miércoles, 28 de febrero de 2018

Breves comentarios al fin de la segunda época de La soldadera



La imagen es crédito de Eduardo Román Quezada



Ícaro planeador para esta tragedia bizantina



Edgar A. G. Encina
Este artículo fue publicado en la revista Critica. Fondo y forma 


«Instantes sensibles» de Eduardo Román Quezada (fotografía), «La última y nos vamos. La Soldadera segunda época» de Yolanda Alonso y Miguel Ángel Cid (carta editorial y fotografía), «El paraíso perdido. John Milton» de Nathalie Fabela Enríquez (ensayo), «Carta a un suicida» de Ingrid Valencia (poema), «Museograbado» (reportaje), «¡El Torque va!» por Luis Miranda R., (poema-epístola), son los trabajos, las escrituras y las imágenes con que La Soldadera concluyó su «segunda época» el 19 de febrero de este 2018.
         Sus editores se despidieron así:
«Hacemos un alto en el camino para despedir la segunda época de La Soldadera, –acaso venga una tercera-, que inició el 5 de octubre de 2014 como un acuerdo de colaboración entre El sol de Zacatecas y Policromía Servicios Editoriales. Hay que mencionar que fue un trato desinteresado, Policromía ponía el trabajo y la creatividad y el periódico cedía cuatro páginas de la sección de sociales, es decir que no hubo nunca una remuneración económica. Fue así como trabajamos hasta el pasado domingo 11 de febrero de 2018, editando 136 números que se publicaron, tanto en formato digital como impreso, en la edición dominical de El Sol. Este número sólo se publicará de manera digital, debido a diferencias de criterio con la dirección del periódico, mismas que nos llevaron a la decisión de no continuar con el proyecto, ya que sentimos que la directiva tiene poco aprecio y valor por lo que La Soldadera suma y aporta a su medio».
«A la fecha el suplemento ya ha sido tema de investigación de dos tesis de licenciatura, el año pasado obtuvo el premio estatal de periodismo cultural en la categoría de foto. Sin mencionar la cantidad de colaboradores noveles y consagrados que han pasado por nuestras páginas, y que seguro lamentarán el cierre del suplemento, como los más de nueve mil lectores que tenemos a través de internet. Hay que recordar los cientos de escaparates que han circulado y han sorprendido la retina del lector, imágenes que vinieron por supuesto de Zacatecas, pero también de México y allende las fronteras como La Habana, Tokio y Siria».
«Hace 17 años quienes firmamos esta editorial elegimos el camino de la edición y de la comunicación, nuestro motivo fue, y es, hacerlo de manera bella e inteligente. Aunque nos desalienta este revés, sabemos que hay un campo lleno de posibilidades para cultivar y cosechar».
«Dejamos aquí nuestro agradecimiento a El sol de Zacatecas, que fue nuestra casa por más de cinco años y a todos nuestros cómplices de antes y de ahora».

