lunes, 3 de septiembre de 2012

[El martes 4 de septiembre, en el salón Macondo de la XII Feria Nacional del Libro Zacatecas 2012, junto con Nelsón Guzmán presenté Demonia de Bernardo Esquinca, el evento fue moderado por Mauricio Flores. Este es el texto que leí]


¡Hay nanita!


Edgar A. G. Encina


LDemonia[1] en una sesión interrumpida, de dos horas y media o tres. Sesión interrumpida porque inicié por ahí de las once de la mañana de un lunes y, por angas o mangas, tuve que dejarla al llegar el medio día; la continué por la tarde, cerca de las ocho de la noche y para cuando «Primer Plano», del Canal Once, comenzaba su transmisión ya perfilaba la última ojeada. Dejé «descansar la lectura». Volví a ella casi al final de aquella semana en una especie de chicotazo de conciencia. La ventana de la sala es de unos tres metros de largo por dos de alto. Se corta por el centro, similar a las que aparecen en el cine italiano donde una mujer de rasgos perfectos la abre, para afuera, dejando ver, además de unos sensuales brazos y aquel rostro tallado a la Da Vinci, unos bien y firmes torneados pechos. La ventana no estaba del todo limpia. Mostraba manchas amarrillas, rojizas y cafés por todos lados. Temeroso de que mi mujer, tan apasionada por el orden y la limpieza, lo notara fui por un trapo y con un atomizador la limpié. En cuestión de minutos no quedó huella. De pronto, ante la trasparecía, me calló el veinte. Había estado soñando con Demonia o su lectura me había hecho actuar mecánicamente. Ahora, atacaba a todo insecto volador y las huellas en la vidriera eran pruebas de ello. Por una semana había estado de cacería, inconsciente. Tenía miedo de que alguna mosca, al dormir, se metiera por mi garganta; que dentro, en la noche, se reprodujera por una infortunada e inexplicable acción malévola y al despertar, con la primera palabra pronunciada, apareciera un torrente de moscas que cubriera el techo como la más negra de las noches, para luego, en cuestión de segundos, se reagrupara y desapareciera por aquella ventana.[2]
El desgraciado de Esquinca se había metido en mis sueños. Pesadamente, anduvo en los archiveros con sus terapeutas, con sus andares por la ciudad que vive, con los incendios del campamento juvenil,[3] con una vieja tuerta –o no-, con sus fragmentos de nota roja y con un costal que asoma las cabezas de borrosos espectros tomados a la vuelta de las esquinas donde curiosea.[4] No digo que rompió la vajilla. Digo que fue a marcarle el dedo al cochambre y al hollín de la cocina, que utilizó el baño y no le bajó a la perilla, que uso mis camisas y las volvió a dejar sin mandarlas a la tintorería; creo que hasta ralloneó algunos libros pero eso no me consta, aún. Quizá  exagero. Tal vez sólo fisgoneo en el refrigerador y al no encontrar carne se fue para no volver. De lo que tengo certeza es que me mandó de cacería y creó suspicacias respecto de los diseñadores de muebles y susceptibilidades con los propietarios de libreros elaborados, no se diga si son ovalados y los libros llevan categóricas frases sin sentido.[5]
Luego, ya en otro plano de la realidad, debí pensar qué escribir para la presentación de la Demonia de Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972). Vi diez posibilidades. La primera, hablar de la biografía del autor, su generación, la raza con la que parte-departe-comparte en Almadía. La segunda, conversar largo de mi iniciación en la literatura, que fue en relatos aún sin saber leer. La tercera, redactar a las maneras académicas, con un friego de referencias para sustentar el texto desde la tradición y la crítica. La cuarta, refritear la narración que más me haya gustado. La quinta, hablar del libro como objeto, desde la estética, la semántica y el paratexto. La sexta, buscar referencias y conectar con otras lecturas. La séptima, contar como el libro entero es una guía, sin Google map, por la ciudad de México. La octava, ponerle un lugar en el sitio de la literatura mexicana. La novena, agradecerle por los datos de las librerías de viejo. La décima, no hacer nada de lo anterior, salirme por la tangente con cualquier tema: que el 132, que el próximo sexenio, que las deudas en la tarjeta, que el desempleo… La decena de puntos, dicta el canon, enmarcadas con sinfónicas loas. Opté por más de un par.
Tendría unos cuatro o cinco años. Mi abuela nos daba de cenar todo el tiempo y, para que no nos dispersáramos jamás encendía la tv. En su lugar ponía la radio. Estaba oscureciendo. De pronto, muy apurado un tipo alega «¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad».[6] Abuela, repliqué, van a matar a ese señor. Calla, increpó. Lo van a matar. Cállate. Abuela. Que te calles. Fue un suplicio. Todo mundo sabe, lo presiente, que sí lo van a matar, pero se hace tan largo el camino que uno termina por «aflojarse en terracería» -dijo aquel candidato-. Es esa transmisión de sentimientos ahogados, de angustiantes espacios, de manecillas que no acaban por dar el segundo siguiente, lo que –pienso- tienen las amarillas páginas de Demonia. No lo van a matar, pero esperan a que Teresa haga algo hasta caerte de rodillas y comenzar a rezar.[7]
En el final de «El coco», cuento de Dino Buzzati, se lanza como abracadabra al estilo Harry Potter el siguiente fallo: «Galopa, huye, galopa, superviviente fantasía. Ávido por exterminarte, el mundo civilizado no ceja en su acoso, nunca jamás te dará tregua».[8] Demonia es un recordatorio de que esa misión será imposible. Siempre habrá historias; son el motor del mundo. Imaginaciones nacientes por el rabillo del ojo que descubre a la mujer chismosa haciendo señas desde la puerta de la casa.[9] La diferencia es que acá, Esquinca, encierra. Atrapa. La sentencia en «El coco» es de una libertad, aunque huyendo, siempre libertad. Acá, la narración del «Deuteronomio» encarcela: «”No puedes huir. Quemaré tus entrañas y continuaré la cosecha. Porque soy la Peste Encarnada. El contagio me alimenta”».[10] Ni para dónde hacerse.
Ya me he alargado más de la cuenta. Debo respetar el canon. Acataré el principio del que habla Ollé-Laprune, en México: visitar el sueño, cuando afirma que las presentaciones de libros en nuestro país son investidas por un rito donde en el ceremonial el autor aposentado en la silla central se ve rodeado por un séquito y venerado por los asistentes –similar a la corte del rey-. En este lugar, donde casi nadie lee, la investidura del escritor es respetada porque conoce-se-apropia de los secretos de la escritura con la que domina las tinieblas, con la que ha descubierto los métodos para descifrar los misterios que se complacen en el secreto y con la que interpreta el carácter ahogado-oculto que franquea todas las formas de relación. Se da por hecho que la escritura está reservada para los que saben apreciarla, para quienes comprenden que oculta un secreto y forman así una comunidad ligada por lo no dicho. Los otros, los excluidos, apartados del «placer del Verbo», no pueden sino experimentar una sensación de idolatría frente a la palabra escrita y una admiración teñida de celos ante las letras.[11]
Termino, aquí, temeroso de que el autor, supremo sacerdote en esta sociedad aquí reunida le dé por cercenar y clavar en estacas las cabezas de cuanto niño aparezca.




