domingo, 24 de mayo de 2015

Crítica en la «Mesa revuelta» de Díaz de la Vega



La verdad se oculta ante nuestros ojos. De frente se exhibe rebosante, como una bailarina que nos deja ver sus piernas mientras la mayoría se pierde de sus labios, del color de su iris, del olor de su piel. Se pavonea en nuestra mirada y apenas algunos iniciados o despistados le hayan, le descubren, se embelesan.
Esta es la «Mesa revuelta» de Fidencio Díaz de la Vega, un objeto del que he venido escribiendo de apoco y que siempre, siempre me ha fascinado.



jueves, 21 de mayo de 2015

Imágenes encontradas de una guerra en los Anales de Historia del Arte



Nada bueno queda de la guerra. Nada. Aún cuando mucho esfuerzo se gaste por encontrarla purificante, como golpe de conciencia y la fortuna para los sobrevivientes, como un retrato oscuro al que siempre ver cuando el espíritu se quiebra. Nada bueno queda de la guerra. Nada. Sólo cuando la humanidad recuenta sus vejaciones, el dolor, la soledad, es que el arte y los relatos nos rescatan. Nada bueno queda de la guerra. Nada. Y, sin embargo todo está ahí.
En el número especial de la revista Anales de Historia del arte, de la U.C.M. (diciembre de 2014, Vol. 24, Issn 0214-6452, Issn-e 1988-1941) con el tema «Nuevas miradas a la Historia del Arte», puede leerse un ensayo mío con el título «Imágenes encontradas de una guerra. Un acercamiento al “Libro Bellamente ilustrado” en el siglo xix mexicano» (pp. 175 a 184).

Tu lectura me honra.

lunes, 4 de mayo de 2015

La Tacopedia





La Tacopedia, antes que tratado de arte o Enciclopedia del Taco o texto informativo u obra documental, es un vademécum para el panzón o el que anhela la panza llena de corazón contento, es un libro sagrado para el regordete que se infla los cachetes con tres órdenes de pastor todas las noches y se las pasa con una coca de 200 mililitros, es el índice de los postulados para el barril sin fondo que el domingo va por su kilo de maciza y se lo engulle en el comedor con su cheve sudada, es una guía para el gusto culposo que se esconde tras la dieta, es la sumæ que adoctrina a la niña bonita que se le quema el agua o se le rompen las uñas cuando levanta el comal.
La Tacopedia, antes que un libro divertido u obra lúdica, es -en poco menos de 320 páginas- el recuento de los animales que hay «pa’ taquear»: la res, el cerdo, el carnero, el cabrito y otros; el recetario de los tacos a la parrilla, al carbón, en la plancha, de costilla y cecina, de bistec o en fajitas; para los que gustan de los alambres o las brochetas, el burrito percherón, las piratas, los gaoneras o la discada; para los que los piden invariablemente con queso, campechanos, en choreada, con piña asada o en nixtamal; para los que se sienten internacionales y se van con las árabes, las gringas o se ponen blancos con los del pastor de pollo, de pescado y de barbacoa de carnero; es la línea para los que los prefieren al estilo villamelón, califa del león, alambre al sartén, de adobada estilo al pastor, de cabeza, de canasta, de frijoles refritos, con adobo de res o de chicharrón prensado; para los que se dan tiempo y buscan los de horno de hoyo, en el horno de ladrillo o al estilo Jalisco la birria tatemada, las carnitas estilo Michoacán, las quesadillas de sesos de cerdo y para los que sea pero tacos en salsa de cerveza o los paradisiacos de cochinita pibil.
La Tacopedia, antes que libro formado a la manera de revista chilanga y la edición no sea más de lo mismo, es la afirmación -mi afirmación- que en el bar he venido haciendo de vez en cuando, sobre todo cuando en la fría madrugada el hambre arrecia. En México existen sólo dos figuras intocables: la virgen de Guadalupe y los tacos, aun por encima de la Bandera o la figura presidencial o la selección nacional o la hermana que le avientan los carros. De la primera, María de Guadalupe, ya se ha dicho y escrito mucho y todos –creyentes o no- coincidimos: nombrarla es presentarla, nombrarla es invocarla y mejor no sigo por ahí porque nombrarla es nombrar la madre, la mía y la tuya. De los segundos, los tacos, nadie dice improperios, ni vandaliza, ni profiere maldiciones. ¡El taco es el taco! Y, a diferencia de alguna de su parentela como las enchiladas, las quesadillas, los sopes y las gorditas, nadie le fija cuerpo de taco a nadie. Hablar mal del taco es ir más allá del pecado mortal. El taco es sufijo de grandeza, en el futbol con el «pase de taquito» y en la vagancia «todo cabe en una tortilla». El taco, pues, es el top del top ten, sus propiedades medicinales lo atestiguan, por sus complementos los atesoran, su valor identitario es indudable y, además de esto y mil cosas que no he nombrado, es el signo de virilidad que nadie reconoce hasta que lo ve pintado en las historietas y lo reflexiona.

