jueves, 23 de octubre de 2014

Notas a propósito de El último lector de Ricardo Piglia


 
 «The books reflect life and help look otherwise», Mar k Hess (http://www.hessdesignworks.com/)



Santiago como último lector

  

Edgar A. G. Encina



¡Pum! Tira un puñetazo. ¡Saz! Avienta una patada. ¡Choz! Da un salto, cae y se arroja en marometa. Ese fue Santiago por varios años. Iba, venía, corría, saltaba, se recostaba en el suelo, subía por todo lo trepable y siempre, siempre, hacía sonidos de explosiones, golpes, zumbidos. El cambio fue paulatino, luego de los siete u ocho años comenzó a bajar la densidad de sus movimientos. Ahora tiene 12, continua haciéndolo pero por menos tiempo. Pasó de ser un héroe de cómic, de caricatura televisiva o de personaje del cine a ser-ente-individuo de los que se encuentra en los mangas y sus novelas gráficas. Cambió. La forma de ver el mundo, de enfrentarse a la naturaleza y de concebir su realidad se transformó paulatinamente. Su metamorfosis fue un peregrinar en el que de llevar el mundo de la ficción a la realidad tangible pasó al intento por continuar haciéndolo y terminar por caer en cuenta en los fallos que le llevaron a cuestionarse. Ahora ha estado dando vueltas. Le cuesta un trabajo enorme hacer lo que antes le iba con la mayor de las naturalezas, se le nota cuando arguye sus cuestiones. Ahora ha estado dando vueltas. Expone argumentos. Cuestiona su entorno. Intenta responderse por qué la realidad ficticia que lee es tan improbable, tan distante, de la realidad en que habita. Lee y se queda sentado en el sillón, en la escalera, en el balcón. Detrás de la ventanilla ha dejado de ver aquel mundo idealizado por otro en el que idealiza un mundo posible. ¡Ho, Santiago, oj-Alá en algún momento descubras que la respuesta está ahí mismo, en la literatura!
         Santiago es El último lector (2005) del que Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires; 1941) habla. Corrijo: Santiago pertenece a la estirpe del último lector. Reparo: Santiago es ejemplo, vida de ese lector último. Solitario. Extraviado. Atiborrado. Aturdido por la multiplicación de signos y los ecos de la lectura, busca las maneras de atar a ésta con la realidad. En su soledad, aunque rodeado por los bullicios de la ciudad, busca su particular manera de ligar universos, de hacerse de un modo particular de leer lo que sus ojos encuentran. Cuando lo veo deambular por el departamento lo veo igual a Kafka, que aún desconoce, que primero concentró «[…] la historia en un punto, luego invierte la motivación y establece nuevas correlaciones; inmediatamente narra su versión de la historia (narra lo que no ha visto el narrador original)»,[1] narra lo que no hemos leído y algunas veces concluye que lo más terrible de las sirenas no es su canso, sino su silencio.
Y, es que, el acto de leer es, además de abstracción intelectual, un arte. Como el que pinta, trama una escena o descifra un pentagrama; la vista es nodal igual en la literatura, porque se pone en práctica la interpretación de las dimensiones físicas, ópticas o de la luz, y echa mano de la microscopía, de la perspectiva o del espacio. Ésta es una de las dos tesis que motivan a El último lector de Piglia. La otra es rastrear, en labores detectivescas, la figura de ese lector que sólo puede entenderse a través de individuos específicos, sus historias particulares y cristalizaciones. Esto último requiere tomar un camino que bifurca. Un sendero tantea el alejamiento. Observar al lector con pasos de rezago para acotarlo sólo en escenas fijas, pero sin restarle fluidez a la historia. Otro sendero traza atender las migas que deja la práctica en sí. Este terreno es algo inasible porque lo que propone es escudriñar los efectos y los registros imaginarios, la historia invisible y las condiciones materiales del acto de la lectura. La propuesta es, entonces, recrear la historia imaginaria de la lectura. La pregunta es quién lee. La motivación es averiguar las representaciones imaginarias que produce leer ficción. Las respuestas están en la historia individual en el acto que le nombra. Leer, pero leer ficción, es un acto de libertad y de fe y, a su vez, creación artística única que adquiere identidad en el acto, vivo, muchas veces imaginario.[2]
Seguir la métrica de Piglia lleva a encontrar lectores aislados que contemplan, a lectores adictos que no pueden dejar de leer o a lectores o insomnes que han perdido la capacidad de dormir; a malos lectores que perciben confusamente o no tienen buena vista o son críticos, criminales, malvados o rencorosos que utilizan con perfidia la letra, y a lectores transnacionales que son la comprobación del desplazamiento interpretativo. Seguir la teoría de Piglia conduce a descubrir lectores poderosos y dispuestos que designan una forma del acto, como Emma Bovary o Pierre Menard o Bartleby o Dupin; a distinguir su posición-categoría femenina como las que acompañan a los escritores o son fatales, dóciles e inspiradores; a lectores que se niegan a leer o los que sólo desean leer o se liberan por la lectura; a lectores asexuados pero llenos de deseo; a lectores detectives, lúcidos, marginados, extravagantes, célibes o al relacionado con el dinero y el poder; al lector último, práctico, en estado puro o al lector libre en acción, persistente y ataviado con sus modismos lingüísticos.
Llevar la línea de Piglia nos hace encontrar al lector separado de la vida, sedentario, inmóvil, encerrado, que lee fuera del circuito de la literatura y vive los libros y la vida; a lectores interrumpidos, controlados o prohibidos, que utiliza la lectura como herramienta o se ve perdido, aislado o es paranoico; al lector loco, terrorista, caníbal, náufrago, animalizado o al que pone en tela de juicio los dos grandes mitos del lector en la novela moderna: el que lee en la isla desierta y el que sobrevive en una sociedad donde ya no hay libros. Con Piglia encontramos la paciencia para descubrir lectores que no dan su nombre, son dramáticos o se identifican con el escritor que compuso el libro; a lectores que rastrean, recorren o consideran alternativas; a lectores sin terminar, en work in progess, que desarman los libros o le ponen precio; a releer Si una noche de invierno un viajero o 1984 o Fahrenheit 451 o Un mundo feliz o Robinson Crusoe, para preservar una tradición y salvarnos a nosotros mismos.
Con El último lector es posible encontrar y recordar el laboratorio de Finnegans Wake; a encontrar al lector para definirlo, contar su historia e individualizarlo; a apuntar que la certeza de que la ficción depende de quien la construye y de quien la lee y, a su vez, que la vida está en hipálage, detenida y a resituarnos cuando «Hamlet entra leyendo un libro» que no sabemos cuál es o a atar a Felice Bauer con la escritura; al lector que busca el sentido de la experiencia perdida y a puntualizar con cierta esperanza -según Between History and Literature- que la lectura literaria ha sustituido la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal; a oponernos al mundo hostil y hacer de la lectura una práctica iniciática que en paradoja critica y distingue los excesos y los peligros o te marca y hace sentir que la vida no tiene sentido cuando se le compara con los héroes novelescos y quiere alcanzar la intensidad que encuentra en la ficción. Con lectores célibes, solteros, perfectos o adúlteros que insisten en que «La historia de la lectura es también la lectura de la iluminación»,[3] constructora de un mundo paralelo que irrumpe como lo real produciendo un efecto de sorpresa y de vacilación; a hallar al lector que lee todo como si estuviera dirigido a él o narra otra realidad e invierte esa realidad en la ficción y viceversa, y -sobre todo- a ver a Santiago como ese el último lector, múltiple y metafórico en el que sus «[…] rastros se pierden en la memoria».[4]


