miércoles, 8 de marzo de 2023

Mapear Lecturas. Sobre geografías, cartografías, tierras y lugares imaginarios

 




Mapear lecturas

sobre geografías, cartografías, tierras y lugares imaginarios

 

 

Edgar A. G. Encina

Una versión de este artículo ha sido publicada en la revista
Memoria Universitaria (vol. iv, no. 01, 2023)

  

Cuando niño tuve dos lugares favoritos. Uno era el taller del tío Tomás. Otro una especie de bodeguilla en casa del abuelo Juan Pablo. Ambos se situaban en segundos o terceros pisos y para llegar debía sortear las miradas inquisidoras de los adultos que, quién sabe por qué, no permitían la presencia infantil en esos lugares. El taller del tío era eso, un lugar donde él trabajaba en las tardes con madera, vidrio, pegamento y una radio que tocaba danzones o narraba algún deporte. La bodeguilla del abuelo servía como memorial poque allí se reunían trajes, uniformes, afiches y libros que en poco tiempo descubrí tenían todos historia particular. Eran lugares de triques, polvorosos, reinados por arañas e insectos, en los que sentía un especial resguardo. A veces gozaba más estando allí que en la rebanada del pastel cumpleañero.

Recuerdo escurrirme con lápiz, colores y hojas, y reaparecer horas más tarde para ser reprendido por el adulto al frente. Eran regaños indoloros que soportaba como buen soldado. Me escondía allí para dibujar mapas que nunca encontré. En un momento esos sitios tuvieron tráfico. Primos y hermanos llegaron motivados por The Goonies (Warner Bros, 1985), pero al cerciorarse que allí no se escondía el mapa del tesoro secreto de La Bufa pronto se fueron con su club y balón a otro lado para no volver a perturbar el sitio. El gusto por esos lugares donde podía trazar e iluminar mapas para llegar a territorios soñados que guardaban secretos como árboles-perros, piedras-parlantes o tónicos-espumeantes que me evitarían volver al hospital, por ejemplo, eran lo que recreaba. Territorios, regiones de una mítica personal que me desvelaban o no me dejan concentrar con las tablas de multiplicar.



    Guardar el secreto se complicó a medida que ganaba años y estatura, que al final no fue mucha. Al ingresar a la preparatoria dejé de esconderme para escribir mapas. Entrado en la universidad, mi habitación y un par de bibliotecas me cobijaron con el mismo cariño, silencio y respeto sagrado por la imaginación. Entonces que comencé a leer otros libros, más allá de los relatos en los textos escolares o algunas novelas y poemarios obsequiados. Las bibliotecas me dieron lecturas que de otra manera jamás hubiera tenido acceso. Entonces tomaba lo que fuere y lo leía con desparpajo como desposeído, pero algo me detenía. Todo el tiempo, al finalizar cualquier lectura advertía la necesidad de escribir su mapa; dibujar los espacios recién descubiertos para no olvidar que allí había algo y, sobre todo, que yo había dejado otro algo.

Aún guardo esa necesidad. Creo fehacientemente que toda lectura debe tener su mapa propio y único y que debe ser escrito con lápices, colores, montañas, ríos y la cruz del tesoro. Esta necesidad no me es única. La comparto con otros seres que, descubro entre líneas, tuvieron una infancia también alimentada por la fantasía y la literatura. Están, por ejemplo, The dictionary of imaginary places de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (Harvest Bok, 1999), Historias de las tierras y los lugares legendarios de Umberto Eco (Lumen, 2013), Cartografías imaginarias (siglos xvi-xviii) de Roger Chartier (Ampersand, 2022) o Geografía narrativa de una ciudad de Karla Ceceña (cultura-fonca, 2022). Estos títulos y una decena más que guardo en el estudio me han proveído de cierta tranquilidad no resuelta del todo. Con ellos descansa mi paz porque hay libros y lugares fantásticos mapeados, pero continúo sintiendo agobio por los que no. Por ejemplo, esta semana leo Sin justificar. Apuntes de un editor de Tomás Granados (Trama 2019) y tengo la contrariedad hormigueante porque entre sus páginas no se desdobla el mapa del tesoro donde el autor marcó ríos, puentes y escaldas y yo, yo pienso en «El tuerto» Willy y un barco pirata escondido aquí.