Imágenes de la presentación

lunes, 27 de abril de 2015

Asamblea de Socios del «Circolo Amerindiano»





Este 9 de mayo de 2015 en la Saletta delle Commissioni, Palazzo dei Priori, Perugia he sido invitado a la Asamblea de Socios 35 del Centro de Estudios Americanísticos «Circolo Amerindiano» onlus, Romolo Santoni.

miércoles, 1 de abril de 2015

Coloquio Internacional en la UCM


III COLOQUIO INTERNACIONAL DE JÓVENES INVESTIGADORES
DE LITERATURA HISPANOAMERICANA
«Los descubrimientos de América Latina:
el continente en su literatura»
29 y 30 de abril de 2015



Mi participación

Día: Jueves 30 de abril
Lugar: Salón de grados
Horario: 15.00 a 16.00hrs.
Ponencia: «Imagen y lector imaginante. Tradiciones y rupturas en los libros ilustrados en México».



Dossier:
file:///C:/Users/Edgar%20A%20G%20Encina/Documents/Edgar/Exot%C3%A9ricos/Congresos,%20coloquios/2015,%20Madrid/ColoquioInternacionalJovenesInvestigadores/Dossier%202015.pdf

Programa:
file:///C:/Users/Edgar%20A%20G%20Encina/Documents/Edgar/Exot%C3%A9ricos/Congresos,%20coloquios/2015,%20Madrid/ColoquioInternacionalJovenesInvestigadores/Programa%20III%20CIJILH%20(provisional).pdf

miércoles, 25 de marzo de 2015

«Encuentro Internacional de Escritores», 2015





En el programa del «Encuentro Internacional de Escritores», celebrado en el marco del «29 Festival Cultural Zacatecas», presenté y comenté «El cielo árido» (Mondadori, 2012) de Emiliano Mongue. He aquí el texto:




El autor de la novela y yo, detrás del dibujo de la novela. 
Gracias, Martín Solares (léase con marcado sarcasmo)




De lectores, narradores, personajes y lugares: Uno más de los utópicos
 lugares legendarios

Comentarios-Presentación a Cielo árido [Mondadori, 2012] de Emiliano Monge
[xxviii Premio Jaén de Novela]
[«Encuentro Internacional de Escritores», «29 Festival Cultural Zacatecas», 2015]


por: Edgar A. G. Encina



«Este libro está dedicado a las tierras y a los lugares legendarios: tierras y lugares porque a veces se trata de auténticos continentes […] y otras veces de pueblos, castillos o […] viviendas», sentencia Umberto Eco en las primeras líneas de sus Historias de las tierras y los lugares legendarios.[1] Se trata de una obra que no hace ni de diccionario ni de repertorio de lugares inventados ni de compendio de circuitos legendarios o alimentados por la mitología. Se trata de una obra que sí inscribe, en quince apartados, lugares que han creado quimeras, utopías e ilusiones, porque muchos lectores han creído que existen realmente, porque son sitios novelescos que sus lectores fantásticos ansían identificar o descubrir o desean comparar. Son historias de lugares y de tierras que cruzan la ciudad, el monte, la llanura, hasta perderse en la noche, en el tiempo y reviven en la fuerza del relato como producto de la invención lectora, que bien puede originar flujos de creencias o hacer realidad tales reconocimientos.
Son historias de lectores, apenas un fragmento estelar en las infinitas constelaciones que se descargan aplastando nuestras cabezas. Son historias en que los lectores desean habitar y los buscan en la realidad o en sus mundos fantásticos o que habitaron y huyeron porque no podían soportar el calor del suelo o el ambiente frío que congela al respirar o las ventiscas terregosas que ciegan con ardor. Son historias leídas, posiblemente parecidas a la realidad o extraídas de la realidad o inspiradas por la realidad o todo lo contrario, que pasman, alienta, evanecen, convulsan y dan materia para otras escrituras, para otras lecturas y para otros fragmentos ideales que conforman los muy personales lugares legendarios de historias de las tierras. Ahí quiero situar el Cielo árido que Emiliano Monge (Ciudad de México; 1978) narra de la meseta Madre Buena, con sus abiertos espacios abrazados por la resequedad, el marchitante calor, el altiplano que atestiguando la desaparición y la fuga revive la «[…] luz [que] arde en los ojos y el sol castiga a los hombres y a las cosas […] cuando el sopor, la lentitud y los murmullos que deja tras de sí la primavera se apoderan de la tierra[…]».[2] Cielo árido que, para fortuna, sólo está interesado por:

