miércoles, 30 de mayo de 2018

Salvar la ciudad


conjeturas inacabadas sobre las ferias de Libros

Edgar A. G. Encina
Profesor-investigador de la Unidad Académica de Letras, Uaz,
Conductor de la columna universitaria para radio y multimedios «Certezas y Paradojas»
Artículo publicado en la revista Crítica. Fondo y forma.



Cuando un concierto va de malas los que anuncian la noticia dicen que fueron apenas mil o tres mil personas. Poca cosa para las multitudes que van a corear las canción que se les han pegado. Todavía con que fueran cien, para los que tenemos gustos no tan masivos, el número es un escándalo si lo llevamos a un concierto de «música clásica», a la inauguración en alguna galería de arte o al aforo en una presentación de libro. Si fuera un concierto sinfónico, la presentación colectiva de algunos artistas consagrados o la lectura de los poemas del reciente premio nacional y allí estuvieran más de cien individuos, hablaríamos de borbollones, un acto masivo, el evento de la década. Aún, a nadie le molesta que allí acudan 25 seres, porque sabemos que las cuentas salen sobrando, porque la cultura se mide cualitativamente. O, al menos, eso deseamos creer.
Apliquemos la tesis a cualquiera de las 153 Ferias del Libro que según el Sistema de Información de México [sic.cultura.gob.mx] se celebran al año. Sólo habrá que dejar de lado los escasos éxitos de Guadalajara [www.fil.com.mx], Minería [filmineria.unam.mx] y Monterrey [www.feriadellibromonterrey.mx] que —por cierto— son organizadas por las Universidades más prestigiosas del país. Las demás, en Oaxaca o Mérida, en Puebla o Mazatlán, en Guanajuato o Xalapa, en Tijuana o Colima, los éxitos son medianos. Entiende —lector— por éxito la cantidad de libros ofertados y vendidos, porque las presentaciones, talleres, conciertos y demás actividades son la cobija de un cuerpo que anda semidesnudo. Son ferias de éxito mediano porque —invariablemente— terminan superponiendo en las explicaciones el valor del ambiente, la inmediación cultural, las relaciones entre autores locales y nacionales, sobre el importe de los números. Es verdad, la ciudad se viste de festival, pero el festival acaba.
Ahora, pensemos en la Feria del Libro y la Lectura Zacatecas 2018 dedicada a Amparo Dávila (Pinos, Zacatecas, 1928), autora de los Arboles petrificados (Joaquín Mortiz, 1977) y Salmos bajo la luna (El Troquel, 1950), y conjeturemos. El ambiente del mundo del libro es catastrofista desde finales de la década de 1980 porque las cifras, estadísticas y análisis, profetizan su crisis. Por un lado, se dice que el libro físico desaparecerá pronto, frente a la supremacía del digital que gobierna nuestros móviles, tabletas y ordenadores. Por el otro, la desaparición de editoriales independientes y librerías de barrio alertan al mercado, prediciendo con alta voz que nadie quiere libreros, que es tema muerto, que a otra cosa y menos lamentos.
Algo es cierto, en Argentina el libro digital ha ido del 20 al 30% de las ventas dice Andrés Krom, en «Crisis y reconversión editorial…» (La Nación, 2 de mayo de 2018), y en México nada nos lleva a pensar que las cifras difieran mucho. El impulso que recibe el digital ha llevado a edificar en los países más civilizados bibliotecas sin libros, un sinsentido aunque se explique. Así que, para ¿qué ir a una feria de libro?, si es posible adquirir cualquier título desde la comodidad del sillón, en un clic, sin necesidad de trasladarme y soportar los soporíficos vientos de mayo.
Aún, con esos y otros factores no citados, los necios continúan organizando ferias de libro, conciertos en teatros, exposiciones en galerías. Es un tema de consumo; los libros, la música y el arte, son productos que tienen valor de mercado. Aún, al tiempo, éstas celebraciones permiten pensar y re-significar los espacios físicos, como la ciudad, los elementos humanos, como los autores locales, y las disposiciones, como los libreros foráneos. Pienso que en esas actividades están la respuestas —en parte—a quién o qué «¿Salvará a las ciudades», según cuestionó Joan Subirats (La Vanguardia, 13 de mayo de 2018). Seguro los libros, junto a creadores, libreros y lectores, contribuyen al salvamento del lugar porque allí, casi en susurros, se dialoga sobre las definiciones del país que es y vendrá, porque su latir refleja el contexto artístico-cultural de un sitio vivo o desahuciado y, sobre todo, porque —junto a las Universidades— son los espacios para contemplar, meditar, entender, gozar y vivir la igualdad, diversidad y autonomía ciudadana.


