jueves, 25 de abril de 2013

Asedios a la biblioteca








«Toda víctima exige lealtad»
Graham Green en The Heart of the Matter


Viernes 12 de abril. Le he enviado un inbox a Janea. Digo que quiero escribir para La Gualdra con el pretexto del día del libro, que por cierto lo celebramos en México el 23 de este mes. Le he propuesto dos temas. El primero, de bibliófilos y bibliómanos. El segundo, del «síndrome del padre Fisher». La idea era simple. Escribir sobre el camino del amor por los libros que puede llevar a la afección por ellos o del hombre que inició la infame tradición en el país de devastar bibliotecas y colecciones públicas y privadas para venderlas, casi siempre a cualquier postor. Referenciar, de paso, al bibliólatra o al bibliocasta del Auto de fe de Elías Caneti o de El nombre de la rosa de Umberto Eco. Conectar al traficante con una moda que inició en Europa desde tiempos que la historia se confunde con el mito. Apuntar que siempre hubo alguien que dispuesto a comprar-vender estantes o ejemplares únicos sin considerar los pecados en que cae.
     El mismo día Janea ha respondido: “Los 2 temas me laten, elige tú...”.
     ¿Me habrá dado por mi lado?
     Miércoles 17. He vuelto a escribirle. En cierto tono urgente digo que cambié de planes. Los atentados en Boston hicieron que virara. Una de tres explosiones se dio en la Biblioteca y museo presidencial «John F. Kennedy»; nadie en los medios le da mérito, hasta los que investigan dicen que «se trató de un hecho aislado». No proporcionan más información.
     Su respuesta fue imperativa: «De acuerdo, sólo te pido que no me lo mandes por aquí. Mejor al correo de La Gualdra. Saludos y muchas gracias».

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Desde que en el 642 de n.E. el califa Omar I por orden del general Amr ibn al-As mandó incendiar la Biblioteca de Alejandría, bajo el pretexto del libro total, el hostigamiento no se ha interrumpido. La historia, que es una forma literaria más, tiene la barriga hinchada de tragar asados de relatos que dicen de edificios derruidos porque ahí se leía un libro prohibido, de persecuciones de pueblos que leen aquello desconocido, de bombardeos certeros a edificios donde no había alma alguna salvo libros, de religiosos fanáticos que desollaron estantes completos, de seres impíos que entre guerras saquearon bibliotecas para venderlas luego, muchas veces fuera de su país.
     Todo libro, toda biblioteca, todo lector, es un sobreviviente. Sobreviviente por la simpleza en el acto de permanecer en los estantes, de continuar alzada a pesar de las políticas, de la lectura. Dice Steiner que los «[…] que queman libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable».[1] Los que ponen bombas en las bibliotecas también saben lo que hacen, apuñalando a la más pura de las actividades humanas.
     En una cruzada que se hace infinita los libros, las bibliotecas, los lectores, sobreviven al asedio. El alivio de ese libro que llega a nuestros ojos se siente en su aroma, pues «[…] cada uno de mis libros [dice Manguel] contienen el relato de su supervivencia. Cada uno de ellos ha escapado al fuego, al agua, al paso del tiempo, a los lectores descuidados y a la mano del censor para contarme su historia».[2]
     Las bomba que detonó en la Biblioteca de Boston nos recuerda que hay asesinos despiadados, que raptan, torturan, desmiembran, el espíritu humano. El mensaje enviado es claro: nada está a salvo, nada en absoluto tiene amparo. Están dispuestos a asestar los más brutales de los actos. Han posteado en nuestros muros; el asedio total.
     Abrigo la irrealizable esperanza de que toda traición, toda fechoría, toda maldad encontrará sus verdaderas consecuencias. Mientras tanto, veo un intento más por desbastar el universo borgeano, un universo que para los cabalistas consistía no en lo que leemos sino en la posibilidad de que lo leamos. Asediada la Biblioteca, celebremos nuestros libros que miran estupefactos pero aliviados los noticieros.