[…] los quiebres que dirigen, entorpecen o desvían la línea de una vida: cuatro hombres torturando un sacerdote, un muchacho que atrapado en un baúl de hierro grita: ¡auxilio!, un par de jóvenes que huyen a otra patria, un muchacho que se enfrenta a su padre, unos hombres que les cortan a otros hombres las orejas y los párpados, un hermano que pregunta: ¿qué le han hecho a mi hermana?, una mujer que al parir escucha decir a alguien: ¡viene muerto!, un perseguido que decide dejar sola a su pareja mientras huyen, un hombre que nervioso toca en la puerta de una casa: esta puerta, esta casa y este hombre que ahora vemos y que no son ni Germán Alcántara Carnero [personaje principal] ni la puerta de su casa.[3]

Cielo árido, se titula la novela de Monge, y ya desde ahí el tufo de Juan Rulfo y Daniel Sada no se escapa del referente, un tufo de algo que está por perderse y al Gran perezoso que habita los cielos parece sólo importarle como espectáculo, un tufo de que todo se fue a la chingada y este canijo –su autor- no la pone fácil en el recuento, en el relato de daños. Cielo árido, se titula la novela del tal Monge, en la que cocina un personaje central que no es ni héroe, ni antihéroe, ni villano, ni malora, ni todo lo contrario; en la que cocina con un narrador que es personaje pero no es personaje y se debate por vestirse en la historia y al tiempo le saca a los chingadazos; en la que cocina con un lector avisado, advertido todo el tiempo, que es agredido implícitamente y se le dice que será, que se le adelanta al precipicio y éste –masoquista- aguarda porque el entramado estético-narrativo no le deja soltar el libro. Cielo árido que sabemos que es árido porque su autor, ese Monge, lo dice aquí, ahí; que no lo dice pero lo cifra allá y acá; que sabemos cómo es porque se parece al cruel lopezvelardeano[4] y que de a poco construye la historia de una tierra.
Vuelvo.
Vuelvo, porque el círculo no quedó marcado. Vuelvo, porque en la arena, cuando niño, hacíamos una moneda grande y al volver evadiendo al resguarda que te congelaba salvabas tu vida, la de los congelados y la de todos tus amigos. Vuelvo, como los perros hacen cuando orinan un poste, nada más para marcar territorio, para molestar a los otros perros, para encontrar mi propio rastro. Vuelvo porque sí, porque frente al novenario de «La renuncia», «La concepción», «La fortuna», «El alumbramiento», «La decepción y el desagravio», «La desaparición y la fuga», «La conversión y el desamparo», «Los ascensos» y «Las exequias», se trazó una galería de relatos a la manera de disección de instantes, como faros en la niebla cada uno es intervalo que pudo ser el comienzo o el entreacto de una vida, como la nuestra, que pasa su mayor tiempo sin pasar nada. Vuelvo:

Por suerte para el curso de esta historia, una historia que será mejor no asociar con esta idea: el curso, es decir: por suerte para los saltos de esta historia, aunque nuestro hombre cumpla con lo que ahora, sin dejar de ver el picaporte de la puerta, vuelve a prometerse, es decir: aunque consiga olvidar todas las anteriores a esta hora en la que estamos, aquí estoy yo para acordarme y remendar lo que haga falta: en mi poder están las hojas que un día escribió Germán Alcántara Carnero, los cinco testimonios que levanté entre sus muchachos, las noticias que en su día recorté yo de la prensa, las notas que tomé en su momento y el relato de los hechos que he debido imaginar para dar forma a esta historia: la historia de Germán Alcántara Carnero, de la región en que vivió y de la era que marcó a sangre y fuego, una historia que ya dije: no conviene asociar a esta palabra: curso, pues es antes que un continuo una galería de momentos.[5]

Vuelvo.
Vuelo porque la soberbia del narrador me agrada, con ese tono de me importa sólo lo que digo, como lo digo, porque lo digo así, porque es mi manera de relatarlo y no otra que puede ser la tuya pero que no, no es la de él. Vuelvo porque ese truco narrativo que alude a las formas estéticas como actos y experiencias comunicativas hacen de Germán Alcántara Carnero, el personaje principal, «Nuestrohombre», «el gringo», hijo de «Elprimero» y la «Quecontiente», hermano de Sagrario y Heredí y que olvidó a Anne Lucretius Ford y al Delmónico Macías Osorio. Vuelvo:

Porque en este punto de esta historia, una historia que por fin ya sabe cuál podría haber sido su comienzo aun a pesar de no tener comienzo y también sabe que seré yo en algún punto del relato un nudo más en su hilo, el instante que ahora importa es únicamente el instante que con menos luz irradia la existencia de nuestro hombre al volver sobre éste la mirada: un instante que aun así podría haber sido el comienzo de esta historia, nuestra historia, si alguien más la hubiera relatado y si éste: Alguienmás, nos presentara los sucesos deslumbrantes que sostienen la existencia de […] manera lógica, lineal, inmóvil, monolítica y vacía.[6]

Vuelvo por tercera vez.
Vuelvo, como «alguienmás», para enterarme que he leído «Una historia en la que luego de aceptar: [que] no seré nunca personaje, debería aceptar también: [a su vez, que] tampoco seré un nudo atado a su hilo […]».[7] Que he presenciado-leído fragmentos de vida de «[…] un hombre que sin saberlo fue su siglo y la de un lugar que se condensa aquí […]»,[8] allá. Vuelvo porque en todas las líneas la violencia es la historia y es acto narrativo; porque el filo del conflicto que se asoma en cada párrafo donde la solución es pelear y la razón se esconde en el entramado ilógico del relator y la agonía de su lector, se descubre todo, se descubre así como resultado de las acciones que, en el nódulo, está la tragedia imaginada de un ser como el que ahora lee, como el que mañana o esta noche abrirá el libro, no podrá escapar de su historia, ni huir menos de su sombra. Vuelvo al lugar imaginario que se construye en la narrativa, al que el personaje desea huir y sólo lo alcanza en la muerte.


[1]      Umberto Eco, Historias de las tierras y los lugares legendarios, Barcelona, Lumen, 2013, p. 7.
[2]     Emiliano Monge, El cielo árido, México, 2012, Literatura Mondadori, 508, p. 101.
[3]     Op. Cit., El cielo árido, p.45.
[4]     Cfr. Ramón López Velarde, «La bizarra capital de mi estado…», en La sangre devota, México, 1916.
[5]     Op. Cit., El cielo árido, p. 16.
[6]     Op. Cit., El cielo árido, pp. 59 a 60.
[7]     Op. Cit., El cielo árido, p. 161.
[8]     Op. Cit., El cielo árido, p. 13.