 










domingo, 19 de febrero de 2023

El centinela de saber es prisionero de sí mismo (catálogo de arte)

 


 

 

El centinela del saber es prisionero de sí mismo.

Catálogo gráfico

 

 

Iván de la Torre Cordero es un artista que se ha hecho a fuego lento y hoy (lunes 20/feb/2023) exhibe una muestra de sus labores en la Galería Universitaria Eme, a espaldas del Teatro Fernando Calderón (Zacatecas). A la exposición le acompaña un catálogo en el que participo con la presentación.






 

 

viernes, 10 de febrero de 2023

Red Gráfica Zacatecas, catálogo 2023

 

Red Gráfica Zacatecas

Catálogo de arte

 

Me celebro con la reciente aparición del catálogo de arte de la «Red Gráfica Zacatecas» (2023), donde participo con el texto «Eurídice en los infiernos». La carpeta da cuenta de la exposición «La libertad», celebrada en octubre de 2022 en la Casa Municipal de Cultura, donde participan 18 artistas representando talleres de la entidad. Agradezco al colectivo, a @Adrián Ruiz Esparza González y a @Marbella Melo, la confianza y los honores para participar en este potente proyecto.

Vale subrayar la aparición de este impreso digital que redondea el círculo creador y, al tiempo, condiciona a la aparición de próximas memorias. Generalmente asistimos a conciertos, obras teatrales y exposiciones gráficas que se diluyen en la memoria, con el tiempo. Este esfuerzo por mantener la obra y fijar su pertinencia abre el camino a que otros emulen la actividad.














 

jueves, 9 de febrero de 2023

Problemas de escritura: la firma


James Nares, I don’t know karate, 2005.


 


La firma
Problemas de escritura

 

Edgar A. G. Encina
Una versión de este artículo fue publicado en la revista QuehacerUAZ

 

 

 

Conocí la obra de James Nares (Inglaterra, 1953) a finales de 2022 durante una caminata decembrina. Habían pasado un par de meses de su exitosa instalación All I Know celebrada en la sede inglesa de la galería Kasmin. Su nombre se había revitalizado. Conocía por fotografías algunos de sus trabajos resguardados en colecciones públicas en museos y casas de arte, y verle en la realidad superó infinitamente las sensaciones. Reconoce la crítica el trabajo del inglés por el nivel de textura logrado, pues al elaborar él mismo sus pinceles alcanza mayor control de/en los trazos para dar con el relato deseado. Esto puede verse en cualquier imagen que encontramos en la web, pero como en toda manifestación artística la comunicación queda fraccionada. Es la traición del mensajero.

Olas espumosas, hierros retorcidos, retazos de tela que arrejuntan; no es posible saber estiran o aprisionan. Los dobleces, las ondulantes formas que hacen que la línea no se rompa, son al mismo tiempo sutiles y briosos; un secreto dilatado y desentraño, como una paradoja. Acordeón. He leído que la técnica de Nares se inspira en la caligrafía japonesa y que cada obra es creada en un solo momento, de golpe, justo como ahora hacemos al respirar, y pienso en lo tremendamente complicado que es llevarlo a la escritura. José Juan Tablada (CdMx, 1871-1945), el nombrado padre del haiku hispanoamericano, al respecto se miraba en un reflejo quebrado. Uno de sus poemas que más me ha atraído, «Hombre, árbol», esta escrito con la misma técnica:


Hombre, árbol

superior,

tus brazos, las ramas

tus pies, las raíces

tu rostro, la flor.[1]

Imaginemos a Tablada convertido en pintor, con el lápiz ha ido brincando sin despegar la punta de la hoja. Son pasos lentos, pesados, ancianos. En cada escalada, cuando debe pasar a la otra palabra o bajar a la siguiente línea adelgaza sin soltar. El fogoso rio se convierte en invisible hilo. Recuerdo que durante mi infancia sentía especial atracción por ver a los adultos firmar. Padres, abuelos, profesoras; sin importar andaba el mundo con una hojilla, la servilleta o retazo de periódico, pidiéndoles el autógrafo como un fan exaltado. En realidad, me importaban menos las palabras que los trazos. Aquellos que ponían su nombre con letra de molde, hilada, la que inspiró la cursiva de nuestros ordenadores, eran los que me conquistaban. Fijaba la vista en la mano, en los dedos, en la pluma, en la tinta corriendo sobre el papel. Encantamiento. La onda que llevaba de una letra a la otra me traía la sensación de corredura, como si viera olas levantarse o aves cayendo, nubes encimadas o aullidos que forman avenidas con los otros aullidos.