[La invitación, por «La Gualdra», al evento:

[El texto, abreviado, en «La Gualdra»,

            

           Notas:

[1]      Cfr.     Bernardo Esquinca, Demonia, México, Almadía, 2011, 161pp.
[2]     Op. Cit., «Moscas» en Demonia, pp. 9 a 19.
[3]     Op. Cit., «Demonia» en Demonia, pp. 109 a 157.
[4]     Op. Cit., «Samaná» en Demonia, pp. 21 a 34.
[5]     Op. Cit., «Samaná» en Demonia.
[6]     Cfr. Juan Rulfo, «¡Diles que no me maten!» en el Llano en Llamas, México, Editorial Planeta, 1987, pp. 175 a 182.
[7]     Op. Cit., «Demonia» en Demonia.
[8]     Cfr. Dino Buzzati, «El coco» en Narraciones Fantásticas. Antología, México, Alfaguara. 1997.
[9]     Cfr. «Los búhos no son lo que parecen» en Demonia, pp.95 a 108.
[10]    Cfr. «Deuteronomio» en Demonia, pp.83 a 91.
[11]     Cfr.     Philippe Ollé-Laprune, México: visitar el sueño, traducción de Mónica Mansour, México, FCE, colección Centzontle, 2011, 134pp.

jueves, 9 de agosto de 2012


Griseta

Edgar A. G. Encina y Claudia Liliana González N.


