viernes, 15 de julio de 2011

Metástasis al trazo solitario

[esta obra pertenece a la serie "Estudios de figura", y aparece en el catálogo Una historia reciente. Emilio Carrasco. Pintura y grabado]

«Verdad o consecuencias.
Obra y colección de arte postal» de Emilio Carrasco

Una de las formas de escritura que se dio en la Edad media fue por medio de tablillas cubiertas de cera sobre las cuales se rotulaba con algún instrumento punzante, similar a la gubia, al cuchillo o al buril. La idea era que lo trazado tuviera una permanencia temporal significativa y, al tiempo, pudiera ser modificada, tapada, eliminada o utilizada de nuevo. Así, cuando lo plasmado ya no era útil se tomaba un tipo de espátula caliente para corrérsele por encima a la cera, como hoy hace el corrector sobre la tinta o la goma que borra la línea del lápiz, consiguiendo otra vez una área llana. Esa técnica de limpieza fue llamada tabula raza.
. La tabula raza es una superficie limpia en la cual fue borrada una leyenda, una historia, una cuenta o una imagen y se encuentra presta, como hoja en blanco, para el nuevo importe. Es la superficie limpia que se ofrece para otra anécdota, frase o llamado. Sin embargo, el borrón y cuenta nueva es falaz; no todo es anulado, quedan resquicios, bordes, algunas líneas sutiles que no desaparecen del todo y resurgen con las recientes estrías, para cambiar el sentido, darle otro significado. Nutrir de otras marcas. Luego del primer trazo y su seguida desvanecencia, todo lo que continúa es sólo vestigio sobre el ribete. Rastro que no olvida ni se inhibe. Huella que suma.
. La más reciente exposición de Emilio Carrasco (Ciudad de México, 1957), «Verdad o consecuencias. Obra y colección de arte postal», en el museo «Francisco Goitia», parece emerger de este antiguo acto. Escribe, en la presentación, Lourdes Fava -directora del museo- que la muestra «es una síntesis del enriquecimiento de la obra del autor por conducto de sus viajes, sus experimentos con distintas técnicas y su increíble comunicación a través del arte con la gente y artistas del mundo». Marcas de vida. Señas que se anteponen a otras pistas. Indicios. Tanto la obra como el abstract de la colección de arte postal son tabula rasa que a la mirada curiosa exhiben otros tatuajes superpuestos..
. La exhibición, armada por más de una treintena de grabados y material diverso, es la muestra del poder formal que el maestro Carrasco ha dibujado sobre su tabula rasa. Cada marco va más allá de celebrar la trayectoria de uno de los decanos en la enseñanza de la pintura zacatecana y compartir con Marcel Duchamp los peligros de complacer al público inmediato, «ese que está a tu alrededor y te acepta y te da éxito y todo». Es un borrón que contará para dar inicio a otros proyectos. Metástasis. Casi una obviedad es señalar que «Verdad o consecuencias» es la recuperación de la energía vital del artista: no sólo por una nueva forma de trazar las imágenes que le recurren u ostentar, con brevedad seductora, una enorme colección postal que es, a su vez, un proyecto de vida.
. Las obras son una visualización aparte. Aquellas mujeres bailarinas, juguetonas, seductoras y, hasta, sedientas han sido fragmentadas. Ahora, el cuadro es parte de un enorme rompecabezas. Se complica la lectura, más no se diluye la substancia temática; es metástasis de lo esencial. Ante lo puro del blanco y la arrogancia del negro no sólo descubrimos algunos secretos de la antigua maestría en la gráfica hallamos, a su vez, un baile sinfónico, melodioso, sin estruendos, de ritmos disconformes. Comité de heterogéneos discursos. Voz de distintas lenguas. No sólo es el cuerpo femenino que invita, corre y destruye, también es un discurso zen, una parábola a/de/con signos conocidos que se reinventan y se sobrealimentan de su alrededor. No hay soledad en la sala. Es un baile. Impetuoso. Si prestamos atención quizá alcancemos a escuchar los juegos, los secretos, los susurros que cada cuadro hace de ellos, de nosotros..
. «Verdad o consecuencias» es amenazante. Con ella despierta un viejo enemigo de la anticultura. Con esta exposición reaparecen las ideas de aquella editorial independiente, de la que Zacatecas está urgiendo; de una publicación específica para las artes gráficas, para las verdaderas artes alejadas del humo snob que la ciudad atesora. Como si hubiera trasminado el oriente por su piel, el maestro Carrasco devela sus verdades, arma una estrategia de sísmicas consecuencias. Del ruido enajenante de las grandes ciudades a la metástasis del silencio, pacífico, esclarecedor, relajante. De la bipolaridad colorida, del signo devorante, de las dimensiones que se nos amontonan; quizá en solitario tramen hacerse de nuestro espíritu.

viernes, 10 de junio de 2011

Apuntes cercados: la dolorosa humanización del arte



«An unexpected gift at an unexpected time»
William Forrester (Sean Connery) sentenció a Jamal Wallace (Rob Brown)
cuando éste le hablaba de la linda Claire Spence (Anna Paquin), en la cinta Finding Forrester, 2000. [1]