Paul Cladel, al disertar sobre «La filosofía del libro», ubica el tema de la siguiente manera: «Toda escritura comienza por el trazo de una línea que, unida en su continuidad, es el signo puro del individuo. O bien la línea es horizontal, como toda cosa que en el solo paralelismo a su principio encuentra una razón de ser suficiente: o bien vertical, como el árbol y el hombre, e indica el acto y enuncia la afirmación; o bien oblicua, y marca el movimiento y el sentido».[2] Pienso de vuelta en lo que me produjeron los trazos y el camino de la brocha de James Nares, que es como el acercamiento personalísimo a la firma, a la desusada escritura a mano que se sigue en paralelo, vertical u ondulada y si mi rúbrica tiene eso de acuoso, hilado como tejedora, y potente de lo que me fluye.












[1]     Cfr. José Juan Tablada, «[Hombre, árbol]» en Intersecciones. El alma en pena. Lectura digital en: https://www.iifl.unam.mx/tablada/interiores/poesia.php?pos=3&coleccSel=18

[2]     Paul Claudel, «La filosofía del libro» en la revista de la Biblioteca de México, núm. 49, enero-febrero de 1999, p. 51.

lunes, 6 de febrero de 2023

Problemas de liquidez

 


Problemas de liquidez

Un niño corre descalzo sobre el pasto jugando a aprisionar el aire entre sus manos. Toma vuelo e intenta saltar lo más alto que le dan las fuerzas para alcanzar arriba, allá donde el aire parece más limpio y azul; tomar un trozo de ese oleaje invisible por el que las aves se deslizan. Luego, con ambas manos, apresa una tajada de ese viento y lo encierra. Acerca esa etérea bola a su rostro y asoma el ojo por un rabillo que queda entre los dedos, pero no ve nada. Ve su carne, pero no ve nada. Al día siguiente abre la llave del agua del patio e intenta hacer pelotitas de agua. Con el agua atrapada en forma de bola siente en sus pequeñas palmas mareas que chocan entre sí. Vuelve a asomarse por el rabillo y, a pesar de que ve algo transparente, se le diluye. Ve su carne, pero no ve nada. Pasan los días y así, el niño, un día intenta coger al viento y el otro al agua. Sus desvelos están en asir lo invisible. Lo que siente, pero no ve, a excepción de su propia carne. Aire. Agua. Y nada. Aunque consigue ver el aire y el agua por un breve instante no alcanza a poseerlos. Agua. Aire. Se le escapan. Huyen. Se escurren. Ahora, sentado en el último escalón del portón de casa, espera a sus padres a que lleguen del trabajo. Tiene un deseo. No quiere pastel ni obsequios ni payasos ni fiesta. Anhela que el aire y que el agua permanezcan. Entonces María, la vecina de enfrente, ha vuelto de la feria y al bajar del auto lo hace con un globo rosa y este niño, ya sólo quiere que el agua se aquiete.

 


martes, 13 de diciembre de 2022

Melancólico marcapáginas

 

De enfermedades, marcapáginas y melancolías

vida librera

 

Edgar A. G. Encina

 Una versión de este artículo ha sido publicada en la revista QuehacerUAZ

 

 

La bibliofilia como enfermedad diagnosticada desde el siglo XIX atrae múltiples achaques una vez adquirida. No es sólo la acumulación de libros. Ojalá fuera tan simple. Generalmente se le acompaña de un par de manías más, acentuadas por tonos diagnósticos imposibles de arraigar, pues habría que extirpar piel, carne, músculos, venas, hueso. Por ejemplo, más allá de la tipología bibliófila que puede ser coleccionar literatura negra, novela policiaca y poesía amatoria escrita sólo en el siglo XVIII, al enfermo también le viene atesorar ejemplares con ciertas formas de encuadernación o venerar los títulos provenientes de una zona del mundo, un país, un taller o un tipógrafo. Otro ejemplo es que aquellos que van por literatura erótica también escarban en los teóricos del tema y luego, lo he visto, migran en conjunto a los afiches y posesiones de equis autor, las películas de tal propósito o a la lectura de ciertos libros sólo en determinado mes del año cuando la luna parece acrecentarse o tomar colores rojizos. Insisto, que lo de la bibliofilia es más complejo y casi siempre cosa seria con poco de danzón.