[1]      George Steiner, «Los que queman los libros…» en Los logócratas, traducción de María Condor, México-Madrod, FCE y Siruela, 2007, p.59.
[2]     Alberto Manguel, «XI La biblioteca como supervivencia» en La biblioteca de noche, traducción de Carmen Criado, Madrid, Alianza Literaria, 2007, p.311.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Guante blanco



La alharaca creció fuerte y rápido. Igual que una ola se abalanza contra la arena de la playa, la voz del tumulto se acercó. No se trató de un molesto ruido, de ensordecedores aullidos o de chillantes alaridos. Fueron gritos, que particularmente provenían de voces femeninas, un  «¡ha!» ahogada dirigiéndose a donde estaba. El bullicio me encontró en la esquina que conecta las calles del Marqués de Casa Riera y la de Alcalá, donde se erige el Círculo de las Artes, cerca de las mesas dispuesta para los comensales. Dí cuenta de la seriedad de lo ocurrido cuando los comensales empezaron a levantarse y a prestar atención.
Delante aparecieron, con rumbo a Puerta del Sol, tres Mercedes Benz color azul pardo. Luego un nutrido comando de motociclistas formando una punta de flecha y en medio ese viejo, elegante, casi de ensueño, automóvil negro. Detrás otra comitiva de Mercedes cerraban la pinza. Su paseo fue lo suficientemente rápido para evitar atentados, pero no tanto que hiciera parecer al convoy demasiado temeroso o escurridizo. Cuando los reflejos me lo permitieron, alcancé un detalle del que, por los comentarios de las personas que me rodeaban, fue el mismo que obtuvieron todos.
Un guante blanco. Largo hasta donde comienza el codo y circundado por lo que pareció una esclava de diamantes, apareció saludando detrás del vidrio de la ventana de aquel auto que me recordó el cine sin colores ni sonido. Fue breve, no más de cinco segundos, suficiente para levantar entusiastas muestras de adoración. Sin duda, fue el guante de la monarquía española. Pudo ser el de la infanta o la duquesa o qué se yo; el de su alteza. Se agitó cadencioso, disimulado. Fue un gesto que fascinó al mundo que me rodeó. Algunos corrieron a la orilla de la avenida y fueron detenidos por el pasamanos, de ahí volvían el saludo sonrientes, de ahí gritaron pocos el «adiós» de las despedidas.
Rostros impactados, notoriamente sonrientes, comentaron el evento. Sin importar la presunción de mostrar una joyería de gran coste ni que cien metros abajo las banderas rojas-amarillas se ondeaban fuerte, las personas se sentían plenas, se decían afortunadas de haber visto aquel guante, un largo guante blanco. En el día de la hispanidad, en momentos en que la Unión Europea es golpeteada por el atolondrado mandril de la economía y al tiempo recibe el apoyo moral del Nobel de La Paz 2012, en tiempos con aires independentistas que soplan desde Cataluña, en fechas donde los recortes, la austeridad y los ajustes son los titulares en los diarios españoles, el guante apareció para hacer olvidar los pesares. Sin importar que cerca, de Opera a Puerta del Sol, se diera el contra desfile de las «fuerzas desarmadas» y los medios subrayarán la austeridad en los festejos -en el cual ahorraron el sesenta y cinco por ciento, gastando la limosna de novecientos ochenta mil euros-, las personas fueron plenas por haber contemplado ese guante blanco pulcro guante.
Aquí se quedan dos temas en juego, por lo menos. Uno, el del sentido de la realeza. Dos, las dosis de distracciones. Del sentido de la realeza no sólo juega el papel del quehacer de los reyes cuando España vive apuñalada, desangrándose por las guerras internas, sus malos manejos, el servilismo de su clase política y el abandono financiero. También, el tema de la vigencia, el valor y los roles de la monarquía -esta y todas-. De las dosis de distracciones, que siempre me llama la atención, vale apuntar que hasta el que redacta estas líneas se vio paralizado, como en el cuento donde Blanca Nieves guiña el ojo pareció hacerlo para ti/mi. Y, de la paralización.


Madrid, España a 12 de octubre, 2012




P.D. Dos días después descubrí en «rtves» un serie llamada con el mismo título que ahora presento. Aquí la liga: http://www.rtve.es/television/guanteblanco, que por cierto está en la lista a ver cuando visito España. También esta Guante Blanco Moonglasses, chéquese http://versosperfectos.com/discos/-/guante-moonglasses-n8-steel-remixes.