Esta Soldadera, que antes tuvo otros nombres y editores, es la presencia física del impreso cultural más longevo de su tipo en Zacatecas. Los honores por antigüedad los comparte sólo con la revista literaria Dos filos, editada por José de Jesús San Pedro desde 1974. Ambas publicaciones, además de contribuir en la literatura regional con dilatados directorios de colaboradores, son dignidades de extendida sobrevivencia que han sorteado vientos políticos, avatares sociales, disputas institucionales, mutaciones formales, contrariedades económicas y celos personalísimos.
Un valor extra es el contrapeso que aportó al ser en la actualidad uno de los tres suplementos culturales más influyentes en la ciudad. Su contribución de equilibrada tonalidad que apostó por las nuevas visualidades y la apertura a las narrativas experimentadas y nóveles, permitieron encontrar colores en el vacío, voces en el silencio, imágenes de la ensoñación de este semidesierto. Fue, hasta apenas un par de semanas atrás, una esquina en el triángulo por el que los escritores y lectores viajábamos; yendo, volviendo, trazando caminos en un mapa que los historiadores verán cautivados.
Este «alto en el camino» conduce innegablemente a la reflexión empresarial. Con este movimiento en el tablero, el diario descubrirá que el tema financiero es menor cuando, así, fracasa en su credibilidad, disipa su trascendencia, malgasta su influencia y, sobre todo, abandona a sus lectores. Si la intención es ganar posiciones, perder el alfil no es la jugada que abrirá el tablero; ya veo como los otros jugadores adelantan sus piezas. Eclipsado, el rey se enroca.
Empero, nada es comparado con la imposibilidad de escribir y de leer. El tema mayor es la censura a la que un mundillo de más de «nueve mil» personas hemos sido orilladas. Se incendian bibliotecas, se abaten esculturas, se destruyen museos, se compran consciencias, se empuja al filo del risco. Si a usted no le gusta, si las ganancias le son insuficientes, si su estulticia le impide entender los símbolos trascendentales, entonces préndale fuego, demuela, sacrifique. Con todo, los lectores sobrevivimos a esta bizantina tragedia igual que Ícaro planeador.



miércoles, 17 de enero de 2018

HADOS Y ESTRELLAS: LAS VICISITUDES DE UN LIBRO


Edgar A. G. Encina

Este artículo ha sido publicado en dos partes en la revista Crítica. Fondo y forma



Uno
De cómo llegaron Los primeros editores de A. Marzo Magno


«Cada libro tiene su destino. Cada lectura su historia». Así, más o menos, dice el adagio con el que algún librero de viejo te va a pregonar. Infalible. Lo sé de viva experiencia. Esa frase, palabras más-menos, es en sustancia la perorata que he escuchado en más de diez distintos locales, en dos continentes diferentes, en más de cuatro países. Aún, mi dealer la pronuncia de vez en cuando y yo, refunfuñando el sermón, le sonrío como quien lo hace al gritón de la biblioteca. Honestamente, eso lo sé. Que cada libro tiene su destino y cada lectura su historia lo entiende y lo vive en piel viva todo lector; lo que pareciera fastidiarme es que lo digan como si de esa boca emanara sabia pura de la piedra filosofal. El libro que llega a ti, por descarte, no le llegará a otro, como no han llegado cientos de títulos a tu biblioteca. Es lógica. Es vida.
Pero, la vida me ha dado un bofetón del que no me repongo del todo. La historia va:
Graziano Olia, sabedor de mis intereses lectores, a finales de agosto me mandó el link de un libro que se presentaba en la Biblioteca Nazionale Centrale di Roma. Se trató de L’alba del libri: quando Vnezia ha fatto leggere il mondo de Alessandro Marzo Magno (Venecia, 1962), publicado por Garzanti Libri en su colección Elefanti Storia. El evento era un reconocimiento al autor que es una institución en ese país y una celebración por la extraordinaria aceptación que la obra tuvo en 2016. El impreso me encantó de ya. Como agua de lluvia, dos días después Mauricio Flores, más provocador, me mandó una foto por WhatsApp, con la portada de Los primeros editores traducido al castellano por Marilena de Chiara y publicado en Malpaso este año. Sorprendido y algo envidioso, comencé el rastreo. No me fue fácil. Usted lo sabe, aún con la hipermodernidad del siglo xxi, todavía nos es posible sentir los límites y las fronteras de vivir en Tierra adentro.
Nada. La librera local no tenía idea de su existencia. Nada. Gandhi, El sótano, El péndulo y dos o tres librerías más no lo tenían en stock. Sólo Amazon lo ofertaba. Me resistí, por no más de cuatro días, a que el gran conglomerado de las ventas tendiera sus redes sobre mi tarjeta de crédito. Escribí a los amigos en Madrid y Barcelona; todos dijeron igual, «pídelo a Amazon que te lo lleva rápido y serán menos pavos que si lo hago yo», sentenciaron como vocecillas de coro. El domingo decidí y el 10 de septiembre sucumbí. Entrado en gastos y sin Iraís controlando mis impulsos, también puse en el carrito cuatro títulos más de los que luego escribiré.
Sin embargo, pasaron los días y Los primeros editores y compañía no llegaban a casa. Luego de diez días decidí entrar a mi cuenta para hacer un seguimiento del pedido. Nada, que todavía tarda. Que está en camino. Que para la primera semana de octubre están los de paquetería tocando a las puertas de casa. Respiré hondo y le vi buena cara, pensé que era el entremés a la navidad, a la Fil de Guadalajara. El primero de octubre volví obsesivo y preocupado; me encontré con la novedad de que las fechas cambiaron. Nada, que para el 15 ahora sí está en casa. Refunfuñé y escribí un correo con serpientes y alacranes a Amazon, aún no responden. Llegada la fecha, el paquete arribo antes del medio día, pero tuve que esperar a la noche para verle. Y, ¡pum!, antes de abrirle, noto que el seguimiento postal marcaba sellos de España, Alemania, Portugal, EeUu (New York) Perú y, al final México. En ese orden, los libros que adquiridos, que todavía no eran míos, habían hecho una envidiable travesía. No culpe al gran consorcio, tampoco al servicio de paquetería. No culpe a nadie. Fue, simplemente, que los libros tienen su destino y esta lectura su historia.