«The reader sees life differently», Michael Hirshon (http://www.hirshon.net/)




[1]      Ricardo Piglia, El último lector, Debolsillo, España, 204, pp. 49 a 50.
[2]     Cfr. El último lector, Op. Cit., pp.18 a 22.
[3]     Cfr. El último lector, Op. Cit., p.31.
[4]     Cfr. El último lector, Op. Cit., p.172.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Runas, notas...

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Runas vikingas
notas al encuentro
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Edgar A. G. Encina
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Encontramos las runas vikingas en una tienda de artesanía oriental. Fue lo único que llamó mi atención, mientras Santi se entretenía con las cajas de madera e Iraís con los aromáticos. Parece una caja de dominó, pero con menos fichas. Me detuve de inmediato. No pregunté. Salte la advertencia de «No tocar». Tomé una caja amarilla con decorados en verde y saqué una de las tablillas. Honestamente, ignoraba por completo con lo que me encontraría. Me tropecé con un signo que parecía la punta de una flecha, sólo la punta, dirigida a la izquierda. La segunda y tercer ficha, una especie de pez y un uno con la cabeza al contrario, terminaron por aturdirme. ¿Qué eran bien a bien esos signos? Pero, no pregunté. Debajo de la cajilla en una pegatina blanca el costo: 250 pesos. No pregunté. Si ignoraba con toda precisión qué tenía en las manos, más ignorante lo era de su costo real. Pudiera ser una ganga o un timo, no importó. El hombre que me atendió puso junto con la caja una hoja con la significación de las runas que forró de un plástico adherente. Al final, Santi se llevó una pequeña cajilla de madera con forma de baúl en la que dijo aún no sabía que depositaría e Iraís un par de paquetes de incienso y un aromático líquido de aceite de manzanilla. Todo en una bolsa de plástico verde.