Para dar certidumbre a la hipótesis pondré un ejemplo más o menos novedoso y a la vez me desahogaré un poco.

La semana terminé de leer la Breve historia del Marcapáginas de Massimo Gatta, traducida por Amelia Pérez de Villar para Fórcola en 2020 y comencé a elaborar una lista de donación. Motivado por dos eventos, acelero el proceso de desprendimiento que imaginé más duro. El primero de esos incidentes es un cambio de aires; deberé dejar el cubículo en Letras y aunque la nueva oficina en Historia parece conciliar en medidas, me ha rondado la idea de dejar parte de la bibliografía acumulada los últimos años. Lo hago por salud y en simbólica retribución. El segundo, las afecciones; fue por allí de octubre del 2019 que me leí un cuento decimonónico donde la historia traza similitudes en los libros y las cucarachas. El texto demandaba, casi como regaño papal, que los libros debían mantenerse a raya o se corría el peligro de infestación. Eran tiempos en que asomábamos y escondíamos la nariz por las restricciones por la pandemia del Sars-Cov-2 de la Covid-19 y los libros acumulados amenazaban con salirse de los libreros, del estudio, a brotar como borbotones por toda la casa. En pleno papel de cirujano fui a por el tumor; en este momento me encuentro en cirugía, viendo por dónde y hasta dónde hacer el corte. Sin dolor, va.




Confieso que no soy el cirujano más confiable, pues he cedido a Alina las disecciones finas. Es cuidadosa, milimétrica, detallista. Va libro a libro, fichando y anotando particularidades. Por ejemplo, escribe si el libro tiene exlibris, marcas de lectura, maltrato o humedad; si están forrados en plástico o papel o no; si fueron adquiridos nuevos, en librería de uso, mercadillo, sábana callejera o de mano en mano; si fui yo el primer lector o existen rastros de otros anteriores y va poniendo en carpetas plásticas cuanto papelillo salta y marcapáginas brota, no sin antes anotar la página. Confieso que eso jamás lo hubiera podido hacer. El sólo hecho de pensar en destilar los separadores que utilicé estos últimos 10 o 15 años e ir catalogando me pone ansioso y melancólico; no sé si salir corriendo o rascarme las palmas de las manos o chillar desconsoladamente por esos amigos a los que ahora abandono a mejor suerte. Si hay dolor, pero va.




La Breve historia del marcapáginas en cuestión es un delicado impreso que llegó vía conexión aérea. Tardó quince días en cruzar el Atlántico y llegar a Tierra Adentro. Como una carta de amoríos, hice el pedido y quedé en espera de respuesta y de llegada. El libro tiene rasgos excepcionales porque del tema poco o nada hemos escrito en castellano y de este lado del mundo, y el autor, Massimo Gatta (Nápoles, 1959), es un desconocido que, en Italia, ha construido trayectoria impecable. Fórcola tiene otra traducción de él: El desorden de los libros, editado apenas el año pasado y que me lo he pedido para leer en enero. La vida me ha puesto la Breve historia mientras veía como Alina sacaba de Noticias del imperio un marcapáginas que mi madre me obsequió hace años. Se trata de un ratoncito gris, tejido a mano en hilo de ceda, de larga cola. Su expresión de azoro me ha perseguido las últimas noches, porque se ha quedado sin el ejemplar que protegió desde la página 146; está medio desvalido. No le he querido informar que ahora estará en un álbum fotográfico, porque sé que le va a encantar la vista; desde allí dominará la escena casi total de la casa y nos saludaremos todas las mañanas.




jueves, 8 de diciembre de 2022

La femme de lettres y El libro de lectura [ilustrada] para uso de señoritas

 


Fabio Hurtado, Solitude, 1999



La femme de lettres y el Libro de lectura [ilustrada] para uso de señoritas

Acercamientos a la historia de la educación y al contexto librario mexicano en las fronteras de los siglos xix y xx 