Dos
De algunas cosas que tratan en Los primeros editores

AliosVidi
VentosAliasqve
Porcellas
Malpaso editores optó por Los primeros editores pensando, quizá, en que salvaría temas de mercadotecnia, posicionamiento, ventas y todos esos embrollos que rodean el contexto de la exposición-comercio del libro, cualquiera que sea. Optó por ello y atinó sin alejarse del espíritu de la obra que, en 2012, Alessandro Marzo Magno (Venecia, 1962) publicara en Garzanti Libri [www.garzanti.it] con el título de L’alba del libri: quando Venezia ha fatto leggere il mondo. De haberse apegado al original, me atrevo a traducir, hoy podría leerse como «El comercio de los libros: cuando Venecia leyó el mundo» o, con un algo de libertades, hubiere apuntado «Al alba del libro: cuando Venecia trajo la letra impresa al mundo» o, más almidonado aún, «…cuando Venecia creo la alegría para el mundo». Voy un poco más allá e imagino el momento con los editores y la traductora Marilena de Chiara, sentados a la mesa, debatiendo la decisión, con éstas y otras posibilidades. Al final, quedó ese título que opta por lo simple, breve y contundente, como un knock-out directo a la barbilla.
         Ahora puede leerse en portada dura, sobre un fondo negro, con letras en blanco y las manos de La virgen leyendo (1505, aceite sobre lienzo) de Vittore Carpacco (Venecia, 1465-1520), el título de Los primeros editores. Al libro en físico, que cuenta con 251 páginas pintadas en naranja en su borde frontal, se le suma el plus que incluye e-book, que puede obtenerse escribiendo el «…nombre y apellido con bolígrafo o rotulador en la primera página. Tome luego una foto de esa página y envíela a ebock@malmasoed.com>. [para luego] A vuelta de correo…» recibirlo gratis, advierten en la faja o cintillo. El epígrafe que abre el texto es de Groucho Marx (Eua, 1890-1977): «El libro es el mejor amigo del hombre después del perro», una máxima que también reconoce que «…dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer».
         Si se atreve, lector, a abrir este libro le advierto que no podrá cerrarlo. Es un documento de historia cultural que le abrirá los ojos como plato, un mapa antiguo que ha movido sus fronteras y lenguas confundiéndole en el tempo, una recreación Renacentista a través de algunas biografías de seres comunes con mucha magia. Es la Venecia de los siglos xv y xvi, la maestría mística de Aldo Manuzio (Italia, 1449-1515), la audacia epistolar de Pietro Aretino (Italia, 1492-1556), el primer Talmud impreso y un Corán perdido; es la edición musical con sus afanes mercantiles, la representación del priapismo en el Polifilo de Francesco Colona, las dieciséis posiciones sexuales de los Sonetos lujuriosos (1527) de Pietro Arentino y La feria de la Sensa que alimentó lectores ocasionales; es la feria de Frankfort que estandarizó la compra-venta, Claude Garamond (Francia, 1480-1561) que en 1540 es una especie de capo proveedor de todas las tipografías europeas y el Orlando furioso (1542-1560) de Ludovico Ariosto como el primer best seller en occidente.
         Le advierto, además, que es un libro priotity pass. Si los alemanes de la mano de Johannes Gutenbert (Alemania, ca. 1400-1468) conciben la imprenta, los italianos, en la Venecia de Manuzio, descubren cómo vender libros, pues allí se dio «…alta concentración de intelectuales, amplia disponibilidad de capitales y una alta capacidad comercial». Esos libros no sólo eran biblias y si lo fueron eran bonitas físicamente hablando; papel especial, letra distinta, ilustraciones únicas, tratamiento singular. Esos libros, además de biblias, eran Talmudes y Coranes que el papa Julio iii (Italia, 1487-1555), con sus ejército de censores, prende en la primera hoguera contra los libros escritos, el 9 de septiembre de 1553, al tiempo que cerró imprentas y prohibió lenguas heréticas. Así que no, señor lector; aunque usted tiene acceso, también tiene el desafío de los viejos vientos.