Frente al mercado Roberto del Real se halla una puerta negra atrapada por una pared amarillenta. Sobre esa puerta se encuentra una manta blanca anunciando el «Taller de costura» de doña Chayito, que dentro se esmera por terminar alguna bastilla o corregir el ajustado de un vestido. Ella, forma parte del viejo oficio de las costureras, naciente en las postrimeras de la humanidad cuando necesito abrigo y que se mantiene vigente en usanzas y tradiciones. Su ocupación de zurcidora toca a una variedad «…que podíamos llamar doméstica, privada o ambulante. Esta no cose en taller… Es tímida, encogida, semi-devota, encerrada en su casa, como la tortuga en su concha, regañona, aduladora… buena individua en la extensión de la palabra. Virtuosa…»,[1] escribió en el siglo XIX Hilarión Frías y Soto (Querétaro; 1831-1905) y litografío Hesiquio Irirarte (Ciudad de México; 1820-1897, aprox).
A pesar de que la labor de las costureras, como otras, puede rastrearse antes de la llegada española a tierras americanas, poco se sabe del quehacer sino por referencias o anécdotas de segunda y tercera mano. Uno de los testimonios y/o narraciones más explícitos se encuentra en Los mexicanos pintados por sí mismos, publicado en el México de 1854-1855, en la Imprenta de M. Murgía y Comp., que estaba en el Portal del Águila de Oro.
Los mexicanos pintados por sí mismos es un trabajo espléndido, del que según Pérez Salas afirma en Costumbrismo y litografía en México es respuesta o copia de las ediciones francesa y española.[2] El original, además de ser una joya de la cultura escrita y pictográfica nacional, es una rareza de alto valor coleccionable. El libro, cuenta además con los escritos de Niceto de Zamacois (Bilbao; 1820-1885), Juan de Dios Arias (Puebla; 1828-1886), José María Rivera (Querétaro; 1822-1887), Pantaleón Tovar (Ciudad de México; 1828-1876) e Ignacio Ramírez (Guanajuato; 1818-1879) y las imágenes grabadas de Andrés Campillo. En su mayoría son hombres liberales que además de dedicar su vida a la literatura y las artes fueron médicos, abogados, historiadores, periodistas, militares y políticos.
La acepción utilizada por la aristocracia decimonónica mexicana para nombrar a la costurera fue el de griseta. El origen denomina que es «…económica, trabajadora, bulliciosa, original y algo alegre de corazón…».[3] El diccionario de la RAE la designa como «cierto género de tela de seda con flores y otro dibujo de labor menuda»,[4] de ahí que los españoles la adaptaran y luego en la Nueva España se imitara la conducta, heredándola a la nación independiente.
«La costurera», de nueve páginas, es la séptima de 33 historias. De la imagen hay que apuntar la delicada y fina maestría en los detalles. Una mujer mestiza posa sentada sobre una silla de respaldo modesto con un vestido amplio encubierto con el mandil de trabajo al tiempo que remienda una prenda. En el entorno aparecen demacrados árboles, arcos y una mesa que desenmascara algunos utensilios del oficio. Si las mujeres costureras se empleaban en fábricas de textiles o bien trabajaban por su cuenta, en nuestra imagen al respecto no es nítida. La escenografía es rudimentaria. Podría ser el espacio privado del hogar donde se entrega al gusto del hilo, las agujas o bien el escenario  se transforma en el sitio del trabajo y del sostén.
La imagen recupera un rostro reconocido por la tradición que cuenta que a toda mujer se le enseñaba a coser y a bordar. Algunas hacían esta actividad por ocio, por las buenas costumbres o en calidad de trabajadoras, por necesidad y pobreza. Pérez Toledo, en Trabajo Femenino en la ciudad de México a mediados del siglo XIX[5] al plantear los oficios principales de las mujeres durante esta época a la costura como el ejercicio más empleado. El trabajo de coser fue una de las pocas labores permitidas para las mujeres, sin que alterara los escrúpulos de una sociedad que no la concebía fuera de los quehaceres domésticos. En su mayoría las costureras eran o bien solteras muy jóvenes o viudas, preferentemente de clase baja o media.
Concurren en la estampa rasgos propios de la mujer mexicana del siglo XIX, pero que despliega caracteres de cierta generalidad. Es una imagen en movimiento. El artista muestra a la costurera en acto. Sus ojos están depositados en el cuidado del arte, sus manos trabajan sin que pueda voltear hacia otro lado. El horizonte es la costura, con cierta resignación o la otra óptica donde se proyecta feliz de ejercer la encomienda. En toda la obra se percibe el predominio de la exaltación de la belleza no sólo de la mujer sino del oficio de la costura. El vestido y el peinado frente a la austeridad del espacio. Una pieza simple que se agranda por estos elementos de contraste entre el realismo y el romanticismo.
La anécdota, en cuatro tiempos: introducción, pasado, presente y pretérito, teje la vida sentimental de «Margarita, [como] se llama nuestra heroína: Lucero [que así] la nombraron sus compañeras cuando la vieron tan linda y tan humilde…»[6] y las virtudes del trabajo de enhebrar. De la vida sentimental bosqueja una muchacha alegre que construye su vida anhelando un amor eterno. De la vida de la costurera se asegura que aprendió «…a leer de corrido, sabe de cuerito a cuerito el catecismo de Ripalda…».[7] De vez en cuando, para retomar el hilo se cuestiona: «…corta géneros y corta a los transeúntes, cose y murmura, habla y ríe. En tan dulce ocupación…».[8]


[1]      Hilarión Frías y Soto, «La costurera» en Los mexicanos pintados por sí mismos. Tipos y costumbres nacionales, Reproducción facsimilar de la edición de 1855, México, Librería de Manuel Porrúa, 1974, p.54.
[2]     Cfr. María Esther Pérez Salas, Costumbrismo y litografía en México, México, UNAM-IIE, 2005, 371pp.
[3]     Los mexicanos…, p.49.
[4]     Cfr. Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, Vigésima segunda edición, 2001.
[5]     Cfr. Sonia Pérez Toledo, Trabajo femenino en la ciudad de México a mediados del siglo IXI, México, UAM-Iztapala, 2003.
[6]     Los mexicanos…, p.52.
[7]     Los mexicanos…, p.51.
[8]     Los mexicanos…, p.53.