Edgar Adolfo García Encina

Cynthia García Bañuelos


A finales del siglo xix y principios del xx circuló en México y parte de América Latina, Susanita. Historia de una familia feliz. Libro de lectura para uso de señoritas. Escrito por la francesa María Robert Halt y distribuida por la imprenta de la Viuda de Charles Bouret, el fino impreso fue ilustrado profusamente con grabados, cromolitografías y fotograbados. Su presencia atestigua dos capítulos singulares de la cultura gráfica mexicana; por un lado, fue parte esencial de la revolución idiosincrática que incentivó la cultura y el mercado libresco y, por el otro, formó parte de la explosiva feminización del público lector, ávido de conocimientos y variado en sus intereses. La novela, contemplada en la primera generación de «la edad de oro del libro en Occidente», apela a niñas y mujeres, en momentos que se formaba el sistema educativo mexicano y compite con ediciones de carácter histórico nacional. El presente documento detalla la historia particular de Susanita, junto con las labores de la casa editorial, situada en el boom de la sociedad porfiriana que adoró a la reconocida autora, caracterizada en su pluma por las estrategias retóricas que seducían para la moda y educaban en el gusto. Su importancia reside en la complejidad discursiva que fusionó el relato narrativo con la ilustración artística, con el fin de acompañar en la lectura moralizante, y en que su aparición se ubicó en circunstancias clave para la edición en México que, en este caso, bien aprovechó la presencia de otras heroínas decimonónicas, para educar a las lectoras.



At the end of the 19th century and the beginning of the 20th, Susanina. Historia de una familia feliz. Libro de lectura para uso de señoritas, circulated in México and part of Latin América. Written by the Frenchwoman María Robert Halt and distributed by the printing house of the Widow of Charles Bouret, the fine print was profusely illustrated with engravings, chromolithoographs and photogravure. His presence testifies to two unique chapters of Mexican graphic culture; on the one hand, it was an essential part of the indiosyncratic revolution that encouraged culture and the book market and, on the other, it was part or the explosive feminization of the reading public, eager for knowledge and varied in tis interests. The novel, considered in the first generation of «the golden age of the book in the West», appeals to girls and women, at a time when the Mexican educational system was being formed and competes with editions of a national historical nature. This document details the particular history of Susanita, along whit the work of the publishing house, located in the boom of the Porfirian society that adored the renowned autor, characterized in her pen by the rhetorical strategies that seduced fashion and educated in taste. Its importance resides in the discursive complexity that fused the narrative story with the artistic illustration, in order to accompany the moralizing reading, and in that its appearance was located in key circumstances for the edition in México, which, in this case, took good advantage of the presence of other nineteenth-century heroines, to educate readers.




viernes, 25 de noviembre de 2022

Vida librera: La librería anárquica-magonista

 


la librería anárquica-magonista

vida librera

 

Edgar A. G.Encina

  

Conocemos de Ricardo Flores Magón que nación en Oaxaca en 1873 y murió en Kansas en 1922, fue uno de tres hermanos distinguidos por su espíritu combatiente durante el periodo revolucionario y llevó los lentes tipo quevedos junto al bigote afilado en las puntas. Sabemos que el reconocimiento a sus labores ha sido variopinto debido a las características del activismo social que profesó, pues como pensador, escritor, editor y promotor, enarboló, en muchas ocasiones, el anarquismo más radical de su época. Distinguimos que se enfocó en la lucha de clases, vista desde el agrarismo guerrerense a partir de los preceptos zapatistas, lidiando por una conjura económica que aboliera la propiedad pública y al Estado, llevándolo a disputas ideológicas con propios y extraños. Lo anterior le encasilló entre el utopismo y el hombre revoltoso per se que, refiere Claudio Lomnitz en El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (Era, 2016), se enfrascó en un discurso que intentaba hacer entender al pueblo la necesidad de «volver a la real y profunda comunión de la amistad íntima y el amor romántico».