Un libro sobre los Servicios Bibliotecarios en Universidades


11 Lecciones para la Biblioteca Universitaria


Edgar A. G. Encina
Profesor-investigador de la Unidad Académica de Letras, Uaz,
y conductor de la columna universitaria para radio y multimedios «Certezas y Paradojas»
Artículo publicado en la revista Crítica. Fondo y forma.



La librería «Spleen & Ideal» de Xalapa, Veracruz, ha puesto en mis manos una rareza. Se trata de un libro de 110 x 170 mm., 96 páginas y editado en 1959 por la Imprenta Universitaria bajo la dirección de Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, 1923-2013), poeta que recuerda que «No es una desgracia abrir los ojos | ni tener despiertos los deseos | y estar triste y solo y pensando». Se trata de Servicios Bibliotecarios en Universidades de Alicia Perales Ojeda (México, 1922.1994). Al libro lo acompañó una postal de la Ciudad de las flores y la tarjeta de presentación del negocio.
La autora, por un lado, fundadora del Colegio de Biblioteconomía y Archivonomía de la Facultad de Filosofía y Letras, en la Unam, destacó por su producción cimentada en la enseñanza e investigación de las materias. «Crear, desarrollar y mejorar», ha escrito Meneses Tello (Boletín del ibb, 2013), fue el eje que llevó a Perales Ojeda a centrarse en el análisis de la bibliografía mexicana.
         La obra, por su parte, es clave para el entendimiento, la conservación, el fomento y la supervivencia de las Bibliotecas en México. Su división interna comprende «El servicio de consulta», «Es préstamo de libros a domicilio», «El servicio de libros en reserva», «El servicio de hemeroteca», «El servicio de material no impreso», «El préstamo interbibliotecario» y «El intercambio de publicaciones».
         Dije en las primeras líneas que Servicios Bibliotecarios en Universidades era una rareza porque en los catálogos de las instituciones de educación media y superior no se encuentra, ni éste ni otro de los títulos de la investigadora. Quizá haya alguno en la Biblioteca Pública Central Mauricio Magdaleno, pero sin catálogo en línea y con la carga vehicular en caos total ¿quién tiene tiempo? Aún, la Biblioteca Central de la uaz posee de Perales Ojeda La cultura biblioinformática septentional (unam, 1981), La cultura bibliográfica en México (iib, 2002) con presentación de Ernesto de la Torre Villar (Tlatlauquitepec, 1917-2009) y Asociaciones literarias mexicanas: siglo xix (Centro de Estudios Literarios, 1957). Así que, bueno, con presunción acoto; además de ser una rareza, también es una joya en los libreros de mi personal estudio.
¿Y, por qué es tan importante la edición, además de reseñar los servicios que puede ofrecer una Biblioteca universitaria, privada o pública? Estas son las lecciones que responden:
  1. Tradicionalmente, las bibliotecas universitarias han sido centros de erudición y de trabajo.
  2. En ellas se ha despertado el deseo de administrarlas y organizarlas cada vez mejor, desde todos los ángulos de su servicio.
  3. Estos propósitos de mejoramiento se ha filtrado a otros tipos de bibliotecas, por eso se dice que su adelanto técnico ha nacido siempre en el seno de las universitarias.
  4. En México, no puede ser de otra manera.
  5. Las conquistas de los servicios bibliotecarios se obtienen primero en la biblioteca universitaria.
  6. En México, la Asociación de Bibliotecas y Bibliotecarios de Universidades e Institutos de Enseñanza Superior tiene por objeto «resolver» problemas técnicos, económicos y administrativos.
  7. El profesorado, los laboratorios y las bibliotecas son para las universidades modernas el punto clave para su desenvolvimiento educativo.
  8. Las Bibliotecas Universitarias son el espejo del prestigio cultural e intelectual de sus instituciones.
  9. El adelanto de las diferentes técnicas de investigación da como resultado el horizonte de actividades de los profesionales bibliotecarios.
  10. Sin importar el tamaño, toda biblioteca moderna debe ofrecer el abanico de servicios aunque no los pueda establecer a la vez
  11. El impreso trata de señalar las mejoras que pueden hacerse en el servicio bibliotecario (en la década de 1960), conforme a las posibilidades de que dispone cada biblioteca.

Una acotación final.
Las bibliotecas del futuro cercano están transformándose. Responden a la alfabetización informal de la generación del milenio, una que no depende igual de los libros físicos como los lectores tradicionales. Las exigencias de esos nativos digitales se basan en demandar soportes que les provean mayores y mejores competencias para desarrollar otras habilidades. La metamorfosis gradual de esas bibliotecas, que en algunos países les ha llevado a diseñarlas sin un solo libro, pasa por el convivio de los libros y sus pares digitales, junto con una extensa plataforma de redes y servicios de internet de calidad. Seguro que en las Universidades se lo están planteando, aunque las penurias financieras lastren.



miércoles, 16 de mayo de 2018

Notas sobre el Maestro que salió de puntitas, como para no despertarnos



El rodeo, la deuda y la selfie


Edgar A. G. Encina
Este artículo fue publicado en el número 106 de Crítica. Fondo y forma,
y forma parte de  un número que repasa la trayectoria de Alejandro García Ortega.