Existe una teoría, convertida en idea generalizada, de que el arte apareció luego de que el hombre pudo cubrir sus necesidades primarias. Cuando éste no tuvo más hambre, cuando poseyó un techo que le cubriera de las inclemencias del tiempo y abrigaba salvaguardo de peligros exteriores, entonces llevó elementos de fuera para emperifollar dentro, para «acomodarse», para recogerse en su choza. Ello apunta a que el arte fue creado-concebido premeditadamente, que su naturaleza es ornamental, su exposición prescindible, que es resultado de la ociosidad. Las siguientes líneas exploran otro lado, no menos ignoto, del gen del arte. Parto de la intuición; de la –otra- idea, de que éste surge espontáneamente, por la buena fortuna, a la par de todo. Pienso que el arte está desde siempre con nosotros, como el amor, el hambre, el frío, el miedo; que es elemental para la vida como la conocemos y para el entendimiento de estos conocimientos-sentimientos básicos han caminado juntos, hombro con hombro, por los tiempos. Así mismo, al momento que expongo los rasgos, que pienso notables, en torno a la especulación de la aparición del arte sirvo, a manera de conclusión, fijar una postura que descubro al momento de leer, criticar y escribir del arte. Además, haciendo uso de la imaginación y de ciertas libertades expresivas, propongo al lector que obvie elementos como el paso del tiempo y los grados evolutivos de abstracción de pensamiento a los que hemos llegado.
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Imaginemos al primer hombre en su caverna. Ya descubrió y controló el fuego; lo tiene, sabe producirlo y mantenerlo. Para efectos de impacto, es mejor pensar la escena rodeada por la oscuridad de la noche. De pronto, por algún impulso, ha tomado una de las maderas por su lado encendida. Ante el dolor en su palma, nuevo e indescriptible, lo único que se le ocurre es restregar la mano sobre la pared. Ahí aparece el arte; cuando este ser primigenio ve sobre el muro la huella de una parte de su cuerpo y, al tiempo, ve el suyo. Es una sensación doble: de dolor físico, por un lado, y de impresión visual, por el otro: una paradoja que acompañará todo viaje creativo. El vestigio ahí es él y no; puede ver su mano, la mueve, siente la palma, los dedos. Es el instante en el cual advierte la presencia de otra parte suya suspendida frente a sus ojos, ahora desbordados e interrogantes. No alcanza la distinción cognitiva. Confundido, vuelve a situar la mano sobre la pared; es el descubrimiento del quehacer lúdico. Los movimientos precedentes cambiaron el sentido del anterior, sus movimientos son manipulados. Ya no es sólo una palma sobre la pared, tampoco un par, también hay manchones, líneas borrosas y corridas. La caverna, miles de años después, la descubrimos, pintada con/de un espíritu propio, fascinante. / Cambiemos de escena. Imaginemos, ahora, la mujer y el hijo pequeño del primer hombre, que salió en busca de alimento. Aquella familia, en su soledad, ve pasar la luz del día esperando la vuelta del proveedor que se ha retrasado. La noche cae, con ella, en su paulatino reinado, crece la desesperación e impaciencia. Los sonidos imperantes suscitan un retrato frío; el aullido del perro salvaje, el canto del grillo, el choque de las ramas, el silbar del viento: todo es provocador y turbador en ese yermo opresor. Ella, a su vez, padece un avasallamiento de estremecimientos insólitos. Como en la anterior narración se da una paradoja, la salvedad de aquí son efectos cruzados, provocados no sólo desde su íntima realidad, esta vez la acompaña su hijo y la ausencia de la pareja. Recogimiento. Amparo. Zozobra. La parábola se desdobla. Siente agobio, alarma, desasosiego; efectos originales que ignora su esencia, su forma expresiva, aprisionándola aún más. Para calmar esa catarata que le hunde, ha tomado entre sus brazos a su hijo. Sin desearlo, sin pensarlo, aparece de pronto, de sí, un pequeño canto tarareado. Lo hace leve, leve, muito leve.[2] Quizá se mece o se recarga sobre la pared. Quizá está de pie o sentada o recostada sobre el piso bruto. No importa la posición de su morfología. Lo que afecta es que de su cuerpo salió una tonadilla, calmosa, serena, análoga a la de nuestra madre cuando nos llevaba, ayudaba, a dormir. El tarareo se vuelve armonía. La armonía se vuelve música. Todo alrededor se conjuga, le permite escucharse mejor, le da paz, le concede ritmo. El lugar, en esa ocasión, se llena de un irreconocible sentimiento de esperanza. La caverna, miles de años después, la descubrimos, aunque su música no está, a pesar de que su canto iniciático se fue, aún es posible fascinarnos porque, de alguna forma mágica o como se quiera, hayamos ese espíritu propio. / La primera descripción representa a un individuo que descubre la imagen; la pintura, según el argumento. A su vez, la segunda estampa encarna otro individuo en el que se revela el sonido armonioso-melódico; la música, a decir del argumento. En la primera, la yuxtapuesta es de dolor físico e impresión visual. En la segunda, la paradoja es de desasosiego, agobio, alarma. Al primero no le importa su derredor, se descubre a sí mismo, se desdobla; le fascina. Al segundo la cercanía física de otro cuerpo y la ausencia de uno más le dotan expresivamente de un estrambótico regurgitar que hierve de su interior; le embruja. La conjetura simple aduce a que una y otra experiencias son distantes por la elemental separación de la vista con el oído o del ojo con la voz. Quizá lo sean. Acaso el divorcio se funda en la apariencia. Sin embargo, acaece, por lo menos, una trinchera que les vincula tejiendo la urdimbre. Para los dos, luego de la experiencia iniciática-vital, asoma la exigencia de articular lo acaecido. La yuxtapuesta es una: dolor físico-impresión visual. La parábola es una: desasosiego-agobio-alarma. Ente. Verbo. Arte. Cada una, la música y/o la pintura, inviste/n su alma. Patrimonial. Impar. Hermética. Degustable. Sin embargo, muchas veces ahogada, ofuscada o corrompida. / Apunto, al menos en el detalle originario, que para ambas lecciones los caminos, antes bifurcados, se tejen en una sutil línea. Un trazo tenue, gallardo, que da paso a otro arte: el de la palabra. Sin importar cuál pudo ser anterior es obvio-necesario-fundamental que la tercera haya sido la literatura. El ardiente dolor en la mano, la huella marcada sobre la pared y la fascinación de encontrarse desdoblado por la imagen, pudo entenderle cuando narró el hecho a la tribu. El terror de notarse desamparada, de sorprenderse rodeada por un sinfín peligros, el tomar al hijo entre sus brazos y el balbuceo armonioso que trajo la calma, pudo comprenderle hasta que lo comunicó al que esperaba o a los otros del clan. Para ambos, el juicio razonado es ejecutado, dispensado, liberado, prodigado, transferido, cuando da sitio a la palabra. Con la narración no sólo expone su película; al tiempo comprende mejor la historia. Platica «que el dolor en la mano que se quedó allí, en frente» o «que de pronto salieron de su boca sonidos que le pusieron en paz». Lo hace una, mil veces. Quizá cambien los tonos. Quizá alargue el relato. Quizá respire distinto. Sin embargo, la ruta cardinal, el conducto elemental de la historia es perpetuamente el mismo. / Sólo la palabra; que magnifica, que dimensiona. Sólo la palabra, que en su uso recurrido, metódico, concibe el mito. Este ser inicial; hombre o mujer, que se abraza o se sobresalta, en soledad o acompañado, se hace, se rehace siempre que vuelve a la narración. Encubriendo-descubriendo, entiende y profundiza en los significados de su experiencia. Le nombra. Arte. Mito. Se nombra. Creador. Artista. Se sabe. Descubre posibilidades infinitas. Aquel acontecimiento le asiste, le sirve, le instrumenta para entenderse, para vivir con los demás, para buscar una plenitud que a diario se pregunta qué es, cómo es, dónde está. Cuenta la historia. Funda un mito. Ya la pintura. Ya la música. Ya la literatura en su confluencia. Sólo la palabra, que traduce, explica. Sólo la palabra, que hace posible la comprensión de las demás artes para todos. Sólo la palabra iniciadora.
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Las sensaciones, por una parte, de dolor físico e impresión visual y, por otra, de agobio, alarma, desasosiego, siguen constantes en el tema del arte. Para desarrollar la tesis, pongo un ejemplo. Entorno a la crítica de arte, en sus ciclos de escalpelo: ver, leer, interpretar y escribir, existe un importante corpus literario, cada vez más gradual, en el que se encuentran estos efectos. José Ortega y Gasset,[3] en 1925, apuntaba, bajo el título de La deshumanización del arte, estas pasiones escondidas por/con sinónimos afines. "Cuando a uno no le gusta una obra de arte, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar a la irritación. Más cuando el disgusto que la obra causa nace de que la obra no se le ha entendido, queda el hombre como humillado, con una oscura conciencia de inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra".[4] / La crónica aduce, en apariencia, al neófito enfrentado a la obra con la que profesa maneras estimulantes. Ya de «superioridad», si «la ha comprendido». Ya de «disgusto», «humillación» e «inferioridad», si «no se le ha entendido». Digo que en apariencia porque la situación se refleja de igual forma al/en el experto, pues el camino iniciático que arranca en la contemplación, pasa a la hermenéutica y llega a la semántica, al final de cuentas se descubre en esa mixtura de conmociones. / En este asunto bicéfalo cabe apuntar la tesis de George Steiner,[5] en Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento,[6] bien propuesta en/para el ejercicio de la crítica y/o la creación. Afirma que el intelecto, su descubrimiento y ejercicio, nos ubica en un camino escindido. Por un lado, el colosal placer. Por el otro, un inmenso dolor. En su uso, al tiempo que nos regodeamos, tropezamos en la conciencia del Edén perdido. Juicio. Introspección. Abstracción. Moneda de cambio en la transacción de este mundo del libre albedrío por un jardín perfecto, atemporal, juvenil. Es el abarrotamiento de sentimientos que abrazamos sin descripción, salvo por la entropía que permite deducirle. Feliz-apesadumbrado es cada momento que lo remitimos. Aduce Schelling,[7] en Sobre la esencia de la libertad humana, es «[…] la tristeza que se adhiere a toda vida mortal […] que sólo sirve a la perdurable alegría de la superación […]de ahí la profunda e indestructible melancolía de toda la vida [… que] se apoya en un fundamento oscuro […] el fundamento del conocimiento».[8] / Ver, discernir, hablar/le de/al arte; el ejercicio de penetrarlo y poseerlo, es el que invoca la aglomeración de sentimientos, todos melancólicos, tristes, que machacan el alma, extraen el espíritu. Ver el objeto artístico no reclama; es el ejercicio del gusto subjetivo. Contemplarlo emplaza, obliga a saber, a imaginar, a componer un discursivo razonado, a partir de la observación y las ideas, sobre la azarosa deliberación del artista en su proceso creativo.[9] Pienso que, en general, es la Schwermut [pesadumbre] que somos y que es. Oscuro pensamiento. Creación entristecida. Es la elección de un dolor físico e íntimo. Dolencia empática. Hermandad con el primer hombre en su dolor de mano o en la aterradora angustia de encontrarse desolado. Calvario que une. Tormento presentado a/en todos. Pesar que al relatarlo aprendemos, lo aprehendemos. Congoja que asimilada provee de experiencia, conocimiento, empatía humana. Al ver una pintura, leer una novela, escuchar una canción, sentimos dolor, placer, agonía. Hermandad. Plenitud y distancia. El arte nos cobija, nos blinda de una realidad. Es envoltorio. Fuerza noqueadora. Como el pensamiento, el arte igual nos da tristeza y gozo; nos duele, impresiona, agobia, alarma, desasosiega y sólo descubrimos su secreto en la palabra, en «La poesía [que] es hoy el álgebra superior de las metáforas».[10]