jueves, 11 de enero de 2018

EN LO QUE NO HEMOS ESCRITO ESTA LA VIDA DEL LIBRO

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La noticia la leí de la LibreríaAnticuaria Pregliasco, negocio italiano que se ha dedicado a la compra-venta de joyas históricas por más de cien años y que ahora dirije Umberto Pregliasco. Su lema «amor librorum nos unit» es un himno bibliófilo y, al tiempo, una insinuación para todo curioso de que ahí es posible encontrar piezas de museo-biblioteca, dignos de considerarse tesoros artísticos.
El maestro y bibliófilo Francesco Malaguzzi está por cumplir 90 años de su muerte este 2018. El trabajo del italiano, aunque no legó fama como otros de sus contemporáneos europeos, ha sido fundamental para el rescate de manuscritos e impresos de la zona, y base para la exposición, lectura y entendimiento del pasado a partir de la fusión de colecciones públicas y privadas. Aunado a ello, dejó vasta producción legada a partir de un proyecto que llamó «De libris» y de «De libris compactis».
Personalmente, he leído sólo dos títulos del autor, porque mi traducción del italiano es pobre. Uno es el ilustrado Xilografie nelle edizioni piemontesi del xv e xvi secolo, publicado por el CentroStudi Piemontesi en 2001. El otro es su Guida alla lettura di ciò che non è scritto in un libro, editado por L’Artistica Editrice en 2008. Ambos impresos los adquirí en alguna Feria del Libro Antiguo en Madrid, porque a la fecha están fuera de catálogo.
Redacto porque tengo presente algunas líneas de Malaguzzi, redactadas en su Guida alla lettura… Es una reflexión de su tiempo que hace eco en el nuestro, pues el destino del libro está en lo que aún no está escrito:
«... la lettura della parola scritta rischia di non aver, più bisogno del libro, che rimane invece supporto insostituible di ciò che non è scritto. La sopravvivenza del libro, per quanto possa sembrare paradossale, è quindi affidata a quanto no vi è scritto». 