En octubre de 2015, para ser preciso en el número 40 del primer año de esta Crítica. Fondo y forma, Alejandro García Ortega (León, Guanajuato, 1959) respondió un cuestionario que entonces titulé «La imposible vida sin literatura». Los tópicos fueron: ¿qué es la realidad?, ¿es la ficción parte de la realidad?, ¿cómo está presente la realidad en la ficción?, ¿cómo observa la academia a la ficción?, y ¿es la ficción la respuesta a nuestras preguntas? Se trataron de cinco preguntas que buscaban provocar al disciplinado académico, al escritor de ficción, al lector insaciable y al maestro que se convirtió en colega y amigo. Al tiempo, aludiendo a las Lecciones de los maestros (Siruela, 2011) de George Steiner (París, 1929), anotó sus «Cinco títulos para entender la vida»: Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato (Argentina, 1911-2011), Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa (Perú, 1936), Cuentos Completos de Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893), Poesía completa de César Vallejo (Perú, 1892-1938) y Los niños y la muerte de Elisabeth Kübler-Ross (Suiza, 1926-2004). En la relectura, pondero la necesidad bibliográfica de conocer las ediciones que pensaba, las que tiene en su biblioteca y las que entrañan profundos placeres.
De éste personaje hay muchos tópicos por escribir. Por ejemplo, que fue el maestro de casi treinta generaciones en la Unidad Académica de Letras y de sus clases, obras magistrales que acompañó siempre con un ensayo personal; del caótico orden en su escritorio y los enredos de su mítica biblioteca, abierta sin prejuicios y bondadosa para todo interesado; de sus labores como director y coordinador de cartera en el spauaz; de su obra y posición frente a la literatura y la lingüística, y del colega-amigo que —a propósito o no— invariablemente dejaba una lectura, un tema, un autor en la mesa —de tarea—. Aunque, claro, también están otros tópicos como tareas institucionales que van de la publicación de sus Lecciones, al abrigo de su biblioteca, que es la colección literaria-humanista más amplia en el centro-norte del país.
Al tiempo que escribo estas líneas, me es posible declarar que he leído sus Encuentros y desencuentros (acercamientos al campo literario en Zacatecas) (Ediciones de Medianoche, 2008), El problema de los bandos (spauaz, 2004), La noche del Coecillo (Tlacuilo ediciones, 2008), (Perdóneseme la ausencia) (uaz, 1983), La fiesta del atún (U. de Guadalajara | U. de Guanajuato, 2000), El aliento de Pantagruel (U. de Sinaloa, 1998), A usted le estoy hablando (Tierra Adentro, 1980) y Narciso y el estanque: indagaciones en torno a la literatura mexicana (uaz, 1998). Y, a la vez, revisar que en la mesilla de los pendientes están el Salsipuedes (Tlacuilo, 2007), Cris Cris, Cri Cri (Lectorum, 2004), El nido del Cuco. Escondrijos y vuelos de algunas obras literarias del siglo xx (Nuevas Letras, 2006) y Six de veinte (Taberna Libraria, 2016).
Escribir de aquel cuestionario, de los posibles flancos de escritura y de su producción bibliográfica ha tenido la intención de evitar hablar de frente sobre Alejandro García. Sin embargo, el rodeo ha sido inútil. Intenté esquivarlo por dos cosas. La primera, me obligaba confesar la deuda que tengo con él. En el cajón del escritorio están tres manuscritos inéditos que leyó en el Seminario «Manuscritos e Impresos; Lecturas, Lectores» de 2014, 2015 y 2016. Se tratan de joyas ensayísticas sobre el proceder bibliográfico, la cultura escrita y —lo más interesante— las claves para entender su construcción y proceder como bibliómano lector y maestro escritor. Esos documentos no han visto la luz pública y el pendiente se alarga. Seguro él entiende, sabedor como el mejor de las peripecias y entresijos que trampea la publicación de un libro.
La segunda, sugerir su figura como bibliómano y lector. En el otoño de 2015, en un viaje en tren de cinco horas que me llevó de Madrid a Bilbao para conocer su casco antiguo y el Museo Guggenheim [www.guggenheim-bilbao.eus], leí El último lector (De bolsillo, 2014) de Ricardo Piglia (Argentina, 1941-2017). Aquel libro me permitió varias reflexiones, una de ellas fue pensar la necesidad de reconocer, a partir de la confesión personal, los horizontes «lecturales» de nuestros autores. De vuelta, a los pocos meses, le comenté a Alejandro sobre este libro, del mapa que traza Jorge Carrión (España, 1976) en Librerías (Anagrama, 2013) y de la posibilidad de que su ponencia tuviera alguno de esos acentos. El resultado fue una selfie en dos textos que viajan por los libros fundamentales, las colecciones selectas que alimentan sus libreros y por las editoriales vivas y muertas que montan puentes entre autores y temas.
Al tiempo que redacto estas líneas, un alumno ha llamado a la puerta del cubículo. Pregunta por la validez de la literatura que se hace en Zacatecas. Seguro algunas arañas le caminarán en la azotea, pienso. Le miro sordamente y sin responder guió su mirada con el dedo índice a una sección del librero. Quieto, frente a esos libros, empezó a curiosear mientras espero que le descubra, maestro.