Al llegar a casa lo puse en el buró sobre una novela que me he prometido leer pero que ni siquiera he intentado hacerlo. Opté por una cajilla roja con decorados florales en verdes y negruzcos y delineados por un tono ocre que hace las de hilo dorado. Su interior es negro, las tablillas amarillas, las runas en plata. Antes de indagar qué son estas runas vikingas he vuelto a mi Biblioteca a buscar el lugar en el que se quedarán. He dejado saber qué son porque me atrae la idea de poseer algo tan cercano a la escritura primera, aquella que en las tablillas inició por contar las posesiones para saltar a contar historias. Junto a la Odisea y las pocas obras griegas que aún quedan, he pensado que ese es su lugar. Ahí, donde una escritura original contada por un ciego dio luz a los que vemos con lentejillas este mundo. Pienso que la cajilla es más que un elemento decorativo, que sus runas son más aún que letras esotéricas para la magia, la reflexión o el uso ritual. Pienso que la cajilla es un libro, que sus runas son capítulos de una historia o narraciones independientes que se cuenta sin fin o se entrelazan entre sí y con todas, como Rayuela. Que lo que tengo es el eco de una primera escritura, como la que vemos en las pirámides egipcias o mayas o aztecas, tan cercana a los códices y a los papiros egipcios que vuelven a los libreros guardianes poderosos, inquebrantables. Que estas runas aún cuando tengan sus antecedentes nativos en la Europa del norte, en la Europa fría, son cercanísimas a mí porque destilan en ellos los trazos del génesis, del umbral señero, de la intención de decir, de contar, de en la escritura no morir… Que las tablillas junto con su caja a manera de cofre pueden ser rastro de aquella Biblioteca nórdica en la que cada una de sus salas estaban dedicadas, a su vez, a cada letra del abecedario haciéndola «La Enciclopedia de los muertos (toda una vida)», narrada por Danilo Kiš, en la que todas las obras se encuentran encadenadas a su anaquel, haciendo imposible su reproducción y transformando la lectura en un ejercicio parcial, de olvido inmediato dice Jorge Carrión en sus Librerías.









miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cristina Gómez Álvarez en el «Seminario Manuscritos e Impersos: Lecturas...»

La primera edición del «Seminario Manuscritos e Impresos: Lecturas...» se realizó en la ciudad de Zacatecas, del 25 al 29 de agosto de 2014 en la sala Hermanos de Santiago del Centro Cultural Ciudadela del Arte, en el marco de la «XIV Feria Nacional del Libro Zacatecas 2014». Organizado en conjunto, la Unidad Académica de Letras de la Universidad Autónoma de Zacatecas «Francisco García Salinas» y el Instituto Zacatecano de Cultura «Ramón López Velarde», un grupo de investigadores, profesionales e interesados en las maneras de la lectura se reunieron para intercambiar experiencias e información, presentar avances y advertir sobre pesquisas e investigaciones. El evento fue revestido, además de 10 exposiciones-expositores, con la presentación de tres libros: Bibliografía Literaria de la Revolución Mexicana de Fernando Tola de Habich, Navegar con Libros de Cristina Gómez Álvarez y Nazario Espinosa: litógrafo zacatecano. Historia de un impresor, a lo que se sumó una charla magistral y una ponencia principal. El resultado fue fructífero.
          En esta ocasión, lo que publico es el texto con el que presenté a la ponente principal del evento: Cristina Gómez Álvarez. 



Aun cuando Cristina y yo habíamos quedado de vernos en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la verdad es que ya le conocía. Me la presentaron los Orduño, que tienen una librería-casa editorial en Madrid (por la avenida de Europa y la calle Inglaterra), a manera de libros. La leí en las catorce largas horas de vuelo que atraviesan el Atlántico y le hube escrito algunos correos electrónicos que, ahora –pienso-, fueron tempestuosos, confusos. Y, es que, los Ortuño tienen un especial imán para allegarse hispanos a su librería-editorial. Allí, por lo regular, te encuentras con alguien de acento distinto al propio y al de la ciudad, personas que están allá para escribir, estudiar, huir y, sobre todo, leer. Así que, mientras ojeaba algún número de Trama & Texturas, Manuel (hijo) me preguntó de mí con el tono mandón madrileño pero sin tono en «d». Le dije en pocas palabras que estaba allá para estudiar y en algún momento de la charla comenté de mi interés académico por escribir de/sobre las librerías, las bibliotecas y los libros bonitos. Se levantó. Pasó a mi lado dejando un halo oloroso a cigarrillo y me dijo: «tienes que leerte esto», poniendo dos libros sobre una mesa-escritorio: Censura y revolución. Libros prohibidos por la Inquisición de México, (1790-1819), (Madrid, Trama editorial, 2009) y Navegar con libros. El comercio de libros entre España y la Nueva España. Una visión cultural de la Independencia, 1750-1820, (Madrid, Trama editorial-UNAM, 2011). Me los llevé. Volví. He vuelto a «Trama editorial» varias veces, haciéndome obligada la visita siempre que llego a Madrid. En una de esas vueltas, Manuel (padre), dijo «¿Ya has leído esos libros o qué?». «-Glup. No. Lo estoy dejando para otro tiempo menos atareado –respondí-». «Déjate de eso –dijo-». Y le pidió a su hija me diera la dirección electrónica de Cristina.
         Por un lado, Censura y revolución engorda con 330 páginas seccionadas en dos partes, escritas junto con Guillermo Tovar y de Teresa (México, D.F.; 1956-2013), de culta memoria. La primera sección, con cinco capítulos, aborda las «Lecturas prohibidas» (1790-1819). La segunda sección, con los edictos de 1790 a 1819, entre libros, folletos, papeles, hojas sueltas, periódicos, gacetas, manuscritos, proclamas comedias impresas y manuscritas. Por otro lado, Navegar con libros es más delgado, el hijo segundo, con 173 páginas. Con él ha ganado un premio al fino diseño y cuidado editorial y el reconocimiento de sus lectores por la profusa investigación. Cristina, por su parte, se apellida Gómez Álvarez, es doctora en Historia (1993, UNAM) y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (1994). Además de Censura y revolución y Navegar con Libros (que presentará en esta Feria del Libro), también ha escrito otro libro: El alto clero poblano y la Revolución de Independencia, 1808-1821, (México, UNAM, 1997). Sus investigaciones recientes las ha orientado al estudio del libro durante el siglo XVIII y principios del XIX en la Nueva España, en especial al estudio del comercio, los comerciantes, las bibliotecas particulares, los lectores y la censura. Ha realizado estancias de investigación en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, España, y cuenta con numerosas publicaciones en México y el extranjero sobre la Independencia mexicana y la historia cultural. A todo ello se suma que desde 1987 es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, actualmente con la distinción de Investigador Nacional nivel 2.
Cristina, estás entre amigos.