Literatura y automóvil; un retrato




 Aún con la crisis que le aqueja, España, o una parte de ella, tiene el espíritu para seguir viva. Haciendo frente a  las amenazas que están a la vuelta de toda esquina; despidos, recortes, ausencias en la aplicación presupuestal, rebajas salariales, anulación de derechos, el choque de mafias, reformas, mezquindad política e infinidad de males más, algunos siguen adelante. Sin embargo, no es igual a años atrás. Ahora, deben reunir fuerzas para proponer un armado u organizar algún evento relevante. Es el caso de la VII Conferencia Internacional «Literatura y Automóvil» al que invitaron las Fundaciones MAPFRE y Eduardo Barreiros, la semana que corrió del 5 al 8 de noviembre.
En el mismo lugar donde un par de días antes Alfredo Bryce Echenique [Lima, 1939] les pronunció a sus detractores del Premio  FIL «¡que se jodan!» y «son unos frustrados», además de acusar a su críticos de envidiosos y pertenecer a la extrema derecha mexicana, el miércoles 7 de noviembre se presentaron a charlar, con Manuel Rodríguez Rivero [Madrid], Eduardo Mendoza [Barcelona, 1943] y Enrique Vila-Matas [Barcelona, 1948]. La tercia, enfundados en gruesas gabardinas, llegaron frotándose las manos a causa de la fría y lluviosa Madrid.
Mendoza inició su plática profesando un gran amor por los coches, siempre con un toque de humor. El primero de ellos terminó hundido en una fosa africana y después vendido a un inocente comprador. El último es un descapotable que cuando se abre «parece el teatro de Sídney», que ya está lleno de abolladuras «todas hechas por mí, porque mi mujer suele ser más cuidadosa». A su vez, recordó, una narración de Joyce donde un personaje de principios de siglo XX sentía repulsión por el coche, «pues no sabría que ponerme. Aún no han diseñado la vestimenta para tal invento».
Vila-Matas, por su lado, confesó un cambio; antes manejaba, ahora se ve como un casi amaxofófico. Se dijo extrañado de que el auto, como personaje, tuviera tan poca presciencia en la literatura porque «claro que existen carros, pero no recuerdo una novela realmente importante donde éste sea fundamental. Claro que aparece, pero carece de peso. No es como el cine, su hermano casi gemelo, con el que ha crecido y suelen aparecer juntos. Por ejemplo, Cristine antes que novela es recordada como un filme de los 80's ». También, recordó que uno de los motivos de su fobia a los autos se lo debe a un enemigo de Alfredo Hitchcock que gozaba verlo salir, sufriendo, maltratado, con pesadez. Así se ve él, cada vez que alguien lo mira salir de uno.
La charla ente la tercia duró apenas cuarenta o cincuenta minutos. Al final del evento se dieron un breve tiempo para saludar y dar autógrafos. De ahí, Vila-Matas y Mendoza, rodeados por un séquito de ocho personas entre las cuales me conté, caminaron a un bar cercano al estadio «Santiago Bernabeu». Ahí, las manecillas del reloj corrieron distinto, pausándose y acalorándose según la charla, las tapas, los tintos y algunas noticias. Nos dieron las tres de la mañana cuando todos se despidieron. ¿De los detalles de la plática?, me/se pregunta. Esos, respondo, irán saliendo, como anécdotas, con el tiempo en mis lecturas y charlas. Por ahora son parte de mis joyas vividas en Madrid.


Madrid, 7 de noviembre.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Enemigos al asecho




En contra de la lectura



En días recientes me encontré con una nota en "El país" que me pareció importante y que ahora rescato para comentar. Emiliano Mongue afirmaba rotundamente, en una entrevista con Carles Geli, que los escritores, ahora, pierden el tiempo viendo series televisivas pudiendo aprovechar el tiempo en leer. Esa práctica demerita en una caída en la calidad escritural; pues ahora los autores no se concentraban en las profundidades de la narración, la anécdota y sus elementos esencialmente artísticos -aduzco que al parafrasear al autor he retomado a su vez ideas preconcebidas propias en letras de otro; para ello me tomo la libertad y sugiero al lector ir a la lectura del texto referido antes-. Si se da por hecho ese supuesto, propongo, ya su vez, una lista de los males modernos que no sólo alejan al escritor profesional de la lectura, sino a todos -aunque es ocioso el ejercicio, quizá sirva para reflexiones más acabadas.