miércoles, 10 de enero de 2018

#gofrançoiscogo





Hazte mecenas.
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La página oficial del musée du Louvre ha lanzado una invitación: «Tous Mécènes! Du libre d’heures de François ier». En letras rojo-cereza sobre un fondo azul –aguamarina  enfatiza: «Faites revenir au Louvre ce joyau des rois de France».
Es sencillo. El museo tiene como objetivo recaudar un millón de euros para hacerse con el manuscrito El libro de horas del rey Francisco. Poca cosa, si atiende a las propiedades arquitectónicas del documento que, además de ser joya del Renacimiento francés, está encuadernado en oro con decoraciones en piedras preciosas, soportado por metalistería artística, y en el interior contiene 16 ilustraciones pintadas, junto a su escritura manual. Le acompaña un marcador tallado en ágata, con piedras preciosas, diamantes tallados y rubíes rodeados por hojas de acanto. Exuberancia e historia.
Con el epíteto de «Tesoro Nacional», la obra que fue cedida al museo el 18 de octubre de 2017, tiene contados sus días en el Louvre de no alcanzar la cifra. El plazo final es el 15 de enero de 2018. Por otro lado, para enfatizar su valía inmaterial, la página recuenta que la joya perteneció a Francisco Io (Cognac, 1494-1547), Enrique IV (Pau, 1553-1616), junto a otros personajes potentados de la historia y el coleccionismo europeo, y que algunos de estos personajes hicieron anotaciones de reflexión, fe y propiedad en sus hojas.
Para colaborar en la recaudación o contribución, según le quiera ver, la página ofrece una somera carpeta de estudio sobre la obra misma y la posibilidad de hacer donaciones en línea. Si usted se anima, si le ha sobrado de su paga de navidad y de los impuestos de principio de año, quizá pueda interesarse. Entre la sugestiva propuesta que hace el Luvre para seducirle está que puede usted dedicar su donativo, para lo cual obtendrá un certificado y aparecerá en la lista de agradecimientos, junto a los más de 6,800 donantes que van al momento de redactar estas líneas.

Así que ya lo sabe: #gofrançoiscogo.

miércoles, 3 de enero de 2018

Una librería menos

  

Librerías que cierran
para la documentalia 2018
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Edgar A. G. Encina
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En enero de 2017 publiqué en La Gualdra un breve artículo que titulé «La Azotea, a la lista de lasdesaparecidas», en el que daba cuenta de la pérdida de aquella librería regenteada por Uriel Martínez. A un año vuelvo con el tema. Al parecer, ha cerrado una más. Esta ocasión es una de «Libros usados» que también decía ofertar «Arte contemporáneo», localizada en el 554 de la avenida Ignacio Rayón, casi para doblar al callejón Del Triunfo; de paredes blancas y rejas negras, encontrada casi al llegar al Monumento a los Niños Héroes. 
Ignoro si «Rayón 5.5.4» es/era considerado por la oficialidad de los libreros en la ciudad de Zacatecas, pero lo que parece seguro es que bastan unos pocos días de frio invernal a finales de año para que caigan combatientes. Aún, abrigo esperanzas. Quizá estén remodelando o hayan cambiado de dirección; será cosa de investigar, pero la desolación que dejan ver sus ventanas no me hace arropar vigorosamente esas ilusiones. 
Fui descuidado y ansioso, pues las tres o cuatro veces que visité la librería jamás intercambié más que el saludo y las cortesías del pago. De allí me llevé Las peregrinaciones del deseo (fce, 1987) de Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934-2015), Disertaciones sobre telarañas (fce, 1987) de Hugo Hiriart (Ciudad de México, 1942) y Todos los cuentos (fce, 1993) de Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937). No recuerdo haber pagado por la triada más de trescientos pesos y tengo fresco que venían envueltos en una bolsa plástica transparente, una de ellas tenía con marcador negro el precio: $50. El hecho de que estuvieran envueltas en plástico les dio valor añadido, todavía podía sentirse la presencia del anterior lector; Disertaciones sobre telarañas parecía oler a crema de rosas, como las que usan algunas mujeres adultas, y en la última página de Las peregrinaciones del deseo venía la nota de tintorería por un saco.
            No se trataba, además, de una librería de viejo. En todo caso era de re-uso, de segunda vuelta; como las que suelen haber fuera de las universidades y que de vez en cuando aparece algo interesante. Tampoco era una galería en forma, llegué a descubrir colgados en la pared tres o cuatro grabados y a un chico que afinaba una guitarra que parecía heredada. No era una librería de viejo, porque de esas no hay una en la ciudad. Tampoco era una galería, aunque presumieran de ofertar arte contemporáneo. Era una librería que podía rascarse, que olía azaleas o alguna flor que estaba en el pasillo y que luchaba contra ella misma por las condiciones de su dirección y desaseo en los libreros y el desorden reinante. Con todo, una menos.