sábado, 23 de agosto de 2014

Seminario Manuscritos e Impresos: Lecturas...


En la casa de Nadine Gordimer (Springs; 1923-2014) de Ciudad del Cabo: «[…] durante los malos momentos[…]», quizá de 1990, George Steiner (París; 1929) recuerda que al charlar sobre los movimientos en Sudáfrica un dirigente del anc* le dijo:

Los cristianos tienen los Evangelios; ustedes, los judíos, tienen el Talmud, el Antiguo Testamento, la Mishná; mis camaradas comunistas tienen en su mesa Das Kapital. Nosotros, los negros, no tenemos ningún libro.[1]

La cita es tremenda. La cita no sólo da lucidez sobre un momento bibliográfico que no siempre tenemos en la memoria. La cita nos lleva a cuestionarnos por nuestra herencia, por nuestros libros, por nuestras lecturas. ¿Qué hacer?
El seminario manuscritos e impresos: lecturas preguntará cuestiones como ¿Cuáles son nuestros libros? ¿Qué lecturas nos pertenecen? ¿Cómo nos des/hacemos de tal o cual escrito? ¿Cómo leemos? Lo hacemos desde el presente, interrogando sobre el pasado como objeto de estudio, donde no prima implícitamente el mercado (el futuro del libro); ni la lectura como goce ni como medio primordial para conseguir información. Se consideran los tres al mismo tiempo: las lecturas de los manuscritos e impresos y los vericuetos de todo eso.
Varias miradas confluyen para contestar, debatir y abrir más interrogantes. Con perspectivas globales o intimistas. Entintado facetas nacionales o regionales. Comparando. Asimilando. Respondiendo y preguntando. Múltiples investigadores y -sobre todo- lectores se cobijan en este seminario para tatar sobre los manuscritos, los impresos (libros, revistas, periódicos) y las ediciones celebres o raras.
Se trata de una reunión para dialogar desde particulares miradas-pensamientos sobre nuestras lecturas y las maneras de leer en manuscritos e impresos.
Este es/fue nuestro programa:


Además, este texto junto con el programa se publicó materialmente en el suplemento  cultural "La Gualdra" (número 162) de La Jornada Zacatecas, también con dirección electrónica en: http://ljz.mx/2014/08/25/la-gualdra-162/





*     Congreso Nacional Africano.
[1]      George Steiner, La idea de Europa, México, FCE, Siruela, 2006, p. 53, en n.p.p.

lunes, 11 de agosto de 2014

Fuego, fuego, fuego Morquechino



En La Biblioteca de noche, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) expone quince maneras en que ésta se convierte en mito, orden, espacio, poder, sombra, forma, azar, taller, mente, isla, supervivencia, olvido, imaginación, identidad, hogar. Quince maneras en las que «No busco, pues, una revelación de ningún tipo, ya que todo lo que se me dice está limitado necesariamente por lo que soy capaz de oír y comprender. Ni un conocimiento que vaya más allá del que, de alguna forma secreta, ya conozco. Ni una iluminación a la que el razonablemente no puedo aspirar. Ni una experiencia, ya que, en última instancia, sólo puede tener conciencia de lo que ya está en mí. ¿Qué es lo que busco, pues, al final de la historia de mi biblioteca? || Consolación, quizá. Quizá consolación».
         Pero Manguel, que quizá sólo busca consolación en su Biblioteca, olvidó por lo menos una manera más. Hay Bibliotecas que se extravían. Hay las que se queman o se venden. Hay las que se inundan o se hurtan. Hay las que sufren infames penurias o viven execrables pecados, pero también hay las que son inconcebiblemente materiales. Me explico. Cuando Benjamín Morquecho (Pinos, 1933-2014) partió, se llevó una Biblioteca más grande, rica, variada y singular, que la que tapiza las paredes del segundo piso de su casa. Una tan versátil y desorganizada, que en el mismo estante mezclaba filosofía, medicina, literatura, anecdotario, historia, política y rumiadas sabias de un abuelo caminado por terracería. Una a veces incomprensible, juguetona, simpática y que bien podía distraerse si un par de ojos juveniles entraban al lugar para recibirlos con su jovial estilo cantaor.