1.     Series televisivas.
2.     Internet (piénsese en tres ejemplos: Youtube, Facebook, Tweeter).
3.     Televisión (noticiarios, programación deportiva, documentales y más).
4.     Horas de espera (en el autobús, el tren, el médico, el banco y más).
5.     Pereza y desidia.
6.     La cotidianidad (salir a comer, ir de compras, pasear, etc.)
7.     El cine y, pocas veces, el teatro.

En la lista no hay parámetros de importancia, y algunos dirán de validez también. Están dispuestos al azar; quizá ahí empieza el divertimento, pues el lector podrá reacomodados e imponer más categorías o una lista diferente. Además, hay algunos que podrían abatirse con el mero ejercicio de portar un libro y aprovechar los momentos. Así, hasta aquí, por lo pronto.



[La liga para acceder a la entrevista completa es http://cultura.elpais.com/cultura/2012/12/04/actualidad/1354624960_693382.html]




(Escrito entre el 9 y 10 de diciembre, en medio del Atlántico. A mi vuelta de  Madrid a México)

lunes, 3 de septiembre de 2012

[El martes 4 de septiembre, en el salón Macondo de la XII Feria Nacional del Libro Zacatecas 2012, junto con Nelsón Guzmán presenté Demonia de Bernardo Esquinca, el evento fue moderado por Mauricio Flores. Este es el texto que leí]


¡Hay nanita!