martes, 8 de mayo de 2018

¿A qué suena cuando suena el clarinete?

Tres imágenes para construir una figura


Edgar A. G. Encina
Este artículo fue publicado en la revista Critica. Fondo y Forma.




Las imágenes
Sentado en una de las butacas rojas que revisten la solemnidad del Teatro Fernando Calderón, al tiempo que el concertista principal hacía círculos y algunos movimientos siguiendo el compás con su clarinete, no pude dejar de pensar en las referencias inmediatas que me traía aquel «Concierto No. 2 para clarinete y orquesta» compuesto en «mi bemol mayor Op. 74» por Carl Marie von Weber (Alemania, 1786-1826), estrenado en el lejano Múnich de 1811 por Heinrich J. Bärmann (Alemania, 1784-1847). Era un sonido impar que hilaba delgado y aceleraba subiendo de tono, que se contenía en augurio de lo impensable y vibraba eufórico, que cambiaba de voz en un segundo y llevaba a la orquesta en su propio andar.
Abstraído, en medio de las siluetas delineadas por el clarinete similares a La gran ola de Kanagawa de Katsushika Hokusai (Tokio, 1760-1849), me vinieron a la memoria otros como él. Su estampa me hizo recordar al capitán Rodrigo de Mendoza, interpretado por Robert De Niro (n.y., 1943) en La misión (Warner Bros, 1986), al joven de La balada del clarinete (Vivelibro, 2016) de José Luis Muro Fernández y el revoloteo de sonidos en El concertista d’ocells (Estrella polar, 2010) de Josep Francesc Delgado Mercader (Barcelona, 1960).
De La misión, dirigida por Roland Joffé (Londres, 1945) e inmortalizada con «On Earth As It Is Heaven» y «The Mission» de Ennio Morricone (Roma, 1928), me vino la memoria de aquel desgarbado hombre cargado de pesadumbres y convertido por la Compañía de Jesús que, recorriendo la selva, con su instrumento musical logra catequizar aquellos indígenas. El hechizante acto de llevar la música como purificación y apuesta para comunicarse, en medio de las pugnas por el control de los territorios americanos entre los reinos de España, Portugal y la injerencia de la Iglesia católica, deja correr las posibilidades de redención y de contacto que una melodía puede alcanzar.
De La balada del clarinete volvían los ojos abiertos como plato del cabo músico al que sus compañeros de la armada española, viajantes en el velero «Juan Sebastián de Elcano», olvidaron en el puerto de New York. Es la historia de un chico de azorada mirada que, olvidado en el centro del mundo, rodeado por la novedad de los rascacielos y sin una moneda en el bolsillo, escribe su propia vida amorosa utilizando como palanca de vida el clarinete. Allí, en medio de una serie de vívidos relatos, la necesidad de la música como elemento imprescindible para resistir es la marca que se sugiere línea a línea.
De El concertista d’ocells retengo el canto de esos pájaros que juntos igualan una orquesta en el eco de los más terribles presagios. Ordenados por un oído privilegiado, Lin Zi había acomodado las jaulas de bambú habitadas por toda clase de aves cantantes por tono y potencia. El cielo, por su parte, lleno de los humores de la guerra se fue pintado en grises tonos a causa de los bombardeos japoneses. En medio y al final de todo esto, el alivio concertino de aquellos pájaros que soportaron pasmosamente el dolor de los hombres se regodea en esas páginas. Aquí, una y otra vez, vuelve una tonada que recupera la fe.