Manguel olvidó las Bibliotecas que se mueren, como la de Morquecho. No una carbonizada, pero sí incendiada en un eterno instante sin dejar ceniza, apenas rastros o detalles de aquellos que la visitaron. Una que en el peligro del injusto olvido viene a la memoria de otras Bibliotecas. Cuando Benajmín Morquecho fue a habitar los cielos de oriente llevó consigo una envidiable Biblioteca, más grande, más rica, más versátil, más copiosamente armada, que la material de su propiedad. Cuando Benjamín Morquecho fue a habitar cielos que abren los días con soles picantes dejó una Biblioteca que hoy espera vuelvan algunos libros prestados y, en honor del personaje, habitarse de nuevo, leerse de nuevo para de nuevo abrazar este fuego, fuego, fuego Morquechino.

[Texto impreso en La Gualdra: http://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/160]

jueves, 24 de julio de 2014

«Downton Abbey» y su Biblioteca


La presunción de la Biblioteca como signo de aristocracia.

Comentarios a la serie «Downton Abbey»



Cansado de los personajes leves pero pesados de series como Walter White (Bryan Cranston; EUA, 1956) de Breaking Bad [www.amctv.com/shows/breaking-bad] o Tom Kane (Kelsey Grammer; EUA; 1955) de Boss [series.tntla.com/boss], buscamos algo nuevo y diferente que ver. En la lista de prioridades los títulos tenían la marca de la suave intensidad de una vida honesta y normal pero que detrás escondían el olor de la cloaca social. Buscábamos escapar de esa densidad y el estante nos propuso una serie que alguna vez enterados por Antonio Lazcano (México; 1950) y la programación del Canal 11 [www.oncetv-ipn.net/downton/index.php?temporada=1] nos detuvimos corto tiempo en ella. Iraís (México; 1975) debía elegir en ese momento. Descansé de no ser quien tuviera que decidir y, al final, quedarme con otro de esos seres de los que huía.
«Downton Abbey» es una serie británica para tv producida para Independent Television, Public Broadcasting Service y Nova, por Carnival Films y Masterpiece. Con una exitosa recepción, comenzó a emitirse en 2010 y terminó en 2013 con cuatro temporadas en total, las cuales fueron reconocidas en festivales y premios como los Emmy (EUA), Tp de Oro (España), Ondas (España) y Golden Globe Awards (EUA). El original guión de Julian Fellowes (El Cairo, 1949) se desarrolla en torno a la vida aristocrática de los Crawley y sus sirvientes en la Country house de Downton Abbey, asentada en Yorkshire [downtonabbeyhistory.tumblr.com]. La primera escena muestra un telégrafo y en el instante nos ubica en los albores del siglo XX con sutilezas que imprimen elegancia la historia que viajará hasta poco antes de la Segunda Guerra Mundial [www.youtube.com/watch?v=8PeKMSYFn4s]. La primera escena que muestra un telégrafo marca la línea narrativa literaria y audiovisual, pues el mensaje que va o llega dice que en el hundimiento del Titánic (abril de 1912) ha muerto el heredero al título. La primera escena con el telégrafo no sólo remonta a un pasado que parece lejano, también retrata a una sociedad que en esencia parece haber cambiado para continuar en el mismo lugar.
En el mundo tangible, el señor del Highclere Cast [www.hgtv.com/on-tv/castles-on-camera-hgtv-visits-the-real-downton-abbey/pictures/index.html] es el octavo Conde de Carnarvon, George Reginald Oliver Molyneuz Herbert (Inglaterra; 1956), ahijado de la reina Isabel II (Londres; 1926). En la serie, la fastuosa construcción conocida como el castillo del «Downton Abbey» es habitada por Robert, Conde de Grantham (Hugh Bonneville; Londres, 1963), junto con su familia (esposa, hijas, madre y agregados) y un complejo servicio de cocineras, mayordomos, mucamas, meseros, choferes, jardineros y más. Los relatos se hilan con pretextos como las novedades electro-tecnológicas, vistas de parajes increíbles, ciudades y comunidades añejas, personajes investidos en la alta refinación, el recreo de tradiciones y usanzas de la «época eduardiana» (1900 a 1910, aprox.)
La historia en cada una de las temporadas va cuidada con extrema pulcritud, los detalles no se dejan pasar bajo ningún hilo suelto y dejan, en todo momento, un aire de derroche, de lo que fue, de lo que se quedó. La vida de los Crowley va del castillo, al campo, al pueblo cercano, a Londres, al comedor y a la Biblioteca. Esta última, la Biblioteca, que tapiza largas y altas paredes por varias estancias, cubre un espectro fundamental en la estructura estético-literaria, pues en ella gran parte de los nudos se deshacen o se tejen ahí, mandando un mensaje para el auditorio entendido. Una Biblioteca que posee una Biblia Gutemberg (Alemania; 1398-a468) o Biblia de 42 líneas (1454-55, aprox.), pero que no se muestra porque el Señor desconocía su ubicación y el anciano que lo sabía, al parecer, estaba muerto. Una Biblioteca sin consultarse, que en apenas en uno o dos cortas escenas algún personaje toma un libro sin ojearlo, nunca. Una Biblioteca que junto al comedor y los aposentos, en «Downton Abbey, serán las atmósferas para montar y desmontar la teatralidad de una sociedad que aún se pasea entre nosotros.
Este tema, el de la Biblioteca, que parece sutil o dejado de lado, es fundamental pues aún cuando la lectura ha sido una de las actividades distractoras más lúdicas y trascendentales de la humanidad, y en el periodo histórico en que se desarrolla la serie lo es más por la bonanza de las arcas reales y su transformación aristocrática, al parecer no formó parte significativa, en el primer plano de la experiencia cotidiana. Si bien, las Bibliotecas constituyen uno de los lugares valiosos para el convivio y el departimento, en este caso lo es igual al campo o la sala o un pasillo cualquiera, donde nadie se atreve a tomar un libro o a charlar sobre algún autor, dejando un extraño sabor sobre la clase social educada en la Inglaterra de principios del siglo XX.