No hay librerías.
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Notas para el seguimiento:


  • «Rayón 5.5.4» fue un  proyecto multidisciplinario, según Jánea Estrada, enfocado más a la gráfica, coordinado por  Pedro López Recéndez que continúa trabajando en  «Gráfica Pentágono» y /o se ha mudado a un pequeño local comercial en el Ramdal (Guadalupe, Zac), cuenta Luisa Vázquez Vera.
  • Cerró el 20 de septiembre de 2017.

Fuego en los libros



Notas a las bibliotecas incendiadas
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Edgar. A. G. Encina
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Esta vez la avaricia y la ignorancia llevó a unos ladrones, la noche del 30 de diciembre, a provocar un incendio en la hermosa Biblioteca Iberoamericana «Octavio Paz», perteneciente a la Universidad de Guadalajara (México) afectando directamente los murales que pintaron en 1925 José Parres Arias (Mazamitla, 1913-1973) y David Alfaro Siqueiros (Camargo, 1896-1974); y el Olimpus House realizado en 1930 por Jesús Guerrero Galván (Tonalá, 1910-1973), José Parres Arias, Alfonso Michel (Colima, 1897-1957) y Francisco Sánchez Flores(Tlajomulco, 1910-1989). Entre los daños colaterales se vio afectado mobiliario y acervo bibliográfico por el fuego, el humo y/o las labores de los bomberos por más de 750 mil pesos. Las notas periodísticas relatan que los delincuentes se llevaron algunos ordenadores portátiles y quizá tres pesos olvidados en algún cajón, y cuentan que en los primeros días del 2018 una lista breve, pero poderosa, liderada por personajes e instituciones públicas condenaron el acto, pidiendo que se descubran, encuentren y castiguen a los culpables.
     El evento me llevó a una infame reflexión.
     Heinrich Heine (Dusseldorf, 1797-1856) escribió en su tragedia Almansor (1823) algo así como que: «donde se queman libros, se acaba por quemar también a hombres». En México las cifras no oficiales estiman que en 2017 murieron 26,389 personas a manos de la delincuencia, esto es que diariamente fueron asesinadas 72.3. Entonces, conjeturo que unos pocos libros quemados, humeados y mojados es poca cosa en comparación con las lágrimas de esas madres que reclaman por la vida de sus hijos. Así, retorciendo las palabras de Heine; cuando los hombres son quemados a los libros les queda nada para salvarse.
    A esto nos hemos reducido.
   Los historiadores de los desastres encontrarán lastimosidad en nuestra época, por decir lo menos.


La imagen puede contener: tabla
    

miércoles, 29 de noviembre de 2017

De diccionarios y perros de mirada carnicera

De diccionarios y perros de mirada carnicera
Desenfunda que Te voy a hacer una autocrítica, Perroantoinio

Edgar A. G. Encina
Artículo publicado en la revista Crítica. Fondo y Forma, p.39.