[1]Gus Van Sant, director, Mike Rich, guionista, Finding Forrester, EUA, 2000. [2]Cfr. Alberto Caeiro [Fernando Pesoa], «XIII» en El guardador de rebaños. [3]José Ortega y Gasset, Madrid; 1833-1955. [4]José Ortega y Gasset, «Impopularidad del arte nuevo» en La deshumanización del arte y otros ensayos de estética, México, editorial Porrúa, colección «Sepan cuántos…», núm. 497, 2007, p.10. [5]Francis George Steiner, París; 1929. [6]Cfr. George Steiner, Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, traducción de María Cóndor, México, editorial FCE-Centzontle-Siruela, 2007. [7]Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling, Alemania; 1775-1854. [8]Friedrich Schelling, Sobre la esencia de la libertad humana (1809) citado como epígrafe las Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento de George Steiner. [9]Cfr. Sonia Viramontes Cabrera, «Prólogo» en Sofía Gamboa duarte, Travesía del arte contemporáneo en Zacatecas (2006-2010), México, editorial Conaculta-IZCRLV-Gob., del Edo., de Zac, 2010, p.9. [10]José Ortega y Gasset, «Sigue la deshumanización del arte» en La deshumanización del arte y otros ensayos de estética, México, editorial Austral, 2008, p.68.