Edgar A. G. Encina


LDemonia[1] en una sesión interrumpida, de dos horas y media o tres. Sesión interrumpida porque inicié por ahí de las once de la mañana de un lunes y, por angas o mangas, tuve que dejarla al llegar el medio día; la continué por la tarde, cerca de las ocho de la noche y para cuando «Primer Plano», del Canal Once, comenzaba su transmisión ya perfilaba la última ojeada. Dejé «descansar la lectura». Volví a ella casi al final de aquella semana en una especie de chicotazo de conciencia. La ventana de la sala es de unos tres metros de largo por dos de alto. Se corta por el centro, similar a las que aparecen en el cine italiano donde una mujer de rasgos perfectos la abre, para afuera, dejando ver, además de unos sensuales brazos y aquel rostro tallado a la Da Vinci, unos bien y firmes torneados pechos. La ventana no estaba del todo limpia. Mostraba manchas amarrillas, rojizas y cafés por todos lados. Temeroso de que mi mujer, tan apasionada por el orden y la limpieza, lo notara fui por un trapo y con un atomizador la limpié. En cuestión de minutos no quedó huella. De pronto, ante la trasparecía, me calló el veinte. Había estado soñando con Demonia o su lectura me había hecho actuar mecánicamente. Ahora, atacaba a todo insecto volador y las huellas en la vidriera eran pruebas de ello. Por una semana había estado de cacería, inconsciente. Tenía miedo de que alguna mosca, al dormir, se metiera por mi garganta; que dentro, en la noche, se reprodujera por una infortunada e inexplicable acción malévola y al despertar, con la primera palabra pronunciada, apareciera un torrente de moscas que cubriera el techo como la más negra de las noches, para luego, en cuestión de segundos, se reagrupara y desapareciera por aquella ventana.[2]
El desgraciado de Esquinca se había metido en mis sueños. Pesadamente, anduvo en los archiveros con sus terapeutas, con sus andares por la ciudad que vive, con los incendios del campamento juvenil,[3] con una vieja tuerta –o no-, con sus fragmentos de nota roja y con un costal que asoma las cabezas de borrosos espectros tomados a la vuelta de las esquinas donde curiosea.[4] No digo que rompió la vajilla. Digo que fue a marcarle el dedo al cochambre y al hollín de la cocina, que utilizó el baño y no le bajó a la perilla, que uso mis camisas y las volvió a dejar sin mandarlas a la tintorería; creo que hasta ralloneó algunos libros pero eso no me consta, aún. Quizá  exagero. Tal vez sólo fisgoneo en el refrigerador y al no encontrar carne se fue para no volver. De lo que tengo certeza es que me mandó de cacería y creó suspicacias respecto de los diseñadores de muebles y susceptibilidades con los propietarios de libreros elaborados, no se diga si son ovalados y los libros llevan categóricas frases sin sentido.[5]
Luego, ya en otro plano de la realidad, debí pensar qué escribir para la presentación de la Demonia de Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972). Vi diez posibilidades. La primera, hablar de la biografía del autor, su generación, la raza con la que parte-departe-comparte en Almadía. La segunda, conversar largo de mi iniciación en la literatura, que fue en relatos aún sin saber leer. La tercera, redactar a las maneras académicas, con un friego de referencias para sustentar el texto desde la tradición y la crítica. La cuarta, refritear la narración que más me haya gustado. La quinta, hablar del libro como objeto, desde la estética, la semántica y el paratexto. La sexta, buscar referencias y conectar con otras lecturas. La séptima, contar como el libro entero es una guía, sin Google map, por la ciudad de México. La octava, ponerle un lugar en el sitio de la literatura mexicana. La novena, agradecerle por los datos de las librerías de viejo. La décima, no hacer nada de lo anterior, salirme por la tangente con cualquier tema: que el 132, que el próximo sexenio, que las deudas en la tarjeta, que el desempleo… La decena de puntos, dicta el canon, enmarcadas con sinfónicas loas. Opté por más de un par.
Tendría unos cuatro o cinco años. Mi abuela nos daba de cenar todo el tiempo y, para que no nos dispersáramos jamás encendía la tv. En su lugar ponía la radio. Estaba oscureciendo. De pronto, muy apurado un tipo alega «¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad».[6] Abuela, repliqué, van a matar a ese señor. Calla, increpó. Lo van a matar. Cállate. Abuela. Que te calles. Fue un suplicio. Todo mundo sabe, lo presiente, que sí lo van a matar, pero se hace tan largo el camino que uno termina por «aflojarse en terracería» -dijo aquel candidato-. Es esa transmisión de sentimientos ahogados, de angustiantes espacios, de manecillas que no acaban por dar el segundo siguiente, lo que –pienso- tienen las amarillas páginas de Demonia. No lo van a matar, pero esperan a que Teresa haga algo hasta caerte de rodillas y comenzar a rezar.[7]
En el final de «El coco», cuento de Dino Buzzati, se lanza como abracadabra al estilo Harry Potter el siguiente fallo: «Galopa, huye, galopa, superviviente fantasía. Ávido por exterminarte, el mundo civilizado no ceja en su acoso, nunca jamás te dará tregua».[8] Demonia es un recordatorio de que esa misión será imposible. Siempre habrá historias; son el motor del mundo. Imaginaciones nacientes por el rabillo del ojo que descubre a la mujer chismosa haciendo señas desde la puerta de la casa.[9] La diferencia es que acá, Esquinca, encierra. Atrapa. La sentencia en «El coco» es de una libertad, aunque huyendo, siempre libertad. Acá, la narración del «Deuteronomio» encarcela: «”No puedes huir. Quemaré tus entrañas y continuaré la cosecha. Porque soy la Peste Encarnada. El contagio me alimenta”».[10] Ni para dónde hacerse.
Ya me he alargado más de la cuenta. Debo respetar el canon. Acataré el principio del que habla Ollé-Laprune, en México: visitar el sueño, cuando afirma que las presentaciones de libros en nuestro país son investidas por un rito donde en el ceremonial el autor aposentado en la silla central se ve rodeado por un séquito y venerado por los asistentes –similar a la corte del rey-. En este lugar, donde casi nadie lee, la investidura del escritor es respetada porque conoce-se-apropia de los secretos de la escritura con la que domina las tinieblas, con la que ha descubierto los métodos para descifrar los misterios que se complacen en el secreto y con la que interpreta el carácter ahogado-oculto que franquea todas las formas de relación. Se da por hecho que la escritura está reservada para los que saben apreciarla, para quienes comprenden que oculta un secreto y forman así una comunidad ligada por lo no dicho. Los otros, los excluidos, apartados del «placer del Verbo», no pueden sino experimentar una sensación de idolatría frente a la palabra escrita y una admiración teñida de celos ante las letras.[11]
Termino, aquí, temeroso de que el autor, supremo sacerdote en esta sociedad aquí reunida le dé por cercenar y clavar en estacas las cabezas de cuanto niño aparezca.