La figura
La agenda marcó el pasado domingo 22 de abril con el gran concierto de gala de la Orquesta Filarmónica de Zacatecas, que tiene por director general al maestro Antonio Manzo D’nes (Veracruz). El programa fue vestido, además del «Concierto No. 2 para clarinete y orquesta» de von Weber, con Obertura Mexicana de Rodrigo Lomán (Veracruz, 1986) y Sinfonía no. 5 en Re Mayor Op. 107 de Félix Mendelssohn (Alemania, 1809-1847). El sentido del repertorio equilibró en dos partes y liberó en el centro. Equilibro al principio, con la obra ganadora del 2º Concurso de Composición «Arturo Márquez» para Orquesta de Cámara 2015 (inba y Partonato del Centro Cultural «Roberto Cantoral») estrenada el pasado diciembre en Xalapa, Veracruz. De igual forma, al final con una de las mayores expresiones musicales del espíritu protestante europeo del siglo xix que, a la vez, garantiza por el compositor la buena recepción del concierto.
Al centro del programa, liberado de los pesos nacionalistas y las connotaciones religiosas, el concierto para clarinete. El programa, que se había vestido con las fotografías del clarinetista César Encina (Zacatecas, 1974) y el director Lanfranco Marcelletti (Brasil), vio en ese espacio reunidas a las dos personalidades que ataviaban el evento. Allí fue donde las imágenes del clarinetista se conjugaron con las del aventurero que se redime y conquista, con el soldado abandonado que resiste alejado de toda batalla y con el educado oído de aquel oriental que, en medio de la guerra, continuó el concierto. La fusión, que no debe dejar pasar la efusiva expresión corporal del director, permite reconocer la figura legendaria que los músicos, junto a los poetas y algunos pintores, han creado para sí mismos.
Ese domingo estuvimos no sólo frente al reconocimiento público de los más selectos y experimentados músicos concertistas y de academia en Zacatecas a Encina. También, presenciamos un relato más en la historia que narra la evolución, la labor y la calidad del mejor clarinetista zacatecano y uno de los mejores en México. No se trató de un momento iniciático, en todo caso fue —al tiempo— la reafirmación pública y adjetiva de la excelencia del clarinetista y —para mí— la recreación de su figura. Queda aún en el teatro el sopor que augura un futuro glorioso.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Notas a las Estancias críticas de Esquivel Marín y Acosta



El océano frente a la arena


Edgar A. G. Encina

El artículo fue publicado en la revista Crítica. Fondo y forma





Fue en la 11 Bienal de Radio, celebrada en octubre del 2017 en el auditorio del Sizart. Al sentarnos, lo pasó tan rápido como se cruzan los contrabandos entre las fronteras, al tiempo que dijo: «seguro éste no lo has leído». Tenía razón. Estaba enterado de su existencia, así que su llegada fue de cierta manera satisfactoria; ya no tendría que rastrearlo, ubicarlo y adquirirlo.
Ligero, con la cubierta entintada en negro y la portada de una serigrafía, Estancias críticas. Trayectos desde Velarde, Reyes y Paz (Uaz, 2017) de Sigifredo Esquivel Marín (Pinos, 1973) y Javier Acosta (Estancia de Ánimas, 1967), es una lectura de apariencia liviana. No se engañe. El corpus lo compone «Abc para una crítica festiva», «La enemistad entre López Velarde y Alfonso Reyes –a la luz de un poema de Borges», «Reyes y Paz: la estafeta crítica«, «Octavio Paz: crítica, poética y poesía», «(In)actualidad de Octavio Paz» y «Epílogo: instantáneas sobre crítica y poética».
Sigifredo tenía la razón. Para entonces aún no había leído ese libro que lleva en la portada tres peces que aparecen en un juego circular propuesto con las posibilidades tonales y espaciales de los espejos. ¿O son tres cuadros en la misma escena? En todo caso, allí habita una «especie de quietud [que] brilla cerca del fondo y desde lo incierto un algo brilla que no proviene de aquí, ni de mí, sino de Dios», escribió Paul Klee (Suiza, 1879-1940) en sus Diarios (Era, 1970).
Luego, antes de abrir las Estancias críticas se impone preguntarse ¿cómo se escribe un ensayo, un libro a dos manos? Es decir, ¿empieza uno y ya caminado se lo manda al otro?, ¿o se sientan juntos frente al ordenador y avanzan según el timing del momento?, ¿o cada uno, con una idea preestablecida, redacta varios textos para luego reunirlos, corregir e intentar coincidir en los acentos discursivos? En fin, ¿cómo se conjuga ese «devenir intempestivo», en poco más de cien páginas, entre un autor que va más para la filosofía y otro que camina alegremente con la poesía?
Inspeccionar las formas de la estructura arquitectónica de la obra va más allá de imaginar las maneras de cómo los autores definieron intereses, compartieron bibliografía y escribieron cada uno de los seis ensayos desde su «saber vivencial singular». Examinar estas formas es un intento por descubrir cómo se conjugan los ritmos y los tiempos; cómo se traza la simetría entre lecturas y escrituras; cómo coinciden relatos y narrativas, haciendo posible el convivio de dos pensamientos «vigente[s] e inactual[es] al mismo tiempo».
El oficio crítico y sus pretextos como modus vivendi son el motor rumiante de las Estancias…, porque: «La crítica está permeada por una paradoja: es una suerte de mal necesario. Resulta indispensable porque el hombre siempre es doble: su ser y su espacio; hay un compañero fantasma que camina adelante, y siempre lo deja a la zaga. Somos acción y contemplación, actor y espectador, poética y crítica».
         Y, en el camino de esa paradoja que se extiende de lo íntimo a lo tangible, encontraron, como el océano frente a la arena, que sólo desde la literatura y el arte era posible apreciar el fondo y Ver –con mayúscula-. Porque: «Las verdades que exhibe la literatura muestran la desnudez, mezquindad e insignificancia de toda verdad humana que se quiere definitiva e irrefutable. Frente a las verdades de pacotilla del sentido común, las verdades literarias y artísticas nos muestran otro orden y sentido de la verdad desde su fuente primigenia y descubrimiento de la significación de una condición humana limítrofe y padadojal».
         Es, luego, que la literatura provee a Esquivel y Acosta de lentillas para la crítica, y es la crítica, junto con la lectura, quien les alimenta para tomarse las precauciones, en caso de que algún alumno revolucionario decida apagar las luces. La engañosa ligereza de la obra se espesa en la cadencia que imponen, porque a cada línea le obligan a repensarse, a releerse, a criticar a sus autores.