jueves, 7 de junio de 2012

El suspiro amistoso



El Suspiro Amistoso
Un modelo de la representación del ideal Femenino Decimonónico

Claudia Liliana González Núñez y Edgar A. G. Encina

Pareciera que la sensualidad, el buen gusto y la notoriedad se manifiestan adheridos en la piel descubierta que parte de la angostura delimitada por el cuello, los hombros y el torso. Otros detalles acompañan la tesis como la mirada nostálgica, reflexiva; las manos sosteniendo lo que paree una carta y un velo; el escenario que cobija a la zaga; el aristócrata vestido del que reluce un fistol adherido al pecho, entre los senos. La estampa titulada «Un Suspiro» afirmó Enrique Fernández Ledezma (Pinos, Zacatecas; 1888-1939), en su Historia Crítica de la Tipografía en la Ciudad de México, «refleja los atributos románticos de la época».[1] La lámina, perteneciente a la colección del Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas de México, fue elaborada en cobre, con las mejores técnicas, procedimientos y materiales conocidos, tenidos en la época.
Presente Amistoso fue una importante publicación anual editada por Ignacio Cumplido (Nueva Galicia; 1811-1887), que tuvo -puede decirse- dos etapas. La primera, en 1847, suspendida a causa de la intervención estadounidense en el país (1846-48) y de la que resultó sólo un número. La segunda, reanudada con gran éxito en 1851. Los propósitos del órgano, amén de su distribución anual, fueron «…recrear los espíritus, de difundir la instrucción de una manera agradable, y de dar á [sic] conocer los adelantos de la literatura y del arte tipográfico».[2] En el «Prólogo del editor», firmado el diciembre de 1850, dice consagrar su «…obra á [sic] las señoritas, cuanto ella comprende debía serles agradable; y así, mezclando los artículos descriptivos, morales y filosóficos, con los acentos melodiosos de nuestros vates, he creído lograr el objetivo de reunir una colección selecta de escritos».[3]
En «Un Suspiro» se encuentran, además de algunos puntos expuestos antes con brevedad, la influencia y los prejuicios que las modas europeas y norteamericanas ejercieron sobre las nacionales. A pesar del carácter nacionalista de los textos, la reproducción de las imágenes no siempre respondió a ese tenor. Observar, en la litografía, el cuerpo de la mujer dice mucho, por ejemplo los rasgos de la nariz, las cejas, los labios, las mejillas, no son facciones originales de un rostro mestizo, sino peninsular; el tono de la piel simula el color de la porcelana, no el cobrizo o aceitunado más adecuado. Es, sin vacilación, un modelo de la representación del ideal femenino mexicano decimonónico, que el tiempo habrá de modificar, pero en ese momento así fue delineado.
Algunos autores, por su lado, afirman que se trasluce la subordinación de la mujer por el varón.[4]  Un rasgo notorio es la mirada en dirección tenue hacia abajo. Con disimulo, la dama inclina sus ojos y  la colocación del cuerpo y manos, en conjunto suponen cierto acatamiento u obediencia. La idea no carece de valor cuando se alega que quienes editaron, escribieron, imprimieron, dibujaron, son hombres dirigiéndose a la mujer mexicana del siglo XIX, para educarla en los afanes que creían dignos del tema.
Otro factor que no debe soslayarse es que las imágenes aparecen para acompañar el texto, quizá como soporte imaginativo; sin embargo, no demerita su presencia. La aparición de «Un Suspiro» no fue fortunita, pues exhibía el tema nodal en algún artículo. Así, por ejemplo, las litografías de rostros femeninos aparecieron ligadas a ejes capitales como la música, la literatura, el buen comportamiento, la elegancia, el descanso, la lectura… Si bien, los textos escritos fueron el grueso de la publicación los textos imaginados cumplen con un toque, una forma y un diálogo que en considerables incidencias superó en creces su recepción e interpretación.
Si, como se ha dicho, «Un Suspiro» refleja las creencias románticas de la época, digamos que la obra las posee. El tópico es la mujer como el punto de gravedad, pues aunque se alcanza a percibir un fondo, éste queda opacado por la figura femenina, nuestra vista retorna a ella, muy al estilo del romanticismo mexicano, los ojos del artista están anclados en la mujer. Ella es la musa y el objeto de creación. En palabras de Monserrat Galí Boadella «diremos que el romanticismo se vio desde el principio como un movimiento feminizado mientras que la mujer se convertía en uno de sus temas principales».[5] La estampa es la exaltación hacia la belleza de la mujer.
El propio título de la litografía, suspiro, es sugerente. El Romanticismo se  enfoca en  del ideal de mujer que para una época causa ese soplo que sólo los enamorados suscitan. Esa exhalación divina, que ocurre por el desbordado amor, capaz de morir al estilo los poetas. El equilibrio romántico se alcanza cuando el espectador se percata del fondo de la obra: el cielo y el jardín. La representación poderosa de la naturaleza hace posible las imágenes, producto de la nostalgia y la melancolía, escenarios idílicos.
Un último apunte. La imagen que acompaña y motiva el texto es un extraordinario ejemplo del arte litográfico mexicano decimonónico. Aún con el desconocimiento de esta labor-expresión, su presencia en fondos reservados de afamadas bibliotecas y colecciones privadas y públicas le implica como monumentos al arte, del que aún no hemos escrito nada.