            Existe el archivomagon.net, página electrónica auspiciada por la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia que aglutina gran cantidad de información de y entorno del personaje. Aquí es posible encontrar, por ejemplo, la compilación de Regeneración, semanario que se publicó en Ciudad de México de 1900 a 1901 y en algunas ciudades norteamericanas en intermitentes periodos de 1904 a 1918, Correspondencia redactada ente 1899 y 1922, resaltando el periodo en que fue presidente del Partido Liberal Mexicano (1905-1918), y la Obra literaria donde se compilan cuentos, teatro y relatos procedentes entre 1910 a 1917. Resalta la Ruta Magón donde «el lector encontrará el trazo general de dicha trayectoria. En él se señalan las ciudades y poblaciones donde se encuentran las direcciones y lugares mencionados» en diversa documentación.

            Del mar de información particularmente resalta la Librería La Aurora ubicada en el 652 de la calle San Fernando Norte en Los Ángeles, California, en el primer cuarto del siglo xx, propiedad de Rómulo Carmona o Pilar A. Robledo, pseudónimo. En principio el cuerpo del negocio se vistió con libros españoles «de corte libertario, diccionarios y novelas» que en el cambio de pesetas dólares resultaron ganancias fructíferas. Tuvo fama por sus escaparates. En entrevista Nicolás T. Bernal subrayó que en un principio Carmona «vendía libros en un zaguán y Ricardo se los anunciaba en el periódico». En 1907 fue oficina cede del periódico Revolución y sitio de reunión de liberales mexicanos. Se ubicó en las cercanías de La Placita, centro comercial con afluencia mexicana, que también estuvo próxima a las oficinas de la antigua imprenta del diario El Mosquito, editado por Modesto Díaz con trabajo de Flores Magón. El Heraldo de México, al que consideraba nuestro personaje «infeliz periodiquillo», dio cuenta de las defensorías que en el local se hacían de los migrantes mexicanos en California. En 1911 Jesús Silva Martínez, miembro del Grupo Regeneración Oxnard, señaló a la librería como la principal distribuidora de libros y periódicos recomendados por la Biblioteca Sociológica de Regeneración.



La Biblioteca Sociológica de Regeneración apareció formalmente en 1911, poco después de que se publicara el «Manifiesto» anarquista del 23 de septiembre. Las «recomendaciones» de la Biblioteca se anunciaban en Regeneración. Se tiene la cuenta del ofrecimiento de una selección elaborada por Flores Magón y William C. Owen de 87 títulos, todos ofertados en La Aurora. La Biblioteca Sociológica forma parte una tradición anarquista hispanoamericana así llamada invariablemente, Existen estudios contemporáneos que dan cuenta de una red existente en Argentina, Chile y España, por lo menos. En el Archivo Magón se halla una selección de libros y 57 folletos, procedentes del Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam. Entre los títulos destaco un par de ejemplos: La sociedad moribunda y la anarquía de Juan Grave con traducción de Pedro Esteve (Buenos Aires, 1902) y los dos tomos de Trabajo de Emile Zola traducidos por Leopoldo Alas «Clarín» (Barcelona, 1910).




lunes, 14 de noviembre de 2022

Palabras de apertura de la Cátedra Ramón López Velarde

 


Cátedra Ramón López Velarde
Palabras de apertura

 

 En junio del año pasado conmemoramos el centenario luctuoso de Ramón López Velarde y la publicación de «La suave Patria» en el número 3, páginas 311 a 314, de La revista de cultura nacional. El maestro. El poeta nacido en Jerez, Zacatecas, el 15 de junio de 1888 y muerto en la Ciudad de México el 15 de junio de 1921, fechó como término del poema el 24 de abril, teniendo en la conciencia del ensueño, igual a la que tiene todo autor con su obra, la trascendencia de esos versos que redescubrían la patria con un lenguaje que no para de disparar fuegos artificiales.

En el marco de esas circunstancias el Cuerpo Académico (consolidado) 252 Cultura, Economía y Sociedad en Hispanoamérica de la Universidad Autónoma de Zacatecas tuvo a reflexionar la vida, obra y trayectorias que el poeta jerezano inspiraba. El inicio fue un Seminario interno que nos permitió consolidar la organización del Congreso Internacional «Ramón López Velarde. Centenarios» con gran éxito de participantes y recepción pública, la publicación de al menos dos impresos y la proyección de estudios más allá de eventos conmemorativos.