miércoles, 28 de febrero de 2018

Breves comentarios al fin de la segunda época de La soldadera



La imagen es crédito de Eduardo Román Quezada



Ícaro planeador para esta tragedia bizantina



Edgar A. G. Encina
Este artículo fue publicado en la revista Critica. Fondo y forma 


«Instantes sensibles» de Eduardo Román Quezada (fotografía), «La última y nos vamos. La Soldadera segunda época» de Yolanda Alonso y Miguel Ángel Cid (carta editorial y fotografía), «El paraíso perdido. John Milton» de Nathalie Fabela Enríquez (ensayo), «Carta a un suicida» de Ingrid Valencia (poema), «Museograbado» (reportaje), «¡El Torque va!» por Luis Miranda R., (poema-epístola), son los trabajos, las escrituras y las imágenes con que La Soldadera concluyó su «segunda época» el 19 de febrero de este 2018.
         Sus editores se despidieron así:
«Hacemos un alto en el camino para despedir la segunda época de La Soldadera, –acaso venga una tercera-, que inició el 5 de octubre de 2014 como un acuerdo de colaboración entre El sol de Zacatecas y Policromía Servicios Editoriales. Hay que mencionar que fue un trato desinteresado, Policromía ponía el trabajo y la creatividad y el periódico cedía cuatro páginas de la sección de sociales, es decir que no hubo nunca una remuneración económica. Fue así como trabajamos hasta el pasado domingo 11 de febrero de 2018, editando 136 números que se publicaron, tanto en formato digital como impreso, en la edición dominical de El Sol. Este número sólo se publicará de manera digital, debido a diferencias de criterio con la dirección del periódico, mismas que nos llevaron a la decisión de no continuar con el proyecto, ya que sentimos que la directiva tiene poco aprecio y valor por lo que La Soldadera suma y aporta a su medio».
«A la fecha el suplemento ya ha sido tema de investigación de dos tesis de licenciatura, el año pasado obtuvo el premio estatal de periodismo cultural en la categoría de foto. Sin mencionar la cantidad de colaboradores noveles y consagrados que han pasado por nuestras páginas, y que seguro lamentarán el cierre del suplemento, como los más de nueve mil lectores que tenemos a través de internet. Hay que recordar los cientos de escaparates que han circulado y han sorprendido la retina del lector, imágenes que vinieron por supuesto de Zacatecas, pero también de México y allende las fronteras como La Habana, Tokio y Siria».
«Hace 17 años quienes firmamos esta editorial elegimos el camino de la edición y de la comunicación, nuestro motivo fue, y es, hacerlo de manera bella e inteligente. Aunque nos desalienta este revés, sabemos que hay un campo lleno de posibilidades para cultivar y cosechar».
«Dejamos aquí nuestro agradecimiento a El sol de Zacatecas, que fue nuestra casa por más de cinco años y a todos nuestros cómplices de antes y de ahora».