[Este articulo fue publicado por el suplemento cultural "La Guadlra" en la página 4 del número 54. http://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra11062012op]



[1]      Enrique Fernández Ledezma, Historia Crítica de la Tipografía en la ciudad de México. Impresos del siglo XIX, México, SEP-Ediciones del Palacio de Bellas Artes, 1934-45, p. 104.
[2]     Ignacio Cumplido en «Prólogo del editor» del Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas de México, México, 1851, p.ii.
Existe la página web «Revistas Literarias del Siglo XIX» en la que pueden consultarse de/sobre el Presente Amistoso 100 documentos de la edición de 1851. Revísese, pues, para más profundidad: http://www.coleccionesmexicanas.unam.mx/revistas.html.
Está también -recomendable- la edición facsimilar del Presente Amistoso con la «Presentación» de César Macazaga Ordoño, publicada en 1976 por la editorial Cosmos.
[3]     Presente Amistoso…, op.cit. p.ii.
[4]     Cfr. Lourdes Alvarado con «La prensa como alternativa educativa para las mujeres de principios del siglo XIX» en Familia y educación en Iberoamérica de Pilar Gonzalbo, México, El Colegio de México, 2002. Carmen Ramos Escandón con «Género e identidad femenina en El Álbum de la mujer de Concepción Gimeno de Flaquer» en La República de las Letra. Asomos a la cultura escrita del México Decimonónico, Volumen II «Publicaciones Periódicas», México, UNAM, 2005.
[5]     Monserrat Galí Boadella, Historias del Bello Sexo, La introducción del Romanticismo en México, UNAM, México, 2002, p. 27

lunes, 23 de abril de 2012

Este es el programa del
«IV Encuentro Complutense de Jóvenes Investigadores de Historia del Arte»,
organizada por el Departamento de Historia del Arte I (Medieval) del 3 al 4 de mayo.
Mi participación ha sido agendada para la 
«III Sesión. Ha del Arte Contemporáneo».



sábado, 21 de abril de 2012



El 9, 10 y 11 de mayo, en el departamento de Filología Francesa
de la Facultad de Filología de la 
Universidad Complutense de Madrid
se llevará a cabo
el congreso «Temporalidad y Contextos: visiones interdisciplinares entre el arte, la historia y la lingüística».
Mi participación está agendada para el jueves,
en la «Sesión de Posters».


Este es el programa:

http://www.elaer.es/ezine/tyc/programa/triptico.jpg
http://www.elaer.es/ezine/tyc/programa/triptico2.jpg

martes, 6 de marzo de 2012

Crónica revelada en la revista digital


l mes de octubre de 2009 subí a este blog el artículo «Crónica de una revelación. Lo revelado-iluminado: dos novelas anotadas», dividido en tres partes: «[∙R∙∙I∙]», «[∙R∙∙2∙]» y «[∙R∙∙3∙]». Ahora, luego de más de 24 meses, ha sido publicado en la Revista Digital «Investigación científica» de la Universidad Autónoma de Zacatecas, que pertenece al volumen 6, número 2, enero-junio de 2012, ISSN 1870-8196. Estas son las dos ligas que llevan al texto: http://proyectoeditorial.uaz.edu.mx/humanidades y http://issuu.com/pina23/docs/cronica/1