miércoles, 20 de abril de 2011

[los] Juegos de artificio



[Presentación. Centro de la Gráfica Zacatecana. Zacatecas. Abril 2011]


A noventa años de que la Secretaría de Educación Pública, entonces dirigida por José Vasconcelos, editara por vez primera La Suave Patria, el Centro de la Gráfica de Zacatecas, en proposición homenajeada, extrae una frase de sus líneas para sazonar el cenáculo de más de diez artistas. Las líneas, que entonces Ramón López Velarde trazará, interpelaban a la oscuridad noctámbula de luna llena que aplasta, calladamente, la vida azarosa, la vida estruendosa, la vida oculta del devaneo; del vivir entre las copas, la música y la poesía. La imagen que precede a estos «juegos de artificio» son los de una rana asustada en la noche; colores apenas distinguibles por el detalle contrastante de la luz. Verde. Negro. Blanco. Rojo oculto. Las secuencias que colorean estarán fusionando la prosa y, ahora, las gráficas que nos rodean.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

El poema sugiere dos líneas interpretativas reunidas en una semántica. En la primera dice: «Quién / no miró / del brazo de su novia». En la segunda: «[…] en la noche que se asusta la rana / antes de saber del vicio / la galana pólvora de los juegos de artificio». En la tercera se apiñan las asignaturas; la vida pública con la existencia privada y las hazañas íntimas. Es el resumen de la vista que nos seduce en cada propuesta. Los diálogos entre los distintos artistas que se platican con los de enfrente, con los del muro, con las miradas que los recorren al paso de los demás. Son el convencimiento de que contemplar es el esfuerzo mayor de la estética en la pintura, porque exige, sin lugar a dudas, el recurso dialéctico de la hermenéutica, evadiendo la simpleza de la predilección subjetiva. Las composiciones, rubricadas por una noble caterva de artistas que producen en Zacatecas, se distinguen por sus terminados, por la suficiencia en el manejo de las técnicas, por el cuidado de su museografía y por la catadura pensada para la armonía posible. Sin embargo, su fuerte está en el nivel discursivo que es radical en su centro, en sus proposiciones y en sus variaciones. La realización de esta comunidad tiene el conocimiento que producen las emociones cuando son impactadas con los colores y, además, de lo que estos generan en libertad, fuera de los estereotipos «normales» y «realistas». Es un juego autónomo. En un recreo tensiones. Un solaz sin contrastes. Una articulación sin disoluciones.

martes, 12 de abril de 2011

Carmen Alarcón, los mundos que se disputan





o la bella estancia de la ensoñación.