Esta Soldadera, que antes tuvo otros nombres y editores, es la presencia física del impreso cultural más longevo de su tipo en Zacatecas. Los honores por antigüedad los comparte sólo con la revista literaria Dos filos, editada por José de Jesús San Pedro desde 1974. Ambas publicaciones, además de contribuir en la literatura regional con dilatados directorios de colaboradores, son dignidades de extendida sobrevivencia que han sorteado vientos políticos, avatares sociales, disputas institucionales, mutaciones formales, contrariedades económicas y celos personalísimos.
Un valor extra es el contrapeso que aportó al ser en la actualidad uno de los tres suplementos culturales más influyentes en la ciudad. Su contribución de equilibrada tonalidad que apostó por las nuevas visualidades y la apertura a las narrativas experimentadas y nóveles, permitieron encontrar colores en el vacío, voces en el silencio, imágenes de la ensoñación de este semidesierto. Fue, hasta apenas un par de semanas atrás, una esquina en el triángulo por el que los escritores y lectores viajábamos; yendo, volviendo, trazando caminos en un mapa que los historiadores verán cautivados.
Este «alto en el camino» conduce innegablemente a la reflexión empresarial. Con este movimiento en el tablero, el diario descubrirá que el tema financiero es menor cuando, así, fracasa en su credibilidad, disipa su trascendencia, malgasta su influencia y, sobre todo, abandona a sus lectores. Si la intención es ganar posiciones, perder el alfil no es la jugada que abrirá el tablero; ya veo como los otros jugadores adelantan sus piezas. Eclipsado, el rey se enroca.
Empero, nada es comparado con la imposibilidad de escribir y de leer. El tema mayor es la censura a la que un mundillo de más de «nueve mil» personas hemos sido orilladas. Se incendian bibliotecas, se abaten esculturas, se destruyen museos, se compran consciencias, se empuja al filo del risco. Si a usted no le gusta, si las ganancias le son insuficientes, si su estulticia le impide entender los símbolos trascendentales, entonces préndale fuego, demuela, sacrifique. Con todo, los lectores sobrevivimos a esta bizantina tragedia igual que Ícaro planeador.



miércoles, 17 de enero de 2018

HADOS Y ESTRELLAS: LAS VICISITUDES DE UN LIBRO


Edgar A. G. Encina

Este artículo ha sido publicado en dos partes en la revista Crítica. Fondo y forma



Uno
De cómo llegaron Los primeros editores de A. Marzo Magno


«Cada libro tiene su destino. Cada lectura su historia». Así, más o menos, dice el adagio con el que algún librero de viejo te va a pregonar. Infalible. Lo sé de viva experiencia. Esa frase, palabras más-menos, es en sustancia la perorata que he escuchado en más de diez distintos locales, en dos continentes diferentes, en más de cuatro países. Aún, mi dealer la pronuncia de vez en cuando y yo, refunfuñando el sermón, le sonrío como quien lo hace al gritón de la biblioteca. Honestamente, eso lo sé. Que cada libro tiene su destino y cada lectura su historia lo entiende y lo vive en piel viva todo lector; lo que pareciera fastidiarme es que lo digan como si de esa boca emanara sabia pura de la piedra filosofal. El libro que llega a ti, por descarte, no le llegará a otro, como no han llegado cientos de títulos a tu biblioteca. Es lógica. Es vida.
Pero, la vida me ha dado un bofetón del que no me repongo del todo. La historia va:
Graziano Olia, sabedor de mis intereses lectores, a finales de agosto me mandó el link de un libro que se presentaba en la Biblioteca Nazionale Centrale di Roma. Se trató de L’alba del libri: quando Vnezia ha fatto leggere il mondo de Alessandro Marzo Magno (Venecia, 1962), publicado por Garzanti Libri en su colección Elefanti Storia. El evento era un reconocimiento al autor que es una institución en ese país y una celebración por la extraordinaria aceptación que la obra tuvo en 2016. El impreso me encantó de ya. Como agua de lluvia, dos días después Mauricio Flores, más provocador, me mandó una foto por WhatsApp, con la portada de Los primeros editores traducido al castellano por Marilena de Chiara y publicado en Malpaso este año. Sorprendido y algo envidioso, comencé el rastreo. No me fue fácil. Usted lo sabe, aún con la hipermodernidad del siglo xxi, todavía nos es posible sentir los límites y las fronteras de vivir en Tierra adentro.
Nada. La librera local no tenía idea de su existencia. Nada. Gandhi, El sótano, El péndulo y dos o tres librerías más no lo tenían en stock. Sólo Amazon lo ofertaba. Me resistí, por no más de cuatro días, a que el gran conglomerado de las ventas tendiera sus redes sobre mi tarjeta de crédito. Escribí a los amigos en Madrid y Barcelona; todos dijeron igual, «pídelo a Amazon que te lo lleva rápido y serán menos pavos que si lo hago yo», sentenciaron como vocecillas de coro. El domingo decidí y el 10 de septiembre sucumbí. Entrado en gastos y sin Iraís controlando mis impulsos, también puse en el carrito cuatro títulos más de los que luego escribiré.
Sin embargo, pasaron los días y Los primeros editores y compañía no llegaban a casa. Luego de diez días decidí entrar a mi cuenta para hacer un seguimiento del pedido. Nada, que todavía tarda. Que está en camino. Que para la primera semana de octubre están los de paquetería tocando a las puertas de casa. Respiré hondo y le vi buena cara, pensé que era el entremés a la navidad, a la Fil de Guadalajara. El primero de octubre volví obsesivo y preocupado; me encontré con la novedad de que las fechas cambiaron. Nada, que para el 15 ahora sí está en casa. Refunfuñé y escribí un correo con serpientes y alacranes a Amazon, aún no responden. Llegada la fecha, el paquete arribo antes del medio día, pero tuve que esperar a la noche para verle. Y, ¡pum!, antes de abrirle, noto que el seguimiento postal marcaba sellos de España, Alemania, Portugal, EeUu (New York) Perú y, al final México. En ese orden, los libros que adquiridos, que todavía no eran míos, habían hecho una envidiable travesía. No culpe al gran consorcio, tampoco al servicio de paquetería. No culpe a nadie. Fue, simplemente, que los libros tienen su destino y esta lectura su historia.