Publicado en el suplemento cultural«La Gualdra» del diario La Jornada Zacatecas, en http://ljz.mx/2015/04/13/la-gualdra-no-193/?doing_wp_cron=1428932140.2753911018371582031250


El programa del evento en: http://issuu.com/malinkagaby/docs/programa-escritores/1?e=3855944%2F11990882



martes, 25 de noviembre de 2014

XXX preceptos de la Biblia de los bibliófilos



Edgar A. G. Encina










En el 1886 de New York, Harold Klett publicó su breve «Don’t» en The Library Journal. Official Organ of The American Library Association.[1] Se trata de un singular artículo que enumera recomendaciones para mantener en pulcritud y sin tachadura los libros. Poco más de veinte años después, en 1911, Xavier da Cunha imprime su propia versión de «Don’t» con el título A Biblia dos Bibliophilos. Divagaçóes bibliographicas e bibliotheconomicas[2] en Coimbra. Si bien da Cunha toma de base a Klett, su obra amplía las recomendaciones y toma mayor tiempo en las glosas y justificaciones. El par de obras, a su vez, han sido citadas e historiadas por estudiosos del tema, poniéndoles como clara referencia lúdica en el tema del mantenimiento sano del libro, las conductas físicas que debe tenerse al utilizarte y las fórmulas para conservarles en esplendor material.
Una obra que toma de referencia tácita a «Don’t» y A Biblia dos Bibliophilos, es La biblia de los bibliófilos. Donde se contienen los preceptos de Harold Klett, que cambiaron de nombre en su traducción, y la glosa de Xavier de Cunha, de nuevo glosada por Víctor Infantes.[3] Se trata del segundo número en formato de 8vo, editado por Turpin Editores en su colección de «…textos marginales sobre asuntos marginales (o no tan marginales) y obras singulares de temas singulares…», según anota en el prólogo a la edición de 2013, de 85 páginas. Así, estas son los treinta preceptos que a lo largo del tiempo algunos autores han ido sumando:
i.            No leer en la cama.
ii.            No poner notas marginales, a menos que sea un Coleridge.
iii.            No doblar las puntas de las hojas.
iv.            No cortar con negligencia los libros nuevos.
v.            No garabatear vuestro interesante y preciosos autógrafo en las páginas de título.
vi.            No poner en un volumen de un peso, una encuadernación de cien pesos.
vii.            No mojar la punta de los dedos para dar más fácilmente la vuelta a las hojas.
viii.            No leer comiendo.
ix.            No fiar los libros preciosos a malos encuadernadores.
x.            No dejar caer sobre el libro las cenizas del cigarro, y aún mejor no fumar leyendo. Esto perjudica la vista.
xi.            No arrancar de los libros los grabados antiguos.
xii.            No colocar vuestros libros sobre el borde exterior o canal, como se hace frecuentemente cuando se lee y se interrumpe momentáneamente la lectura, en vez de tomarse el trabajo de cerrar el libro después de haber puesto una señal.
xiii.            No hacer secar hojas de plantas dentro de los libros.
xiv.            No tener los estantes de las bibliotecas encima de los picos de gas.
xv.            No sostener los libros sujetándolos por las tapas.
xvi.            No estornudar sobre las páginas.
xvii.            No arrancar las hojas de guarda de las tapas.
xviii.            No comparar libros sin valor.
xix.            No limpiar los libros con trapos sucios.
xx.            No tener los libros encerrados en arquillas, escritorios, cómodas, ni armarios: tienen necesidad de aire.
xxi.            No encuadernar juntos dos libros diferentes.
xxii.            En ningún caso sacar las láminas y los mapas de los libros.
xxiii.            No cortar los libros con horquillas para el cabello.
xxiv.            No hacer encuadernar los libros en cuero de Rusia.
xxv.            No emplear los libros para asegurar las sillas o mesas cojas.
xxvi.            No arrojar los libros a los gatos, ni contra los niños.
xxvii.            No romper los libros abriéndolos enteramente y por fuerza.
xxviii.            No leer los libros encuadernados muy cerca del fuego o de la chimenea, ni en la hamaca, ni embarcando.
xxix.            No dejar que los libros tomen humedad.
xxx.            No olvidar estos consejos.