Al día, en la revisión que tuvieron aquellas mesas de trabajo junianas, donde participaron académicos, investigadores, libreros, creadores, administradores culturales y lectores profanos de López Velarde, hemos superado con creces las cien mil vistas en Facebook, abriéndose la oportunidad para su reedición ahora en YouTube. De los libros me siento obligado a subrayar la calidad material e intelectual con que fue producido Desdeñoso de la publicidad, convencido de la vanidad de la imprenta. Estudios críticos en torno a Ramón López Velarde, editado en conjunto por el Comité Pro-Centenarios del municipio de Jerez, el Instituto Cultural Jerezano, el Instituto Zacatecano de Cultura, el Sindicato de Profesores y Académicos de la uaz y Paradoja editores, estos últimos supieron bien entender la idea que animaba el impreso. En El desdeñoso habita la espiración del redescubrimiento del poeta a través de elementos contextuales como el dinero, las librerías, el lenguaje, el pensamiento complejo, su formación hidrocálida, los círculos literarios afines y no. El segundo, Las olas civiles. Lecturas en torno a Ramón López Velarde, cuenta con la participación de investigadores de prestigio nacional e internacional en compartición con ensayistas jóvenes y nóveles. Éste, que deberá presentarse a finales de año, sigue la trayectoria editorial de Paradoja, ahora con el soporte de la Maestría y Doctorado en Historia y de la Unidad Académica de Letras a quien extiendo, a colegas y administradores, el agradecimiento personal y colectivo, por lo que el esfuerzo significa. Gracias, Mónica Muñoz; gracias, Francisco Montoya.

La Cátedra Ramón López Velarde se enmarca en este contexto. Nace con la idea de crear relaciones interinstitucionales dedicadas al estudio y al fomento del pensamiento filológico-histórico que no sólo se circunscriba a la trayectoria del jerezano. La idea es más allá, avisar el horizonte de los estudios sobre cultura, literatura e historia mexicana que impliquen trascendencia, adaptación, continuidad y pertinencia social. En este tiempo laberíntico y desconcertante, dice Heidegger que siempre se vive en caos, la Cátedra nos permitirá tejer la trama en torno a los intereses personales y de grupo, siempre académicos y fraternales, para consolidar redes de sociabilidades y trabajo. Nos unen los libros. Nos reúne la lectura.

La Cátedra es precedida por las viii jornadas del Seminario Internacional Bianual Manuscritos e Impresos; Lecturas Lectores, donde participan Marco Antonio Flores Zavala, Caliope Martínez y Elva Martínez Rivera, profesores-investigadores en las Universidades Autónomas de Zacatecas y Aguascalientes, y con el cobijo del Tercer Encuentro Internacional sobre Competencias Lingüísticas, Literaria y Digital «Mundos desiguales. Lengua, literatura, tecnología y educación en contextos vulnerables». El simill ha sido un trabajo disciplinado y silencioso que comenzó en 2012 con la guía de Cristina Gómez Álvarez y Mariana Ozuna, de la Universidad Nacional Autónoma de México, y Rocío Oviedo Pérez de Tudela, de la Universidad Complutense de Madrid, que ahora contribuyen a este que se presenta.

Me obligo a señalar, antes de presentar a quien aperturará la Cátedra Ramón López Velarde, que los trabajos de estas sesiones serán publicados en la revista Redoma de la uaz, con la edición de Alejandro García Ortega y José Antonio Sandoval Jaso que han visto con buenos ojos nuestras palabras, como el poema sorjuanezco.

Israel Ramírez Cruz, profesor-investigador del Colegio de San Luis perteneciente al Sistema Nacional de Investigadores, ha aceptado iniciar los trabajos de la Cátedra. Nosotros no cantamos el We Didn’t start the Fire de Billy Joel, porque sí lo hemos hecho. Lo estamos haciendo. Ramírez Cruz encendió la cerilla y la arroja a manera de disertación, sobre lo que esperamos sea un gran incendio atiborrado de enormes llamaradas rojizas y azuladas, amarillas y naranjas, que alumbren las letras que leemos, los archivos que pesquisamos, las bibliotecas en que habitamos, los pensamientos que anotamos.

Larga vida a la Cátedra, próspera vida a la Literatura.

Iniciamos.

 

 

 

Edgar A. G. Encina

Mantenedor de la Cátedra

Seminario de Literatura Mexicana