martes, 15 de julio de 2014

Remington en casa


Remington en casa

 Santiago me ha regalado la «Remington Noiseless Portable» junto con un hermoso tablero de ajedrez. Lo ha hecho para celebrarme y porque su abuelo materno le ha motivado a desprenderse cuando el cariño se le sale del corazón. Fuerte. Recio. Contundente. «Toma tú la máquina –dijo- que yo llevo a tu coche el ajedrez». Autómata, le seguí por la sala, el pasillo, el corredor de la calle y al auto. Noqueado, me quedé sin palabra. El chico no pasa los doce años y ya ha superado una altura sensible que adultos nunca alcanzarán. Su detalle. Las frases. Quizá pasó, porque le conozco, días enteros pensando el escenario, lo que diría, lo que haría; estoy seguro que planeo el cruce de las miradas y las respuestas a cada una de mis acciones. De sobra sé que no se sorprendió por mi falta. De sobra sé que tenía prescrito que iría a la lona o que alguna lagrima detuviera su asomo o que diera un discurso de cada objeto o su acto. De sobra sé que él sabe. Quizá pasen otros doce años para que vuelva a detallarme con ese sentido o quizá cincuenta años o quizá a mi muerte o en mi memoria. No importa, aunque sí. Es ya un gigante montado sobre un blanco espíritu del que los hombres nos bajamos a fuerza del día a día, de la economía, de las labores, de arrojar las ensoñaciones por un carácter que se quiebra de vez en cuando.
Santiago me ha regalado la «Remington Noiseless Portable» junto con un hermoso tablero de ajedrez. Es la silenciosa máquina de escribir, que pesa poco más de siete kilogramos, famosa en las décadas de los 30’s y 40’s del siglo pasado por su portabilidad. Una página de internet que pone a la venta objetos «typerwriter», la subasta, cuando su valor original fue de 92,50, en 595 dólares, poco más de siete mil pesos,* costo similar al del iPad o iPod o minilap, según se prefiera. No pocos visitantes al departamento, sorprendidos, me han sugerido rematarla por algo más moderno, más útil, menos pesado, ostentoso, viejo. Sonrío socarronamente. Para qué explicarle a ese sordo el tono de aquella nota que zumba y chilla, si su deseo es ver, ver su perfil en facebook. La vieja máquina de escribir que a poco cumplirá cien años debió su fama, además de lo dicho, a su silencioso artificio que permitía trabajar en espacios públicos. Por todos lados he buscado la memoria gráfica de su utilización en Bibliotecas o estudios o Librerías, pero no he dado con fotografía alguna. No así en la literatura, con los guiños de T. S. Eliot (Misuri; 1888-1965), Archibald MacLeish (Glencoe; 1892-1982) o Edmund Wilson (Red Bank; 1895-1972).
Santiago me ha regalado la «Remington Noiseless Portable» junto con un hermoso tablero de ajedrez. Y, a diferencia de Homero y Borges que la vista se mes fue, me ha devuelta la mirada a un pasado, a un fragmento del pasado, del que sólo yo puedo ver. Si lector. Si escribiente. Me ha vuelta al poder de determinar, de valorar, de someter lo que está en frente. Me ha vuelto el poder, como el poder le vuelve al lector cuando deshace al autor y se torna a su vez en autor. Me ha vuelto el poder e inventada la lectura retomo la cima del desmemoriado para encontrar mis propios precursores. La Remington me ha vuelto a la inminencia de una revelación que no se produce y, aunque quizá no escriba en ella ya lo hago.




*     http://mytypewriter.com/remingtonnoiselessportablec1931.aspx.


martes, 24 de junio de 2014

Cosas de Borges

A propósito del Mundial de Futbol en Brasil, este 2014, me pareció adecuada la relectura de esta narración en la que el argentino Borges charló con el periodista Roberto Alifano, hace ya 36 años. Quizá la posición del escritor, que afirma que la popularidad del futbol se debe a que la estupidez es popular, sea tan contundente como las imágenes con que nos topamos frente al televisor y los festejos por sus seleccionados que encontramos en distintas ciudades, sin poder evitar en su afirmación que alega que el acto lúdico es –tal vez- lo menos importante.