jueves, 16 de febrero de 2012

Tres imágenes decimonónicas de Zacatecas

Del plano de la ciudad de Zacatecas existen, por lo menos, una triada de imágenes: «Vista general de las ruinas de La Quemada», «Vista de la mina de Veta Grande» e «Interior de Zacatecas» de Carl Nebel [Alemania; 1805-1845], autor –a su vez- de las «perturbadoras imágenes de la invasión estadounidense de 1847» -según acota Florescano-. Los cuadros, fluctuantes entre los 23,1x35,7cms., pertenecen a las 50 planchas litográficas del Voyage pittoresque et dans la partie archéologique la plus interessante du Mexique…, que, a su vez, comprenden perfiles de tipos, actividades y trajes mexicanos; vistas de ciudades, paisajes rurales, monumentos arqueológicos y detalles botánicos, junto a breves textos explicativos. Los originales proceden del París de 1836; trabajados en colaboración con los mejores talleres e impresores del tiempo como Lemercier, Cuvillier, Bernard, Dandiran, Miehle, Courtin, Lasalle, Villanueve, Lehenert [et al] y, en muchos casos, coloreados a mano.
Las litografías, que datan de la primera mitad del siglo XIX, se encuentran en un plano discursivo de desenlaces artísticos; su realización fue tomando de base una serie de dibujos, planos y notas que el autor efectuara en su paso viajero por el país para luego, en París o Bruselas o New York, trabajarlas, dándole el fin que ahora notamos. La idea práctica con que germinaron las imágenes fue la de mostrar un México atrayente para los forasteros; una tierra «exótica», pacífica, mágica, ligera, mítica. Y, sin embargo, idéntico a las descripciones dieciochescas, también son reveladoras porque nos dejan cotejar estampas, lagunas y/o variabilidades de los ayeres con el hoy.Las tres litografías son representaciones de escenas o «cuadros de costumbres». Esta expresión, al adquirir el perfeccionamiento de su técnica y las retóricas, se acercó a otras manifestaciones como la literatura, para conjuntarse en las páginas de novelas, diarios, libros preciados o formas afines –alega Pérez Salas-. Para el caso de las aquí nombradas, es claro que cada una cuenta una particular historia, pues los retratos constituyen sólidas narrativas de concisos momentos que nos promueven distintos estadios o llevan a preguntarnos.
En «Vista general de las ruinas de La Quemada» con el cielo nublado y el tono verdoso del campo descubrimos alzándose montículos grises formando una ciudadela que parece continuar atrás, en lo alto del cerro. Un suelo duro en el que debajo aparecen unos arrieros luchando por calmar a la bestia que cruzará el riachuelo y otro mulero que sigue su camino cargado. Fugitivos brillos otoñales brincan para darle vigor a la historia, una romántica que se disfruta apacible.
La «Vista de la mina de Veta Grande» continúa en el mismo sentido, con la salvedad de que es una lámina laberíntica. Cúpulas de iglesias, techos de casas distintas, magueyes requemados, itinerarios severos, encimas montañosas que suben y bajan; otro río, uno formado por la naturaleza y el hombre que recorrieron siluetas plateadas, llenas de una fortuna que se fue.
En el «Interior de Zacatecas» la mirada se nos va sorprendida de no encontrar el mercado «González Ortega», de los rosados detalles en los frentes habitacionales, de no distinguir la espantosa cruz sobre el Cerro de la Bufa, de la revelación de tres estructuras escultóricas que ya no están, de calles que suben, crecen y polvorosas dan vida a personas a pie en la vendimia. Al fondo, frente a lo que hoy es Plaza de armas se distingue lo que pudo ser el Obelisco al príncipe, hijo de Fernando V –del cual Fernández Galán ha escrito-.
La tercia de obras son recordatorios de caminatas que no sólo Nebel transitó. Son lugares que hemos paseado y que forman parte del diccionario visual del oriundo de esta tierra adentro e, insisto, recreativas nos otorgan placer y conocimiento de la historia local.

Fuentes:
- Carl Nebel, Viaje pintoresco y arqueológico de la parte más interesante de la república mexicana, en los años transcurridos desde 1829 hasta 1934, México, Manuel Porrúa, 1963.
- Carmen Fernández Galán Montemayor, Obelico para el ocaso de un príncipe , México, Texere-Uaz, 2001.
- Claudia Magaña, Panorámica de la ciudad de Zacatecas y sus barrios durante la época virreinal, México, Gob. Edo. Zac., 1998.
- Enrique Florescano, Imágenes de la patria a través de los siglos, México, Taurus, 2005.
- Lara Mancuso, Cofradías Mineras: religiosidad popular en México y Brasil, siglo XVIII, México, ColMex, 2007.

martes, 14 de febrero de 2012

Dos imágenes dieciochescas de Zacatecas

[«Descripción de la muy noble y leal ciudad de Zacatecas» de Bernardo Portugal, 1795 ]

Del plano de la ciudad de Zacatecas existen, por lo menos, dos imágenes que gozan de cierto reconocimiento general. Una es la «Descripción de la muy noble y muy leal ciudad de Zacatecas» de Joaquín de Sotomayor [Joach de Soto Mayor F], fechada en 1732. Otra es la «Descripción de la muy noble y leal ciudad de Zacatecas» de Bernardo Portugal de 1795 [AGN, ramo Intendencias, vol. 65, f. 13], tiempo que coincide con el remate de la construcción de la capilla-santuario del Patrocinio, en el Cerro de la Bufa. De la última se encuentra una reproducción a gran escala en el recibidor de Banorte de/en la avenida Hidalgo. Ambas imágenes se muestran interesantes porque descubrimos la destreza educada en el dibujo y una vista que compara el crecimiento-evolución demográfico del lugar. Es, por demás, obvio que falta acotar a las percepciones, a los sentidos críticos, a la intención estética y a la indudable materialidad artística que no son ocasión de estas líneas.