El sueño fue perturbador; la estancia de una vigilia donde conseguía prevenirse de la realidad y habitar los sensibles océanos que Morfeo vigila. Fuera, escuchaba los perros ladrar, las sirenas de las ambulancias, los rugidos de los motores de los autos; podía sentir el cuerpo tibio de al lado, la vaga temperatura del viento en el rostro, la profunda respiración del descanso que infla desde el estómago hasta el corazón. Dentro, veía un rojo holístico, a veces tan abrasado, umbroso, que aterraba tocarlo, que por momentos lo sucedía un teatral trastrocamiento que iba al amarillo, al azul o simplemente desaparecía toda tonalidad por mero capricho. Al frente, siempre miradas, caras atentas; ella sobre un toro o como un malabarista o frente al mar viendo un nostálgico barco gris o yo con la sorpresa de descubrirme enclaustro de corazones, rosas o peces, espinas, pétalos volátiles. Levitando, se halla entre una guerra de los mundos que se disputan y los enormes placeres del espíritu en la morada ensoñada, agorera. Inquieto, amenazador, sumiso en un mismo instante, el sueño reflejaba espejos perpetuos. Su cuerpo, ante las sensaciones yuxtapuestas, vivió con la turbulencia de la separación cuerpo-espíritu y la armonía del pescador que «[…] en un esquife, [escribe Nietzsche en El origen de la tragedia] tranquilo y lleno de confianza en su frágil embarcación, en medio de un mar desencadenado, que, sin límites y sin obstáculos, [se] eleva y [se] abate, mugiendo, montañas de olas espumosas, el hombre individual, en medio de un mundo de dolores, permanece impasible y sereno […]»(1). Su soledad acrecienta la aflicción. Extenuada en la pesadilla «[…] la lengua [dice Safo] se me hiela, y un sutil / fuego no tarda en recorrer mi piel, / mis ojos no ven nada, y el oído / me zumba, y un sudor // frío me cubre, y un temblor me agita / todo el cuerpo, y estoy, más que la hierba, / pálida, y siento que me falta poco / para quedarme muerta» (2). Atrás quedó el brillo solar del medio día. Con el abandono total de la inviolada luz ha renunciado, a su vez, a las posibilidades del cuerpo antes [pre]sentidas en el exterior. La frágil, deleznable, barca que Caronte manda ahora es conducida por alguien tan parecido a ella que teme un infierno de espejos, de fulgores embusteros. El aire se vuelve irrespirable, su espesor aumenta con el descubrimiento de líneas sutiles, de trazos elegantes, de colores radiantes, de estancadas aguas liosas. Sobre ella[s], una mujer que es dos, bajan otras apariencias, entes bermellones perdidos en limbo, purgando estigmas nunca mostrados, o hadas-musas lechosas al resguardo de la quimera que toma forma y se vuelve placentera: inspirada, pero aterradora: vidente. Ahí lo perturbador, la fantasía es/era el centro de todo; el umbral que abre, el limen que cierra. Más allá de la posibilidad de la vida-muerte es el tiempo que merece la calma total, por eso el conforte de la mano sobre la rodilla. El ojo da cuenta a la ocasión de la división entre lo terrenal-divino es delimitado con una línea de contrastes, de sombras, de matices que el artista luego habrá de leer poéticamente. Los mundos que Carmen Alarcón crea son umbrales. Ya de temas fantásticos, ya de realidades míticas, ya de soledades impronunciables, ya de sueños angustiosos; las puertas quedan entreabiertas para confundir la mirada intrincada de quien anima irrumpir. ¿La estancia es fuera? ¿La estancia es dentro? Los ojos se descubren en absorto embeleso afín. La voluntad del color que se anima en rojo o en amarillo o en cualquiera que sea su capricho puede ser pavoroso, puede ser confuso, puede ser hipnótico. Sus trazos, ligeros y elegantes, soportan una constante mágica, una fascinación esotérica de si al tocar el lienzo el entinte se apodere de cada poro de la piel terminando por ser no el que ve sino el que es visto; dentro, aprisionado, inconsciente, embrujado. Es un realismo que confunde, que como Apolo y Dionisios en el templo de Delfos, está en la asignatura apropiada, de un justo límite, para todos los seres.(3) Los que se es para uno, lo que se es para el otro; lo que se comparte, lo que es único: el creador frente a la traducción filosófica. Antitético, trágico e iniciático son otros rasgos de/en el universo Alarconeano. Antitético. Temperaturas, colores, líneas, intenciones, fondos; cada esquina, todo centro, cualquier lugar es un choque, un diálogo, una discrepancia y la otra parte del discurso en la obra. Sí los fondos con las superficies, sí el abordaje-coloquio de potencias-atribuciones pero, en todo caso, es más una especie de cuadro greimasiano porque al significarse la materialidad de las imágenes, con la construcción de espacios, la plástica rechaza la necesidad de la inmediatez, de la lexicalización, para ir al origen del reconocimiento, de la definición de los sistemas internos.(4) Iniciático. En los cuadros preexiste todo «[…] de cuanto hay de valioso para las almas [y] no queda resplandor alguno en las imitaciones […] Pero ver el fulgor de la belleza se pudo entonces, [escribe Platón en Fedro] cuando con el coro de bienaventurados teníamos a la vista la divina y dichosa unión […] como iniciados que éramos en esos misterios […]». Son gustos elegantes y especiales; los rostros se asemejan como retratos gemelos, aún así aparecen pequeños signos que los disparan unos de otros, como el cabello, los ojos, las manos, la vestimenta, las poses, para hacerlas una película que se cuenta en ciclos como historia interminable. Trágico, porque –como escribiera César a Lucio Mamilio Turrino- frente a la obra de Carmén Alarcón «No sólo me inclino ante lo inevitable; también me fortalezco en su contemplación […] ¡Oh! Muchas leyes obran en el universo, cuyo alcance apenas podemos calcular». (5)


1. Friedrich Wilhelm Nietzsche, El origen de la tragedia, i, 1872. 2. Juan Ferraté, traductor, Líricos griegos arcaicos. Barcelona, Seix Barral, 1967. 3. Cfr. Umberto Eco, «Apolíneo y Dionisíaco» en Historia de la Belleza¸ traducción de María Pons Irazazábal, Barcelona, DeBolsillo, 2004. 4. Cfr. A.J.Greimas / J.Courtés, Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, versión española de Enrique Balón Aguirre, Madrid, Gredos, 1991. Platón, Fedro, xxx. 5. XLIX. «Del diario epistolar de César para Lucio Mamilio Turrino, en la isla de Capri. (En la noche del 27 al 28 de octubre)» en Thorton Wilder, Los idus de marzo, México, Alainza Emeceé, 1989.

lunes, 7 de febrero de 2011

Con un mal prólogo...