Dos
De algunas cosas que tratan en Los primeros editores

AliosVidi
VentosAliasqve
Porcellas
Malpaso editores optó por Los primeros editores pensando, quizá, en que salvaría temas de mercadotecnia, posicionamiento, ventas y todos esos embrollos que rodean el contexto de la exposición-comercio del libro, cualquiera que sea. Optó por ello y atinó sin alejarse del espíritu de la obra que, en 2012, Alessandro Marzo Magno (Venecia, 1962) publicara en Garzanti Libri [www.garzanti.it] con el título de L’alba del libri: quando Venezia ha fatto leggere il mondo. De haberse apegado al original, me atrevo a traducir, hoy podría leerse como «El comercio de los libros: cuando Venecia leyó el mundo» o, con un algo de libertades, hubiere apuntado «Al alba del libro: cuando Venecia trajo la letra impresa al mundo» o, más almidonado aún, «…cuando Venecia creo la alegría para el mundo». Voy un poco más allá e imagino el momento con los editores y la traductora Marilena de Chiara, sentados a la mesa, debatiendo la decisión, con éstas y otras posibilidades. Al final, quedó ese título que opta por lo simple, breve y contundente, como un knock-out directo a la barbilla.
         Ahora puede leerse en portada dura, sobre un fondo negro, con letras en blanco y las manos de La virgen leyendo (1505, aceite sobre lienzo) de Vittore Carpacco (Venecia, 1465-1520), el título de Los primeros editores. Al libro en físico, que cuenta con 251 páginas pintadas en naranja en su borde frontal, se le suma el plus que incluye e-book, que puede obtenerse escribiendo el «…nombre y apellido con bolígrafo o rotulador en la primera página. Tome luego una foto de esa página y envíela a ebock@malmasoed.com>. [para luego] A vuelta de correo…» recibirlo gratis, advierten en la faja o cintillo. El epígrafe que abre el texto es de Groucho Marx (Eua, 1890-1977): «El libro es el mejor amigo del hombre después del perro», una máxima que también reconoce que «…dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer».
         Si se atreve, lector, a abrir este libro le advierto que no podrá cerrarlo. Es un documento de historia cultural que le abrirá los ojos como plato, un mapa antiguo que ha movido sus fronteras y lenguas confundiéndole en el tempo, una recreación Renacentista a través de algunas biografías de seres comunes con mucha magia. Es la Venecia de los siglos xv y xvi, la maestría mística de Aldo Manuzio (Italia, 1449-1515), la audacia epistolar de Pietro Aretino (Italia, 1492-1556), el primer Talmud impreso y un Corán perdido; es la edición musical con sus afanes mercantiles, la representación del priapismo en el Polifilo de Francesco Colona, las dieciséis posiciones sexuales de los Sonetos lujuriosos (1527) de Pietro Arentino y La feria de la Sensa que alimentó lectores ocasionales; es la feria de Frankfort que estandarizó la compra-venta, Claude Garamond (Francia, 1480-1561) que en 1540 es una especie de capo proveedor de todas las tipografías europeas y el Orlando furioso (1542-1560) de Ludovico Ariosto como el primer best seller en occidente.
         Le advierto, además, que es un libro priotity pass. Si los alemanes de la mano de Johannes Gutenbert (Alemania, ca. 1400-1468) conciben la imprenta, los italianos, en la Venecia de Manuzio, descubren cómo vender libros, pues allí se dio «…alta concentración de intelectuales, amplia disponibilidad de capitales y una alta capacidad comercial». Esos libros no sólo eran biblias y si lo fueron eran bonitas físicamente hablando; papel especial, letra distinta, ilustraciones únicas, tratamiento singular. Esos libros, además de biblias, eran Talmudes y Coranes que el papa Julio iii (Italia, 1487-1555), con sus ejército de censores, prende en la primera hoguera contra los libros escritos, el 9 de septiembre de 1553, al tiempo que cerró imprentas y prohibió lenguas heréticas. Así que no, señor lector; aunque usted tiene acceso, también tiene el desafío de los viejos vientos.

Seminario de Literatura Mexicana