Con motivo del mundial de fútbol de 1978, después de una visita al pintor Raúl Soldi, mientras caminábamos por el barrio de Nuñez, mantuvimos esta charla.
-    ¿Fue alguna vez a ver un partido de fútbol Borges?
-    Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo, alguien me dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle yo le dije a Amorim: “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo- para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim me dijo: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol.
-    ¿Así que nunca le atrajo el fútbol? – pregunto.
-    No, nunca. Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial. Además es un juego convencional, meramente convencional, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final; yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son, creo que once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esta estupidez, apasiona a la gente. A mí me parece ridículo.
-    Sin embargo es el deporte más popular – interrumpo.
-    Y, sí, porque la estupidez es una cosa popular. Y eso lleva a la gente al insulto, a la calumnia, a la humillación. Porque siempre los que ganan se burlan de los que pierden.
-    ¿No será eso porque la noción de juego es más metafísica que real?
Usted sabe que en la práctica todo juego se reduce a competencia; o sea a esa forma de ser tan primaria que es la agresividad humana.
-    A mí no se me había ocurrido que la noción de juego es más metafísica que real, pero sí, quizá usted tenga razón.
-    Bueno, alguien a quien usted conoció mucho, me refiero a Roger Caillois, decía que todos los juegos son un universo marginal fuera de la realidad. Pero eso viene de muy atrás, Borges, viene de Grecia. No se olvide que los griegos suspendían toda actividad, incluida la guerra, para concentrarse en las olimpíadas.
-    Ah, sí, es verdad. Supongamos que sí, pero era una forma de seguir guerreando de otra manera y, quizás, con medios más directos. Ahora esa conducta puramente lúdica yo creo que no corresponde a los espectáculos deportivos contemporáneos, en especial al fútbol… No sabía que Caillois había dicho que los juegos son un universo marginal fuera de la realidad. Creo que tenía razón: el fútbol es un universo marginal fuera de la realidad.
-    Y como usted bien dice, el espectador jamás va a ver jugar, sino que va a ver ganar a su equipo.
-    Pero, claro. Yo nunca oí a nadie decir “¡Qué linda tarde pasé! ¡Qué hermoso fue el partido que vi! Bueno, perdió mi equipo, eso no importa, no tiene ninguna importancia, es un mero detalle, yo pasé una tarde muy linda, disfruté mucho del día”. Eso yo nunca lo oí decir a un hincha de fútbol, sino todo lo contrario; vuelven insultando, agrediendo, con un gran resentimiento, muy amargados… Cuando yo trabajaba en la biblioteca Miguel Cané, tenía un compañero que agredía a su mujer, a sus hijos, a sus amigos, si llegaba a perder su equipo; creo que era hincha de boca… Una imbecilidad humana, ¿no?
-    Sí, sin duda. ¿Ahora, no cree usted que toda actividad lúdica ha tenido como finalidad manifestarse en espectáculo?
-    Y quizá forme parte del origen de todo comportamiento. Luchar, ganar, destrozar al rival si es posible… Un disparate, una forma de incivilidad, de incultura… ¡Qué le vamos a hacer!
-    Usted me dijo alguna vez que Chesterton cuando dio el puntapié inicial de un partido de fútbol hizo un comentario memorable…
-    Ah, sí, él dijo: Caesar, morituri te salutant, “César, los que van a morir te saludan”. ¡Qué lindo no! Claro, él recordó a los gladiadores romanos que antes de la contienda decían así, y él lo aplicó a los jugadores de fútbol. De una manera un poco exagerada, quizá, pero está muy bien, ¿no?
-    Claro que está muy bien… Ahora, qué curioso que sea un deporte inventado por los ingleses…
-    Es muy raro, sí. Y también es muy raro que siendo Inglaterra un país tan odiado – tan injustamente odiado – nadie le haya echado en cara el haberle metido al mundo ese juego tan estúpido. Yo creo que el haber impuesto el fútbol en el mundo es el peor crimen, el mayor crimen cometido por Inglaterra.
-    Nació en los colegios británicos ¿no?
-    Yo no sé donde nació. Pero sí, se lo practicaba en los colegios, y aquí también. Shakespeare en el Rey Lear al hablar de fútbol, habla mal, por supuesto. “Los viles (o plebeyos) jugadores de fútbol”, dice Shakespeare.
-    Kipling también, ¿no?
-    Sí Kipling también habla desdeñosamente del fútbol. Sin embargo, parece que en la india, en Bombay, él lo practicó, fue jugador de fútbol. Pero después, claro, le pareció una miseria. Kipling era un poeta, un hombre muy fino, partidario del imperio, ¿cómo no iba a resignarse a esa miseria?
-    Y de este campeonato mundial que se va a jugar aquí, ¿qué opina?
-    Y, espero estar bien lejos cuando se juegue, va a ser como una peste, pero bueno, por suerte, pasará… Me dijeron que Sábato está polemizando con los militares ahora. ¿Usted sabe algo?
-    Sí, creo que ha asumido una actitud valiente; acaba de denunciar los gastos excesivos que se están haciendo en la preparación del mundial.
-    Eso está muy bien. Pero lo pueden meter preso los militares, o hacerlo desaparecer, una denuncia así es peligrosa en este momento. Bueno, en este caso yo coincido con Sábato. Está muy bien que él proteste contra esta calamidad. Sábato y yo quizá podamos hacerlo, ya que gozamos de cierta impunidad… Si lo llega a ver dígale que estoy de acuerdo con él.