Los Apuntes de los mundos y las ondas que andan, libro-plaquetta en edición de arte y corta reproducción, escrito por Óscar Édgar López y editado en colaboración con el taller de gráfica profesional "El topo" aparecerá este año. parecerá este año. Aquí la primera parte del prólogo:

Escribir-Leer un prólogo es trazar, apenas, 90 o a lo más 180 grados de un círculo que, eventualmente, nunca será. Su redacción-lectura suele estancarse en la indeterminación, como palabras salvadas o eufemismos evadiendo las potencias reales de la intención. O, por el contrario, son consejos necesarísimos de un mapa que guían por senderos, ríos y montañas, llevando a la búsqueda de tesoros reconocibles en cada indicio prescrito. Paradigmático. Bicéfalo. Yuxtapuesto. Escindido. Su estudio o pasada-de-largo se basa, en lo fundamental, en las pretensiones lectorales; los tiempos, las formas, los individuos, el contexto, las necesidades. Escribir-hojear un prólogo exige complicidad; es participar en la inmolación de un «buen hombre de dios» formando una hermética triada. Uno, el que prologa: ata la dinamita al cuerpo de otro al momento que dispone los efectos detonantes. Dos, el que escribe la obra: sacrifica su cuerpo -que no su alma-, expiándose. Tres, el que lee: verifica que uno y dos ejecuten su labor para luego, en voz de quién sabe qué dios, ande predicando la palabra y los porvenires a impíos. Sin embargo, el círculo o la tríada quizá no consigan trazarse por completo porque en el tercero se impone el capricho de/en cerrar la rueda o verificar la oblación. Ahí uno de los misterios de los libros, prologados o no.
Quien lee un prólogo espera las recetas, los comentarios médicos, las ilustradas admoniciones, que llevarán por una lectura suave, con los menores riesgos, sin raspaduras, salvándole de los mayores daños, de las graves caídas. Quien redacta un prólogo codicia llenar tales expectativas y, al tiempo, pasear las manos, igual que un mago, para tapizar los resquicios aguardando al infortunado caer en las trampas de las que no puede/debe ser prevenido. Quien escribe la obra sólo desea la presa con avidez. Sigiloso. Ansia ver caer a sus lectores, hincharles los ojos con imágenes, ahogarlos en situaciones inesperadas, desahuciarlos en momentos transitorios, sacudirlos con fórmulas retóricas hasta arrancarles la cabeza, exprimirles como naranja el espíritu y luego soltarlos, para, en su divertimento, verles caminar, sin rumbo, trastabillando por la paliza de sus palabras. Nadie gana. Nadie pierde. Todos esperan. La simbiosis es contranatura, de lo contrario al nacer lo haríamos con un libro, no una torta, bajo el brazo –primer principio-.
Otra de las impiedades de redactar un prólogo es escribir el prólogo de una obra literaria. Ya en las catástrofes mundanas está que leer-escribir es formar parte de un gueto, peor aún es hacerlo de/para la literatura. En la historia de la lectura, en las publicaciones censuradas la literatura es la reina, una creación demoniaca vista a los ojos de todos los sistemas. Ergo, redactar un prólogo de un arte censurado, formado por Shaitán mismo, conlleva una gris tragedia de la que nadie se atreve hablar. Son líneas que habitan una especie de limbo entre-el-bien-y-el-mal, sin ser Caronte. Es tinta, que en la búsqueda por redimirse, alienta a no leer la obra maldita a punto de leerse o envía las almas, sin remedio, al sufrible infierno donde todo es indescriptible -como la pasión, los orgasmos y el vino- pues ahí están las vidas que nunca nos fueron, pero deliciosas les cobijaron nuestras miradas. Así, el prologuista literario vive un purgatorio per se, servidumbre en el limbo que gustoso decora con ideas entintadas.
Maldito autor. Maldita, doblemente, la obra. Maldito el prólogo. Maldito su lector. Excomulgadas sus palabras. Condenadas sus ideas. Castigados sus personajes. Rechazadas cada una de sus líneas. Miserables sus mundos ficticios. Son la vista frente a un espejo que sólo refleja la pared a nuestra espalda, estigmatizando su proterva invitación. Inculpados todos. Y, en la lista de los castigos el mayor será para el prólogo y/o prologuista. Hay de él si no está a la altura de la obra y/o del autor. Menesteroso su espíritu de no poseer la eficiencia de/en los trucos del creador que presenta o desdichada su alma cuando su anunciamiento no rellene la grandilocuente esfera del arte. Seducir. Desnudar. El merolico que a la entrada del burdel augura el mejor sexo, las pieles más suaves, los labios más prístinos-carnosos, las manos más delicadas… Choro mareador, que deje sin habla sin aliento, sin oportunidad a cerrar las páginas.

jueves, 2 de diciembre de 2010

De los maestros del cine mexicano (2)


Si quieres mirar mis cartas
tienes que pagar por ver
Martín contesta sereno
te apostaré mi mujer
tenía una mano segura
sabía que no iba a perder.
Los tigres del norte en «El tahúr»
Mario Almada Otero, según Wikipedia, tiene 88 años, y el 7 de enero cumplirá uno más. A diferencia de Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes, «Cantinflas», que nació en la Ciudad de México es norteño, de Huatabampo, Sonora. Su primer trabajo, Beloved Mother, fue en 1935, cuatro años después de que apareciera el cortometraje mudo de 17 minutos de Un perro andaluz dirigido por Luis Buñuel y con la colaboración en el guión de Salvador Dalí. Sin embargo, su verdadera producción parte en la década de los 60’s con el rodaje de tres cintas; cabe señalar que al momento en que eran sometidos, en Tlaltelolco, unos pocos estudiantes revoltosos, malagradecidos con el bendito sistema político mexicano, él participaba en El tesoro de Atahualpam. El número de filmes en los que ha tomado parte supera los cien. A pesar de la edad, este año intervino en un par: Mar muerto y El infierno. La primera está en post-producción, pero sé que fue rodada en el D.F., que dará vida a «Ulises» y que los adelantos son para vomitar. En la segunda todos pudimos apreciar su maestría en inigualable e insospechada escena para el cine mexicano donde hace de «el texano» traficante que vende alguna clase de mota con «el Benny» (Damian Alcazar) y «el cochiloco» (Joaquín Cosío). ¶ De Mario Almada poseo, en términos concretos, dos cosas. La primera es un recuerdo. En casa del «Colchas» tuvimos, hará cuatro o cinco años, varias personas una especie de encerrón para ver cine mexicano. En la selección apareció, por la dirección de Ruben Galindo, «La banda del carro rojo» (1978); de ella aprendí que los narcos son creativos pa’ llevar y traer y les encantan los burdeles y «pistear» (verbo conjunto que fusiona dos actos: «pist» y «ear», «pist» de pisto, vino y «ear» de andar, caminar; ergo «pistear» es tomar vino andando), que hablan fuerte, con lenguaje altisonante acentuaando el norteeño, siempre pistola en mano y que traen unas viejas carnosas de pasado trágico y muy gastadoras pero que lo recompensan con ropa ajustada, breve y mucho amoor. La segunda es un objeto. Una playera morada con la cara del tipo encañonando al de enfrente, con un automóvil ochentero, de esos de trompa larga y sillónsotes como pa’ ponerlos en la sala principal y cajuela suelta y presta a los arrumacos. El que sea amigo de mi padre es cosa aparte. ¶

