantasmas (Gabinete portátil 2024). Apenas tuvimos tiempo para hablar un par de minutos e intercambiar algunas ideas que, como aquellos hilos, esperan para hacerle frente al olvido. La primera edición de Biblioteca mínima, con la que obtuvo el Premio Bellas Artes de Minificción Edmundo Valadés 2019, fue editada por el INBAL y Rhythm & Books. Biblioteca portátil consiguió el Premio Nacional de Cuento Corto Eraclio Zepeda 2023.

            En un principio encontré algunas relaciones entre el trabajo de Manganelli y Arteaga. Los dos tendían la creación de obras con estructuras similares: historias que no exceden la página, relatos que marcan indicios para una historia de mayor aliento, una prosa que tiene la precaución de cuidar cada adjetivo pero se soslaya en la intriga y en el veremos. El trabajo literario de ambos, además, había sido encasillado injustamente en la minificción; molde al que no pertenecen pero que la crítica resolvió de esa forma, amén de que ellos encuentren su lugar en un estante propio.

Francisco Leñero, Negro, rojo, blanco 1/4

            Después encontré que las bibliotecas de Arteaga van más allá. No son textos de fácil abordaje. Su obra es una fusión de discursos narrativos textuales y visuales. A cada historia le acompaña la imagen de una portada que puede ser o no y que, a su vez, propone una lectura de la tradición gráfica y la recepción literaria en el país. Sueltas, son un escaparate de la cultura libresca iberoamericana que emula los quehaceres visuales de casas editoriales; un autor que escribe historias desde las portadas. Esa es la clave en Arteaga; escritor que edita. Su motivación son los ejes materiales del relato, piensa en la historia, en el libro y en sus soportes. Seguro a Gerard Genette le habría gustado para una conferencia.

            Luego los relatos. Alguna vez pensé en una colección que se diera a la tarea de trabajar cada una de las posibilidades paratextuales a la manera que Juan Francisco Turrientes hace en Colofones. La marca del oficio (Laurel, 2023). Arteaga se dedicaría a estudiar las contraportadas con el resultado del orfebre. Refiero a continuación el primer párrafo de «Un libro para mi muerto [de] Celia San José»:

Cuando terminé la lectura cerré este libro, lo dejé sobre la mesa, me quité el sombrero imaginario, me puse de pie solemnemente y comencé a aplaudir. Este libro es una literatura -pensé-, en este libro está el mundo (pero también su antídoto). No era de noche. No llovía. Ningún ruido en la calle. El mundo -y el mundo del libro, de este libro- se había detenido en la última línea. Se detuvo. Podría haber escrito una reseña común, lo intenté días más tarde, enumerar sus innumerables temas, hablar del barroquismo, de los terrores de infancia, de mi miedo a la muerte, de mi vida pobre de mujer pobre. No pude.

 

 

 

 

 

 

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