[La invitación, por «La Gualdra», al evento:

[El texto, abreviado, en «La Gualdra»,

            

           Notas:

[1]      Cfr.     Bernardo Esquinca, Demonia, México, Almadía, 2011, 161pp.
[2]     Op. Cit., «Moscas» en Demonia, pp. 9 a 19.
[3]     Op. Cit., «Demonia» en Demonia, pp. 109 a 157.
[4]     Op. Cit., «Samaná» en Demonia, pp. 21 a 34.
[5]     Op. Cit., «Samaná» en Demonia.
[6]     Cfr. Juan Rulfo, «¡Diles que no me maten!» en el Llano en Llamas, México, Editorial Planeta, 1987, pp. 175 a 182.
[7]     Op. Cit., «Demonia» en Demonia.
[8]     Cfr. Dino Buzzati, «El coco» en Narraciones Fantásticas. Antología, México, Alfaguara. 1997.
[9]     Cfr. «Los búhos no son lo que parecen» en Demonia, pp.95 a 108.
[10]    Cfr. «Deuteronomio» en Demonia, pp.83 a 91.
[11]     Cfr.     Philippe Ollé-Laprune, México: visitar el sueño, traducción de Mónica Mansour, México, FCE, colección Centzontle, 2011, 134pp.

jueves, 9 de agosto de 2012


Griseta

Edgar A. G. Encina y Claudia Liliana González N.