martes, 16 de noviembre de 2010

De los maestros del cine mexicano (1)


Sin lectura misógina/feminista

Debí tener no más de ocho años cuando me enfrente a una de las realidades más frías y exactas de la vida. No fue por un discurso de mi padre, los abuelos o el tío sabelotodo. Tampoco mi madre tuvo que ver, ni lo hallé en alguna lectura, menos pude escucharlo de alguna plática de adultos en la calle. Fue en el cine; en una de esas funciones matutinas a las que los padres nos llevaban los domingos; pagaban el ticket, en la entrada daban algunas monedas para caramelos o palomitas de maíz y proporcionaban instrucciones para el comportamiento dentro y fuera. No recuerdo bien a bien la fecha, pero tengo claro que fue antes de cursar el sexto grado de la primaria porque para entonces ya me hacía un experto en el tema. ¶ En 1972, Rodolfo Guzmán Huerta (1917-1984), «Santo, el enmascarado de plata» se enfrentó a las mujeres lobas. Esa épica batalla la llevó al cine con la dirección de Jaime Jiménez Pons y las actuaciones de Rodolfo de Anda, Gloria Mayo, Jorge Rusek [sic], Federico Falcón, Eika Carlson, Nubia Marti y no sé cuántos más. Como en toda la filmoteca del ídolo; apareció con un auto descapotado de dos plazas en colores vivos andando por la ciudad o carreteras a velocidades considerables. No redactaré un abtract; el objetivo dista -además que es parte de la noción popular la anécdota-. Tampoco hablaré de la calidad de los diálogos, del trabajo de imagen, de los efectos visuales, de la moda del tiempo o de la intriga. ¶ Esa película, afirmo en las primeras líneas, me enfrentó a la fría realidad proporcionándome verdades innegables:

  1. que toda mujer, bonita o no, lleva un monstruo-bestia dentro, el cual es incontrolable e irracional,
  2. que para «enfrentárteles» es necesario ser de «plata»: ergo tener dinero, evidenciable en el poder adquisitivo (máscara de plata -no de barro-, autos de lujo –jamás un bocho-, casas suntuosas –nunca el depa en Gabilanes-) y otros detalles (poder pagar gimnasio para tener un cuerpo «descentre» en la batalla –nunca un flaco pelea y los gordos traen playeras que los ocultan),
  3. que «verbo mata carita», pues importa poco ser guapo («Santo» era tan feo que ocultaba su rostro) sino tener sus propias mañas. Una de ellas: demostrar seguridad en todo momento a pesar de que se vengan los chingadazos contra un montón de fieras y sea casi imposible salir librado. Otra de ellas: tener algo de excéntrico, en este caso la capa o pantalones ajustados o trajes de seda brillante. Una más: contar con el «toque impredecible», Santo «volaba» encima de ellas y tenía una voz ronca, bien perra –varonil aciertan los cánones de conducta-.

Aclaro, el film debí verlo en esas infinitas repeticiones, que fueron más de tres veces entre la matiné escolar y las tenaces duplicaciones en televisión. Aclaro, aumentando la lista, que, en 2012, de ser el primer Senador independiente en la República –electo no por sufragio sino por aclamación popular- llevaré como propuesta de ley que «Santo contra las mujeres lobas» deberá obligarse su reproducción por lo contundente de su enseñanza en las secundarias en la cátedra «Netas, amarguras y arte, a la que Samuel «el perro» Rodríguez propondrá un proyecto nacional –a su tiempo, claro está-.