[«Descripción de la muy noble y muy leal ciudad de Zacatecas» de Joaquín de Sotomayor,1732]

Las descripciones, que provienen del siglo XVIII, van por cuestiones de trazado y delineo. Su finalidad preferente no pasa por la lúdica, en todo caso las líneas desprenden intenciones –digamos- ya geológicas o de posicionamiento geográfico, ya con tintes academicistas o de informe de actas. Son escuetas e informativas; permiten comparar presencias, ausencias y/o cambios, con los ayeres el hoy.

lunes, 23 de enero de 2012

L. A. Public Library


Los Ángeles Public Library [http://www.lapl.org] se ubica con el número 630 de la West 5th Street. La Biblioteca Central es dirigida por Giovanna Mannino y alberga, a su vez, la coordinación del sistema bibliotecario de California por Cheryl Collins, el cual regula las más de 70 sedes instaladas a largo y ancho del estado. Si se arriba en auto debe estacionarse en el subterráneo de Maguire Properties, donde se hacen descuentos a costos que van de uno a 38 dólares por día; es gratuito para invitados, residentes y empleados. Si se llega por autobús o en taxi la mejor opción es la entrada principal, que es precedida por una avenida, a manera de alameda, de unos 90 metros de largo. Uno de sus soportes técnicos es su fundación
[http://www.lflal.org]; hace las veces de multirrelacional y/o conducto con el que los extranjeros interesados en visitar-consultar el acervo reservado se hace posible, saltando filas burocráticas.
La entrada del edificio está precedida por jardines -como le llaman- resguardados por altas arboleadas; su diseño arquitectónico lo realizó en la década de los 20’s Lawrence Halprin (Brooklyn, N.Y; 1916-2009) y la asesoría artística fue de Jud Fine (L.A., California; 1944). El exterior es tan atractivo como sus interiores. Fuera, el camino encuentra centrado por una piedra en bruto flotando sobre un océano verde-azulado en reposo. Al paso, se topan inscripciones en 19 distintos idiomas y una escalina
ta final que interrumpe en tres descansos que alegan las palabras «Bright», «Lucid», «Clear». El edificio, en general, representa en su exterior un ícono arquitectónico que reproduce las maneras del Templo de Salomón con agregados que aluden a la lectura y en su portada lleva inscrito: «Et qvasi cvrsores vitai lampada tradvnt».
Los interiores son más fascinantes aún. Lo que hace de sala de recepciones y el atrio pertenecen a distintos tiempos y fines expresivos. Por ejemplo, la primera está decorada -cúpula, pareces, arcos y vidrieras- por lo que entendemos como mural rectangular que termina circundando el ambiente. El segundo es resguardado por enormes ventanales que asoman a las distintas salas, escalinatas eléctricas y un altísimo techo; en su camino se topan varias esculturas iluminadas por juegos de transparencias solares con candelabros de dibujo lúdico. Las salas, como en toda biblioteca, son variadas, cómodas, bien atendidas. La atención corre a cargo de profesionales o «decanos» o «docentes» que son apoyados por personas que ofrecen sus servicios voluntarios. Algunas estancias fueron instaladas con particulares diseños modernos para el reposo, el esparcimiento y/o la seducción de los lectores.

Estuve en el lugar para realizar una estancia breve, apenas un par de días; la idea era revisar algunos libros -álbumes «incunables»- asiéndome del término-, del siglo XIX. -Hasta ahí de eso-. Una de las preseas públicas es la «Bookplate Collection», la cual, dice su información general, contiene gráficos e ilustraciones a color y en blanco-y-negro, que van desde lo formal a lo caprichoso [whimsical]. Éstos, son más de mil 300 ex libris elaborados por encargo de personas que deseaban identificar los libros en sus bibliotecas personales a través de una obra de arte única. La colección, a pesar de estar digitalizada en
casi su totalidad, aún no puede disponerse para su reproducción, pues esperan equipo y material que calibre y obtenga copias de manufactura de calidad.
Un catálogo, afirma Umberto Eco en El vértigo de las listas, es un inventario práctico que refiere a objetos comunes existentes en un lugar determinado. Éstos, por necesidad, son lista finita dada por el gusto de la acumulación, abierta a enriquecerse-incrementarse ad infinitum, y su elenco roza la incongruencia, salvo en caso de suma especialización. Las colecciones, de museos y grandes bibliotecas, son voraces, agobiantes por su avidez; generalmente provienen de colecciones privadas que, a su vez, nacieron de la rapiña, del botín de guerra, del derecho de conquista, de la acumulación de objetos insignes, del orgullo de incrementar ese conjunto. Son, grosso modo, listas que acumulan cantidades indecibles de cosas visibles o no y le atribuyen infinidad de propiedades a uno o varios objetos.
Todo catálogo, sin variar, nace de la acumulación religiosa de cosas en un lugar reservado. Al tiempo, con su exclusiva parsimonia, habrá de interesarse por objetos «semióforos», como les ha nombrado Krysztof Pomian en «Collezione» de Enciclopedia, los cuales son cosas que, dependiente o no de su «valor venal», son signos-significantes, prueba de fe, remitentes de algo; llenos de modos exóticos, son documentos únicos al mundo invisible. Estos «semióforos», reflejo de la acumulación, son tesoros, a veces indistinguibles por el placer estético o la forma dispuesta que requieren de la explicación lógica-razonada-argumentada con coherencia.
Para el caso de la «Bookplate Collection» la suma de estos ejemplares como «rare books» dicen ya mucho de sí. El estado físico general es saludable, en pocos ejemplos la curaduría rescató trazos que hubieran pasado al olvido de la vista común. El discurso es tan variado que el enlistado sugeriría varias categorías internas que fraccionarían la colección, por ello los puntos en la información general sirve de centro aglutinador. Así, los tiempos de creación abarcan las primeras dos décadas del siglo XX y sus medidas son oscilantes; los discursos se disparan y la finura de los trazos van de marcos simples a historias que remiten a un universo no contado. Falta que decir de la misma, queden estas líneas de aperitivo para su historia del arte y la cultura de la escritura.
Nota al vuelo: Emilio Carrazco es propietario de una enorme colección de ex libiris. Quizá el tiempo para su digitalización y estudio nos –instituciones y ciudadanos- apremie. Tomando el ejemplo de L.A Public Library, pienso que la Biblioteca Mauricio Magnadelo y/o el Museo Francisco Goitia y/u otros podrían financiar y dar cobijo a la colección, optando por un catálogo electrónico con su soporte físico en alguno de estos sitios.