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Habrá dicho la crítica que se trata de una imagen graciosa o encantadora y que forma parte de la recreación fragmentada de vida de algunas de las mujeres del xviii. Habrá sentenciado el análisis profundo que el puro y simple retrato es una muestra del sentimentalismo femenino, decorado por colores suaves y valiosos tonos. Habrá fallado la calificación que Woman Reading by a Paper–Bell Shade (1766, óleo sobre lienzo, 76.2 x 63.5 cm) de Henry Robert Morland (Inglés, 1730-1797), perteneciente a la colección del Yale Center for British Art [britishart.yale.edu], es vibrante por su calidad. Habrán escrito eso y más, seguramente, los profesionales del ver y hablar de las artes.
Sin embargo, lo que me pregunto es qué hace que esta Woman Reading… se sonroje, porque –seguro- habrás notado lo enrojecido de sus mejillas. Para ello tengo dos respuestas. La primera es la sencilla; lo que produce el rubor en su rostro es la lectura de un pasaje impúdico, algo cachondo, de esa novela seguramente cortesana. La segunda es más aturdida; imagino que debajo de la mesilla, allá donde la pintura no alcanza, un perro «de mirada carnicera» le muerde la pantorrilla y lo que atestiguamos es el primer síntoma de algo que le llevará a la incapacidad de mentir, a «escribir textos tóxicos e insultantes… a la bebida, a la antipatía y a la inobservancia de los días del Señor», hasta llegar a la inconstancia, impaciencia e intranquilidad, lo que le dificultará para «abordar proyectos que duren más de cuarenta y ocho horas».
¿Por qué lo sé? Porque así lo atestigua Perroantonio, «la versión furiosa de José Antonio Blanco (Baracaldo, 1961)», en la introducción «En donde se explica el porqué de este diccionario, más o menos, y se le echa la culpa a un perro», por el cual redactó el fiero libro con sentencial título; Te voy a hacer una autocrítica.Diccionario para entender a los humanos (Trama, 2016). Acoto. No afirmo que Perroantonio diga que nuestra Woman Reading… sea mordida por un perro; eso sería un despropósito, la pobre mujer estaría en agonía desde hace 244 años con un saludo a la eternidad. Lo que digo es que el «poeta breve pero intenso» ya diagnosticó algunos tópicos de esta enfermedad, también ocasionada por dejar de escribir e «incorporar a su currículo los éxitos ajenos», como anota el editor en la portadilla que presenta a Perroantonio. Así que, amable lector, la imprudente conjetura de la mordida me la atribuyo.

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Amén de no caer en el error de comentar o recomendar el diccionario Te voy a hacer una autocrítica porque temo hablar desde la:
academia. Consejo de ancianos formado por artistas, escritores y filólogos al que la autoridad pública encarga la tediosa tarea de entorpecer la natural evolución de las Artes y las Lenguas.

O ser un
cabecilla. De cabeza dura, pocas luces y habilidad innata para conducir a sus seguidores hacia el precipicio. Como a las gambas, a los cabecillas se los descabeza.

Con:
identidad cultural: Tufo a ritos y costumbres que se excreta para ser identificado por la manada propia. Sólo funciona en las distancias cortas. A partir de los 10 metros puede reemplazarse por una camiseta de fútbol.

Pero, sin:
nariz. Probóscide respiratoria valvular que permite a los humanos husmear en las vidas y bragas ajenas pero les impide detectar los olores y miserias propias. Se usa también para sujetar las gafas. | Apéndice olfativo que permite a los expertos detectar en un vino aromas florales y a dinero.

Con temor en caer en la clasificación de:
Zutano. Hijo segundo de Fulano y Fulana de Tal u nieto de Perico de los Palotes. Es hermano mayor de Perengano y menor de Mengano. Soltero. Sin trabajo. Sin perspectivas. Un Don Nadie.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Enfermedades compartidas (Trama)

Tildes a El síndrome del lector de Elena Rius


Un hombre lee apasionadamente a los oídos de un infante. El arrugado rostro de este individuo se ve encendido y su cuerpo se revuelve con vigor, como si acompañara esa lectura con movimientos teatrales. Por su lado, el chico, acomodado de lado sobre la silla y descansando la cabeza sobre la respaldo, se ve extasiado. Fascinante. Es un retrato de familia y es una impresión primigenia. El padre lee y el hijo imagina; el adulto actúa y el pequeño vive, todo construido en un escenario con palabras que no les fueron propias, a ninguno, pero ahora, desde ya, les son. Father Reading Tom Sawyer to his son (121.9x152cms.), pintada en 1994, por Ronald B. Kitaj (Usa, 1932-2007), es la representación visual de este relato. La obra que –hasta donde sé- aún pertenece al catálogo de Sotheby’s, con el número 253 [hwww.sothebys.com], es tan abierta que el lector de las palabras escritas y/o el lector de las palabras habladas podemos ser cualquiera.