 Fuente:
* Roberto Alifano. El humor de Borges. Alloni/Proa editores
* Diario La Razón, 24/7/1978

martes, 10 de junio de 2014

Incendio en el archivo


Uno, dos y hasta tres explosiones. Tres explosiones fueron las que se escucharon. Las personas que vivieron en las proximidades lo atestiguan. Después, el fuego. Al final, todo se vino abajo. Tres explosiones que advertían que algo ocurría. Algo malo, sin lugar para las dudas. Luego de la tercera, muchos optaron por salir de sus casas y buscar la fuente de tales detonaciones. Era el Palacio de gobierno en Plaza de Armas. El fuego se elevaba. El calor era intenso. ¡Se quema el archivo!, gritaban al dar en cuenta con el origen. El baile de las llamas que cambiaban de un fúlgido amarillo por un arrebatador rojo se elevaba intensamente. Prestos, los pobladores se organizaron. Formaron cadenas humanas que salían o entraban, según se vea, de casas cercanas hasta las proximidades del edificio. Cubetas de agua iban. Gritos alentadores volvían. Era la solución inmediata, no había otra manera de palear esa contrariedad. Mientras tanto, a poco más de 120 kilómetros, los bomberos de Aguascalientes aprestaban el viajar. Nunca se habían hecho preparativos para contingencias como esta. Nunca se pensó que algo de ese tamaño sucedería. Nunca. Aquí no pasa nada, por qué esto cambiaría.
Cuando los bomberos arribaron, luego de más de dos horas de viaje, encontraron una población entusiasta pero agotada. A pesar de llevar más del par de horas combatiendo el fuego, este no menguaba. El calor sofocaba. El brillo del fuego enceguecía. A punto de sentirse derrotados, el equipo de bomberos hizo la primera descarga con lo que pareció menguar el incendio. Cerraron sus llaves y fueron en busca de más agua, quizá hasta el Parque de la Encatada. Ahí, el canto de las llamas cambió. Crujía. Se quejaba. Crujía. Algo le dolía. Crujía. Al notarlo, las personas no quisieron acercarse más. Pasos para atrás. Temían que se estuviera preparando para brincar, para quemar las casas cercanas, para calcinar la ciudad entera. Luego, el techo cedió. Al caer las pesadas lozas sobre los documentos el fuego se apaciguó. Cuando las tareas de rescate, preservación y catalogación de los documentos iniciaron, al levantar piezas quebradas de la construcción las llamaradas volvían a las que presurosos volvían a arrojarle una tina con agua.
Al medir los daños reales y ficticios de los perjuicios que trajo el incendio, en muchos momentos ponían a secar al sol los documentos que las ventiscas cubrían de tierra o hacían volar. Parecía que una bomba había caído allí. Una escena de guerra vista sólo en los informes o en los cortes noticiosos en el cine. Más que los peritos, la vox populi dio tres causas probables. Primera, que un descuidado había dejado prendido un cigarrillo. Segunda, que un corto circuito causado por la instalación eléctrica. Tercera, que unos «gringos» vistos en la tarde anterior prendieron deliberadamente fuego al archivo para desaparecer el original del acta de nacimiento de Tomás o Thomas Alba Edison, nacido en Sombrerete pero que ellos se lo atribuían a Ohio. Lo único que es posible afirmar es que sí hubo pérdidas considerables y parte de la memoria del Zacatecas decimonónico y parte del XX se esfumó con aquellas hogueras. Para evitar otro similar evento, el Archivo reunió otros archivos y documentación, y se fue al anexo del Museo de Guadalupe y en fechas más cercanas al noroeste de la ciudad, donde es protegido por personal especializado y con tecnología ad hoc.
¿Y, a usted, sensible lector, cuál de las tres versiones del incendio le apetece?[1]




Texto impreso en: http://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_151






[1]     La memoria de la hemeroteca me ha proporcionado poca información sobre el evento, apenas unas líneas regadas, aunque El Pregonero. Órgano de difusión del Archivo Histórico de Zacatecas hizo un recuento. Para recabar y cruzar información he tomado a su vez de las conversaciones con María Auxilio Maldonado (directora del Archivo Histórico del Estado de Zacatecas), Jovita Aguilar Díaz (directora del Centro de la Gráfica de Zacatecas), Manuel González (Cronista de la Ciudad de Zacatecas) y Marco Antonio Flores Zavala (investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas), a quienes agradezco cordialmente.

Seminario de Literatura Mexicana