[1]      Cfr. Harold Klett, «Don’t. (Witch an apology to M. O. B. Bunce)» en The Library Journal. Official Organ of The American Library Association, New York, Vol. xi, January-December of 1886, pp. 116 a 117.
[2]     Xavier da Cunha, A Biblia dos Bibliophilos. Divagaçóes bibliographicas e bibliotheconomicas, Coimbra, Universidade, 1911, 4o, 103pag.
[3]     Víctor Infantes, La biblia de los bibliófilos. Donde se contienen los preceptos de Harold Klett, que cambiaron de nombre en su traducción, y la glosa de Xavier de Cunha, de nuevo glosada por…, España, Turpin Editores, 2013.

jueves, 23 de octubre de 2014

Notas a propósito de El último lector de Ricardo Piglia


 
 «The books reflect life and help look otherwise», Mar k Hess (http://www.hessdesignworks.com/)



Santiago como último lector

  

Edgar A. G. Encina



¡Pum! Tira un puñetazo. ¡Saz! Avienta una patada. ¡Choz! Da un salto, cae y se arroja en marometa. Ese fue Santiago por varios años. Iba, venía, corría, saltaba, se recostaba en el suelo, subía por todo lo trepable y siempre, siempre, hacía sonidos de explosiones, golpes, zumbidos. El cambio fue paulatino, luego de los siete u ocho años comenzó a bajar la densidad de sus movimientos. Ahora tiene 12, continua haciéndolo pero por menos tiempo. Pasó de ser un héroe de cómic, de caricatura televisiva o de personaje del cine a ser-ente-individuo de los que se encuentra en los mangas y sus novelas gráficas. Cambió. La forma de ver el mundo, de enfrentarse a la naturaleza y de concebir su realidad se transformó paulatinamente. Su metamorfosis fue un peregrinar en el que de llevar el mundo de la ficción a la realidad tangible pasó al intento por continuar haciéndolo y terminar por caer en cuenta en los fallos que le llevaron a cuestionarse. Ahora ha estado dando vueltas. Le cuesta un trabajo enorme hacer lo que antes le iba con la mayor de las naturalezas, se le nota cuando arguye sus cuestiones. Ahora ha estado dando vueltas. Expone argumentos. Cuestiona su entorno. Intenta responderse por qué la realidad ficticia que lee es tan improbable, tan distante, de la realidad en que habita. Lee y se queda sentado en el sillón, en la escalera, en el balcón. Detrás de la ventanilla ha dejado de ver aquel mundo idealizado por otro en el que idealiza un mundo posible. ¡Ho, Santiago, oj-Alá en algún momento descubras que la respuesta está ahí mismo, en la literatura!
         Santiago es El último lector (2005) del que Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires; 1941) habla. Corrijo: Santiago pertenece a la estirpe del último lector. Reparo: Santiago es ejemplo, vida de ese lector último. Solitario. Extraviado. Atiborrado. Aturdido por la multiplicación de signos y los ecos de la lectura, busca las maneras de atar a ésta con la realidad. En su soledad, aunque rodeado por los bullicios de la ciudad, busca su particular manera de ligar universos, de hacerse de un modo particular de leer lo que sus ojos encuentran. Cuando lo veo deambular por el departamento lo veo igual a Kafka, que aún desconoce, que primero concentró «[…] la historia en un punto, luego invierte la motivación y establece nuevas correlaciones; inmediatamente narra su versión de la historia (narra lo que no ha visto el narrador original)»,[1] narra lo que no hemos leído y algunas veces concluye que lo más terrible de las sirenas no es su canso, sino su silencio.
Y, es que, el acto de leer es, además de abstracción intelectual, un arte. Como el que pinta, trama una escena o descifra un pentagrama; la vista es nodal igual en la literatura, porque se pone en práctica la interpretación de las dimensiones físicas, ópticas o de la luz, y echa mano de la microscopía, de la perspectiva o del espacio. Ésta es una de las dos tesis que motivan a El último lector de Piglia. La otra es rastrear, en labores detectivescas, la figura de ese lector que sólo puede entenderse a través de individuos específicos, sus historias particulares y cristalizaciones. Esto último requiere tomar un camino que bifurca. Un sendero tantea el alejamiento. Observar al lector con pasos de rezago para acotarlo sólo en escenas fijas, pero sin restarle fluidez a la historia. Otro sendero traza atender las migas que deja la práctica en sí. Este terreno es algo inasible porque lo que propone es escudriñar los efectos y los registros imaginarios, la historia invisible y las condiciones materiales del acto de la lectura. La propuesta es, entonces, recrear la historia imaginaria de la lectura. La pregunta es quién lee. La motivación es averiguar las representaciones imaginarias que produce leer ficción. Las respuestas están en la historia individual en el acto que le nombra. Leer, pero leer ficción, es un acto de libertad y de fe y, a su vez, creación artística única que adquiere identidad en el acto, vivo, muchas veces imaginario.[2]