         Sin embargo, no es un ambiente puramente romántico. Este padre infecta a su hijo de un extravagante alteración que Elena Rius llama El síndrome del lector (Trama, 2017). La autora, que también es María Antonia de Miquel (Barcelona, 1956) editora en/de Alba [www.albaeditorial.es], comenzó a diagnosticar esta «ofuscación» en un blog [http://notasparalectorescuriosos.blogspot.es] y, ocupada por la divulgación de su descubrimiento, lo ha publicado en un libro que confía llegue a las personas para que descubran que la adicción proporciona diversión.
Aún así, el daño está hecho. Por lo menos, me lo ha hecho a mí. Father Reading Tom Sawyer to his son me parecía una sensible estampa que vendría bien en el chalet o en la habitación de descanso de casa, como un reforzamiento visual de los rituales familiares. El síndrome del lector cambió mis afecciones. Por ejemplo, ¿qué parte de Las aventuras de Tom Sawyer (1876) leen? ¿Será el capítulo xxiv cuando «Tom volvía a ser un hombre ilustre, mimado de los viejos, envidiado de los jóvenes. [tanto que] Hasta recibió su nombre la inmortalidad de la imprenta, pues el periódico de la localidad magnificó su hazaña»? Si no es así ¿entonces, dónde van?, ¿por cuál sección de las relatadas por Mark Twain (Usa, 1835-1910), viajan sus mentes?, ¿qué les tiene tan apasionados?
Por otro lado, no hay cosa más entretenida que intentar adivinar algo de las personas que leen en público a través del libro que sostienen entre las manos. A menudo, el personaje y su libro entran dentro de lo previsible. Parafraseando a Manguel, podríamos decir que el emblema responde a lo que son. Pero, de vez en cuando, uno descubre una pieza que no encaja: un señor canoso y trajeado que va leyendo una novela gráfica, una chica rapada y llena de tatuajes que lee a Jane Austen… Rarezas que resultan refrescantes entre el mar de best sellers de ayer y de hoy que devoran la mayoría. Aunque… tal vez los estemos juzgando mal. ¿Quién dice que esa chica que parece tan interesada en La catedral del mar [(2006) de Ildefonso Falcones] no es en realidad, en privado, fiel lectora de Jonathan Franzen [autor de The Corrections (2001) y Farther Away(2012)]?

Entonces, ¿leen a Twain o dicen leerlo?, ¿o esta lectura es para las tardes soleadas, pero por las noches leen Rumbo al mar blanco (1994) de Malcolm Lowry (Inglaterra, 1901-1957), y a escondidas Los juegos del hambre (2008) de Suzanne Collins (Eua, 1962)? ¿O Kitaj nos engaña y en realidad leen Entre noches y fantasmas (Fce, 2016) de Francisco Tario (México, 1911-1977) o El guardián ente el centeno (Edhasa, 2009) de J.D. Salinger (Usa, 1919-2010)? Así, este síndrome del que Rius va diagnosticando de a poco, lector por lector, encasillando bibliómanos, bibliógrafos y bibliófagos, se me ha presentado como una bocanada de respiro. Se trata de una lectura suave y amena. Estamos ante ideas expuestas sin azares, predestinadas a finales claros que, de a poco, se confunden con la vida de la autora y del lector, el cual, muchas veces, tiene la empatía de parecerse a la mía, a la tuya.

El artículo ha sido publicado en la revista Crítica. Fondo y Forma

Seminario de Literatura Mexicana