jueves, 11 de noviembre de 2010

StanciaStarbuksSacatecas

imagen: letraslibres.com
.el.mayor.espectáculo.del.siglo.XXI.
Opté por sentarme un uno de esos escritorios compartidos. Se encontraban dos personas; sobre la cabecera, una joven mujer con su iPod, celular y notebook, en un costado, un obeso y blanquísimo hombre pegado a su Mac. Ambos, era notorio, llevaban tiempo ahí; por la cantidad de vasos y platos podría adivinarse, al menos, media hora entre desayuno y conexión web. Ambos, también evidente, no se conocían; habían llegado a ese lugar al igual que yo, por su lado, con su tiempo, a fines prácticos individuales. No buscaban flirtear, amistades o sabores-olores estimulantes. ¶ Era el único con un libro -no sólo en la mesa, podría apostar en el lugar-. Sólo «café del día», grande, que me deje leer sesenta-noventa minutos. Ya con libro y café, ya ocupando una silla, ya llenando el espacio necesario para que los tres seres en la mesa no sintiéramos ahogo. En sesenta minutos no pasó nada. Se escuchaban risas, platicas, entonaciones; muestras de comunicación de las mesas y sillones circundantes. De pronto, el tipo obeso-blanco cerró la lap, desconectándola y guardándole en un pequeño maletín. Se levantó haciendo el ritual de salida. Dirigiéndose, antes de salir, dijo a la señorita: «que termine pronto» y siguió su camino. Absorto en mi lectura me detuve: «no me dijo nada, de mí no se despidió» ¶ El golpe fue simbólico y directo: ¿qué hace un hombre en un café con un libro? En México no se lee y –acotación- menos en los cafés. A diferencia que en Europa, escribe Steiner, el café es sustancial para entenderla, acá parece que es para otras cosas, menos para la identidad cultural-intelectual. El café sirve para hallar los amigos, para citar los negocios, para comentar la política, para tramar el mundo, para comer, para beber cien tipos distintos de líquidos pero no, ¡ho, pecado capital!, para estar solo, leer, buscar ese otro mínimo cuerpo que recuerde los principios de la sociabilidad. No, acá el café no es para leer; es para conectarte a la red gratuita, para sorber bebidas dulces, para charlar palabras que se disuelven en el aire de los caminantes, para hacerte ver, para el oasis de las clases sociales. ¶ Leer es hacer nada: inmovilidad total, desapego a los cánones económicos, pérdida de tiempo, efecto de improductividad, el desperdicio total de una vida que de paso respira el aire de los que sí hacen algo. Leer en público es el cinismo máximo; la desvergüenza del grosero que grita leperadas para saludar, el albañil que no deja pasar falda alguna, el político corrupto que sirve a propósitos deshonestos, el novio que miente para obtener sexo de su pareja, el maestro de primaria que en el salón de clase está preocupado por sus goces sindicales. Leer, está bien; todos tenemos una vida privada e íntima, eso es un tema; halla en la soledad donde nadie debe-puede saberlo. Leer en público es destapar coladeras delante de todos, frente al mundo darte un balazo, inmolarte por el color azul… ¶ Aún, sabedor de la transgresión pública de la que soy partícipe he decidido, para los miércoles, asistir a mi propio show público: enrejado, con la mesita delante, en un cómo sillón, invito al público a buscarme, a verme, a asistir a la jaula del lector, como lo hacen los niños frente a la jaula de los tigres. Fuera, pondrán letreros magnificentes: «¡Único espectáculo! Sólo los miércoles de medio día. Un hombre que lee un libro»…

viernes, 29 de octubre de 2010

Hollow Talk

Tomado, muy probablemente, con un celular, el video presenta más de trescientos mil pájaros reunidos en una hora indeterminada del día. El original dura apenas un minuto, con un cielo de fondo que bien puede ser el amanecer o el atardecer. De fondo se escucha el viento y en ocasiones algunas voces ilegibles. La imagen es una y mil; un baile entre las aves que a nuestra mirada crean formas para incitar la imaginación. Van, suben, parecen olas debajo las nubes; se esparcen, vuelven, bajan; se concentran, se poseen, el arrastre; son monstruos, se dejan, animal marítimo que se presenta multiforme. Hermosa maravilla a nuestros citadinos ojos, es la presencia innata del creador único de mitos que, a la distancia, nos muestra un río, algunos árboles lejanos y lo que puede ser una cabaña… Luego, en otro video se le ve reproducido cinco veces en «T.R.», con la música de Young Believer en «Hollow talk». La sinfonía es un todo diálogo; fusión sincrónica de/entre imagen y sonido.

sábado, 9 de octubre de 2010

Amargadeces de la limpieza bucal

¿En qué se piensa cuando se está en el consultorio del dentista?
En la etapa de chistes malos, gustaba del: «de no ser esto, hubiera elegido la ginecología. De no ser rico sería, al menos, feliz» y de ahí devenía otros, igual sobre oficios y trabajos, que terminaban en el «ser dentista no puede ser del todo bueno; eso de andar en boca de todos…». Alguien me dijo que reflejaba miedos con esos comentarios. Nunca dije que no. <> Ahora, sentado-recostado, mientras escuchaba el taladro partir la muela que me había hecho imposible la vida un par de días atrás, no podía pensar nada. Nada apareció cuando las inyecciones anestésicas, nada apareció cuando el martilleo, nada cuando el médico presionaba sobre mi quijada. Nada, nada a pesar de la fuerte luz de la lámpara sobre mi rostro. Lo que apareció fue un alivio cuando el asistente me vio e hizo la mueca de «fue todo». Y, así, nada me vino a la mente… <> De esto, entiendo que no soy parte de ese 8 o 15 por ciento de personas que le tienen fobia al dentista. Pero sí sé que soy ese otro parte del porcentaje que presenta ciertos malestares y ansiedades. No, no padezco «dentofobia». Pero sí padezco recelos y miedos con el dentista… <>

martes, 28 de septiembre de 2010

Re-Neo-Costumbrismos

Max Hartshorne photo

Amargedeces del celular

Es de pésimo gusto el sonar del timbre del celular. Aún cuando, puedo entender, las personas utilicen el tono porque se encuentran lejos de su móvil, sigue pareciéndome exótico. Aún cuando, trato de ponerme en el lugar, las mueres que lo llevan dentro de su bolso y sea la única forma de atenderlo, continúa dándome la impresión de estar frente a personas desconsideradas. Quizá deba utilizarse el motivo auditivo por [in]cultura, costumbre o ignorancia de cómo deshabilitarle, quizá, y este es el motivo que «más mejor» alcanzo a percibir, sea por una necesidad, imperiosa y descontrolada, de llamar la atención o hacerse presente a costa de los oídos, la tolerancia, de los presentes. Peor los que, además, lo portan en la cintura, para ellos ni siquiera tengo palabras…

Seminario de Literatura Mexicana