miércoles, 11 de enero de 2012

El síntoma juanita


Juana «la loca» (Toledo, España; 1470-1555) representó cierta fascinación para los románticos decimonónicos europeos. Prueba de ello están algunos retratos inspirados en su figura y actuar regados a lo largo del viejo continente. El, quizá, ejemplo más conocido, representativo-titular de estas líneas, es la obra «Doña Juana “la Loca” ante el féretro de Felipe "el Hermoso"» de Francisco Padilla y Ortiz (Zaragoza, España; 1848-1921), pintado en 1887, que ahora pertenece a la colección del Museo Nacional del Prado (www.museodelprado.es). La historia de aquella que fuere reina de Castilla por algo así de 50 años (de 1504 a 1555) y luego viviera encerrada en las Tordesillas de Valladolid, primero por orden de su padre Fernando «el Católico» (Aragón, España; 1452-1516), luego de su hijo Carlos V (Gante, Flandes; 1500-1558), le dio un toque biográfico que desbordó sentimientos, inspirando a las artes para recrear y especular sobre su vida y demencia. Con el transcurso del tiempo, el debate sobre su salud ha proveído varios diagnósticos que caminaron por el tema del celotípico y los delirios; la calificación católica-cristiana fue contundente: endemoniada. Los estudios actuales la han calificado de psicótica-esquizofrénica-tipo-paranoide [para adentrarse mejor al tema, recomiendo un breve pero sustancial texto de Andrea Márquez López Mato titulado «Juana la loca, psicosis esquizofrénica», es posible descubrirlo en la web]. Contrario a la idea de quemarla viva en la hoguera del desprestigio, los asares su existencia contribuyeron a su mitificación.
Ahora bien, el «síntoma Juanita» -como he dado en llamarlo- está vivo, latiendo por todos los pasos que se escuchan al taconear las calles de la ciudad. Los males aquejan por principio a las mujeres, pero no se descarta la existencia de multitudes de hombres que le padecen. Estos son algunos de los síntomas:
  • llanto prolongado y sin contención en cualquier momento/lugar del día. Las noches de cambio lunar suelen motivar la condición y, a su vez, agravan exponencialmente la conducta;
  • cambios de humor repentino. Es probable que el ruido y la falta de atención sólo-y-única al individuo le despierten, sin embargo esto es sólo una tesis, sus raíces son un misterio;
  • el gusto por los bolsos, zapatos y utilería; el placer por los tintes, derrochar dinero y adquirir objetos inservibles son indicadores de que la enfermedad ha incubado sin remedio.
Amable lector, he querido apuntar sólo las pruebas más evidentes. Es obvio que existen más presagios, pero lo dejo para que los deduzca/investigue por su cuenta. Sólo queda advertirle que quizá, sí, usted los ha padecido y su pareja; su madre y hermanos; está rodeado de una pandemia que se puede arreglar, aunque sea sólo placebo, con un abrazo tronador.

Notas informativas/aclaratorias:
  • la cura está trabajándose en los laboratorios más prestigiosos-avanzados del orbe, a pesar del esfuerzo descomunal aún es imposible encontrar solución real al padecimiento citado;
  • no debe confundirse en término «juanita» con el otro usado como «juanitas» que refiere a la utilización política de las mujeres para acceder a algún escritorio de servicio público-político, como diputado. Las «juanitas» son un sustrato rapaz de cierto partido verdoso en México, quizá haya más ejemplos en todos lares
  • no debe confundirse el término «juanita» con el antiquísimo-tradicional de «doña Juanita», pues el segundo refiere a la noble tarea del servicio –al cual rindo pleitesías por su honorable labor-; sus definiciones son aún más complicadas y hermosas que el del primero.
P.D. Este texto ha sido inspirado por dos personas y un efecto. Las personas: mi «Shaparrita» y las manearas redacciones del señor Espinosa Zúñiga. El efecto, calentar motores este año que inicia, con temas que suelten poco a poco los dedos en el teclado invernal.

Seminario de Literatura Mexicana