Seguir la métrica de Piglia lleva a encontrar lectores aislados que contemplan, a lectores adictos que no pueden dejar de leer o a lectores o insomnes que han perdido la capacidad de dormir; a malos lectores que perciben confusamente o no tienen buena vista o son críticos, criminales, malvados o rencorosos que utilizan con perfidia la letra, y a lectores transnacionales que son la comprobación del desplazamiento interpretativo. Seguir la teoría de Piglia conduce a descubrir lectores poderosos y dispuestos que designan una forma del acto, como Emma Bovary o Pierre Menard o Bartleby o Dupin; a distinguir su posición-categoría femenina como las que acompañan a los escritores o son fatales, dóciles e inspiradores; a lectores que se niegan a leer o los que sólo desean leer o se liberan por la lectura; a lectores asexuados pero llenos de deseo; a lectores detectives, lúcidos, marginados, extravagantes, célibes o al relacionado con el dinero y el poder; al lector último, práctico, en estado puro o al lector libre en acción, persistente y ataviado con sus modismos lingüísticos.
Llevar la línea de Piglia nos hace encontrar al lector separado de la vida, sedentario, inmóvil, encerrado, que lee fuera del circuito de la literatura y vive los libros y la vida; a lectores interrumpidos, controlados o prohibidos, que utiliza la lectura como herramienta o se ve perdido, aislado o es paranoico; al lector loco, terrorista, caníbal, náufrago, animalizado o al que pone en tela de juicio los dos grandes mitos del lector en la novela moderna: el que lee en la isla desierta y el que sobrevive en una sociedad donde ya no hay libros. Con Piglia encontramos la paciencia para descubrir lectores que no dan su nombre, son dramáticos o se identifican con el escritor que compuso el libro; a lectores que rastrean, recorren o consideran alternativas; a lectores sin terminar, en work in progess, que desarman los libros o le ponen precio; a releer Si una noche de invierno un viajero o 1984 o Fahrenheit 451 o Un mundo feliz o Robinson Crusoe, para preservar una tradición y salvarnos a nosotros mismos.
Con El último lector es posible encontrar y recordar el laboratorio de Finnegans Wake; a encontrar al lector para definirlo, contar su historia e individualizarlo; a apuntar que la certeza de que la ficción depende de quien la construye y de quien la lee y, a su vez, que la vida está en hipálage, detenida y a resituarnos cuando «Hamlet entra leyendo un libro» que no sabemos cuál es o a atar a Felice Bauer con la escritura; al lector que busca el sentido de la experiencia perdida y a puntualizar con cierta esperanza -según Between History and Literature- que la lectura literaria ha sustituido la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal; a oponernos al mundo hostil y hacer de la lectura una práctica iniciática que en paradoja critica y distingue los excesos y los peligros o te marca y hace sentir que la vida no tiene sentido cuando se le compara con los héroes novelescos y quiere alcanzar la intensidad que encuentra en la ficción. Con lectores célibes, solteros, perfectos o adúlteros que insisten en que «La historia de la lectura es también la lectura de la iluminación»,[3] constructora de un mundo paralelo que irrumpe como lo real produciendo un efecto de sorpresa y de vacilación; a hallar al lector que lee todo como si estuviera dirigido a él o narra otra realidad e invierte esa realidad en la ficción y viceversa, y -sobre todo- a ver a Santiago como ese el último lector, múltiple y metafórico en el que sus «[…] rastros se pierden en la memoria».[4]


«The reader sees life differently», Michael Hirshon (http://www.hirshon.net/)




[1]      Ricardo Piglia, El último lector, Debolsillo, España, 204, pp. 49 a 50.
[2]     Cfr. El último lector, Op. Cit., pp.18 a 22.
[3]     Cfr. El último lector, Op. Cit., p.31.
[4]     Cfr. El último lector, Op. Cit., p.172.

investigación doctoral: «Las mujeres zacatecanas a través de sus fotografías, 1900-1940. La historia detrás de la imagen»

  Este  jueves 17 de septiembre la maestra Nancy Lorena Torres López defendió su investigación Las mujeres zacatecanas a través de sus fotog...