Frente al mercado Roberto del Real se halla una puerta negra atrapada por una pared amarillenta. Sobre esa puerta se encuentra una manta blanca anunciando el «Taller de costura» de doña Chayito, que dentro se esmera por terminar alguna bastilla o corregir el ajustado de un vestido. Ella, forma parte del viejo oficio de las costureras, naciente en las postrimeras de la humanidad cuando necesito abrigo y que se mantiene vigente en usanzas y tradiciones. Su ocupación de zurcidora toca a una variedad «…que podíamos llamar doméstica, privada o ambulante. Esta no cose en taller… Es tímida, encogida, semi-devota, encerrada en su casa, como la tortuga en su concha, regañona, aduladora… buena individua en la extensión de la palabra. Virtuosa…»,[1] escribió en el siglo XIX Hilarión Frías y Soto (Querétaro; 1831-1905) y litografío Hesiquio Irirarte (Ciudad de México; 1820-1897, aprox).
A pesar de que la labor de las costureras, como otras, puede rastrearse antes de la llegada española a tierras americanas, poco se sabe del quehacer sino por referencias o anécdotas de segunda y tercera mano. Uno de los testimonios y/o narraciones más explícitos se encuentra en Los mexicanos pintados por sí mismos, publicado en el México de 1854-1855, en la Imprenta de M. Murgía y Comp., que estaba en el Portal del Águila de Oro.
Los mexicanos pintados por sí mismos es un trabajo espléndido, del que según Pérez Salas afirma en Costumbrismo y litografía en México es respuesta o copia de las ediciones francesa y española.[2] El original, además de ser una joya de la cultura escrita y pictográfica nacional, es una rareza de alto valor coleccionable. El libro, cuenta además con los escritos de Niceto de Zamacois (Bilbao; 1820-1885), Juan de Dios Arias (Puebla; 1828-1886), José María Rivera (Querétaro; 1822-1887), Pantaleón Tovar (Ciudad de México; 1828-1876) e Ignacio Ramírez (Guanajuato; 1818-1879) y las imágenes grabadas de Andrés Campillo. En su mayoría son hombres liberales que además de dedicar su vida a la literatura y las artes fueron médicos, abogados, historiadores, periodistas, militares y políticos.
La acepción utilizada por la aristocracia decimonónica mexicana para nombrar a la costurera fue el de griseta. El origen denomina que es «…económica, trabajadora, bulliciosa, original y algo alegre de corazón…».[3] El diccionario de la RAE la designa como «cierto género de tela de seda con flores y otro dibujo de labor menuda»,[4] de ahí que los españoles la adaptaran y luego en la Nueva España se imitara la conducta, heredándola a la nación independiente.
«La costurera», de nueve páginas, es la séptima de 33 historias. De la imagen hay que apuntar la delicada y fina maestría en los detalles. Una mujer mestiza posa sentada sobre una silla de respaldo modesto con un vestido amplio encubierto con el mandil de trabajo al tiempo que remienda una prenda. En el entorno aparecen demacrados árboles, arcos y una mesa que desenmascara algunos utensilios del oficio. Si las mujeres costureras se empleaban en fábricas de textiles o bien trabajaban por su cuenta, en nuestra imagen al respecto no es nítida. La escenografía es rudimentaria. Podría ser el espacio privado del hogar donde se entrega al gusto del hilo, las agujas o bien el escenario  se transforma en el sitio del trabajo y del sostén.
La imagen recupera un rostro reconocido por la tradición que cuenta que a toda mujer se le enseñaba a coser y a bordar. Algunas hacían esta actividad por ocio, por las buenas costumbres o en calidad de trabajadoras, por necesidad y pobreza. Pérez Toledo, en Trabajo Femenino en la ciudad de México a mediados del siglo XIX[5] al plantear los oficios principales de las mujeres durante esta época a la costura como el ejercicio más empleado. El trabajo de coser fue una de las pocas labores permitidas para las mujeres, sin que alterara los escrúpulos de una sociedad que no la concebía fuera de los quehaceres domésticos. En su mayoría las costureras eran o bien solteras muy jóvenes o viudas, preferentemente de clase baja o media.
Concurren en la estampa rasgos propios de la mujer mexicana del siglo XIX, pero que despliega caracteres de cierta generalidad. Es una imagen en movimiento. El artista muestra a la costurera en acto. Sus ojos están depositados en el cuidado del arte, sus manos trabajan sin que pueda voltear hacia otro lado. El horizonte es la costura, con cierta resignación o la otra óptica donde se proyecta feliz de ejercer la encomienda. En toda la obra se percibe el predominio de la exaltación de la belleza no sólo de la mujer sino del oficio de la costura. El vestido y el peinado frente a la austeridad del espacio. Una pieza simple que se agranda por estos elementos de contraste entre el realismo y el romanticismo.
La anécdota, en cuatro tiempos: introducción, pasado, presente y pretérito, teje la vida sentimental de «Margarita, [como] se llama nuestra heroína: Lucero [que así] la nombraron sus compañeras cuando la vieron tan linda y tan humilde…»[6] y las virtudes del trabajo de enhebrar. De la vida sentimental bosqueja una muchacha alegre que construye su vida anhelando un amor eterno. De la vida de la costurera se asegura que aprendió «…a leer de corrido, sabe de cuerito a cuerito el catecismo de Ripalda…».[7] De vez en cuando, para retomar el hilo se cuestiona: «…corta géneros y corta a los transeúntes, cose y murmura, habla y ríe. En tan dulce ocupación…».[8]


[1]      Hilarión Frías y Soto, «La costurera» en Los mexicanos pintados por sí mismos. Tipos y costumbres nacionales, Reproducción facsimilar de la edición de 1855, México, Librería de Manuel Porrúa, 1974, p.54.
[2]     Cfr. María Esther Pérez Salas, Costumbrismo y litografía en México, México, UNAM-IIE, 2005, 371pp.
[3]     Los mexicanos…, p.49.
[4]     Cfr. Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, Vigésima segunda edición, 2001.
[5]     Cfr. Sonia Pérez Toledo, Trabajo femenino en la ciudad de México a mediados del siglo IXI, México, UAM-Iztapala, 2003.
[6]     Los mexicanos…, p.52.
[7]     Los mexicanos…, p.51.
[8]     Los mexicanos…, p.53.

Seminario de Literatura Mexicana